Elogio de Pedro Pablo, en sus tres veces veinticinco

Cumpleaños puede ser para muchos —incluyo a mi esposa o a una respetada y docta amiga— solo una palabra, unas letras que nos desafían de forma extraña, porque convocan una fecha que marca simbólicamente nuestras vidas, aunque la constancia provenga de un documento más o menos fiable. Como le gustaba repetir al sabichoso poeta Eliseo Diego, ese conocimiento proviene de personas que nos merecen cierta confianza, es decir, nuestro padres.

El 29 de junio es san Pedro y san Pablo en el santoral católico. Justo en la víspera de que se pronunciaran las Palabras a los intelectuales —de las que se conmemoran seis décadas— un joven estudiante de instituto y miembro de la emergente Asociación de Jóvenes Rebeldes cumplía quince años. Le ha tocado desde esa temprana adolescencia ser partícipe del proceso revolucionario en sus diferentes etapas, y a él en particular le ha correspondido vivir sus luces y sus sombras. Hoy es uno de nuestros intelectuales vivos más perspicaces en el campo de la historiografía, y me precio de ser su amigo. Hablo de Pedro Pablo Rodríguez. No estuvo de manera presencial en esos debates, pero si le tomó el pulso en esos instantes seminales, creció bajo el signo y el espíritu de esa época, y nos deja su testimonio cuando comenta que “eran los tiempos iniciales del remolino revolucionario, donde nos enrolamos quizás sin pensarlo mucho, motivados por el entusiasmo de la adolescencia, porque todo se trasformaba a ritmo vertiginoso, dispuestos a cambiarlo todo, hasta donde eran previsibles nuestros propios futuros”.[1] Así lo percibieron y vivieron los jóvenes de entonces, que son, como él, los padres y abuelos de hoy.

Van a cumplirse cincuenta años que conocí a Pedro Pablo, cuando era profesor de Historia en la escuela de periodismo de la Universidad de La Habana, y con él conocí a algunos de sus alumnos. Hoy, la venezolana Ilse Villarroel, en la Isla de Margarita; la camagüeyana Luisa Alejo, en la “suave comarca de pastores y sombreros”; la santiaguera Margarita Sánchez, a caballo entre Polanco, en México, y El Vedado; el cienfueguero Pedrito de la Hoz, trajinando entre la Uneac y el periódico; o los ya fallecidos como el colombiano Armando Orozco, recordado en la Colonia Kennedy de Bogotá; y el hijo de Tamarindo, Manolito González Bello, con su sonrisa cómplice, los dos en ese “más allá” que seguramente tenemos reservados los ateos: todos ellos le siguen agradeciendo a Pedro su cátedra y su amistad.

“Hoy es uno de nuestros intelectuales vivos más perspicaces en el campo de la historiografía”.

Protagonista en la vida intelectual cubana contemporánea, ya desde el magisterio (con razón ha recibido, entre otros reconocimientos, el de Maestro de Juventudes), los medios o el ejercicio investigativo, amén de jurados y eventos académicos, con un activismo natural y sabio para nada “ortopédico”, en el cual la memoria y el deber son consustanciales, Pedro Pablo Rodríguez tal vez sea más conocido por sus comparecencias televisivas o por su propósito de continuar la tarea que heredara de Fina García Marruz y Cintio Vitier: llevar a feliz término la edición crítica de las Obras Completas de Martí.

Pero es, ante todo, historiador, ensayista y periodista de probada trayectoria, con varios volúmenes publicados, aunque muchos de sus textos han estado por años dando tumbos y vagando dispersos en sus gavetas y en la computadora, olvidados en alguna carpeta, esperando ser publicados en revistas o compilados. Quizás duermen en el tomo colectivo donde vieron la luz por primera vez y tomarán cuerpo en los varios libros que ha ido dando a conocer, o aún nos debe a sus lectores y al panorama de los estudios cubanos, deuda que, confiamos, se irá saldando. Él es, en nuestros predios de Clío, uno de esos contados que saben colocar una palabra después de otra; y mucho ayudaron a esa escritura fluida y a la vez enjundiosa sus tantos años como periodista, editor y profesor de futuros profesionales de la prensa. Autor de una obra amplia y coherente, donde “nada cubano y universal le es ajeno”.

Sus presupuestos como investigador y explorador de las zonas iluminadas o marginales de nuestra historiografía se encuentran no solo en el estudio de esa construcción sistemática de la nación, la identidad y la cultura que se refleja en su obra, también lo reconocemos en sus cualidades ciudadanas como hombre sensible, terrenal, apasionado, muy dado a valorar las pequeñas cosas de la cotidianidad, como lo puede descubrir cualquiera que lo conozca, pues para él no escapan los pequeños detalles del tránsito diario, junto a los episodios trascendentes de la sociedad. En una entrevista que diera hace unos años,[2] declara las claves de su profesión:

[…] el historiador, más que cualquier estudioso de las ciencias sociales, tiene que ser un hombre de su tiempo, porque le permite entender también a los hombres de otros tiempos, las circunstancias, los errores, los fracasos y los aciertos. En eso radica el secreto de Martí para el historiador contemporáneo.

De esos magisterios e influencias seminales, y refiriéndose a sus primeras y voraces lecturas, confiesa en otro momento lo que le abrió el interés por la historia:[3] “para mí fue muy importante leer desde Manuel Sanguily hasta Morell de Santa Cruz y El ingenio, que fue una revelación para nosotros, así como conocer a los que estaban vivos como Le Riverend, Fernando Portuondo, Juan Pérez de la Riva o al propio Moreno Fraginals”. O a un profesor de literatura llamado Alejo Carpentier, cuya evocación de esa experiencia privilegiada como alumno la plasmó hace unos cuantos años en una recordada crónica, uno de sus textos del que guardo grata memoria.

Tengo muy presente la amistad que compartimos con los entrañables Panchito Pérez Guzmán y Ramón de Armas, o la cercanía con intelectuales “rellollos” como José Zacarías Tallet o Enrique de la Osa, con quienes tuve el placer de departir, junto con Pedro Pablo, algunas de sus habituales tertulias.

“Él es, en nuestros predios de Clío, uno de esos contados que saben colocar una palabra después de otra”.

Su colega y amigo de años Eduardo Torres-Cuevas, en un homenaje que le dedicaran, culminó sus palabras de elogio afirmando:[4]

Entre las muchas cosas, y lo digo con toda franqueza, que me hacen admirar a Pedro, está el haber sido una persona que pasó por diversos momentos difíciles, sin que jamás se le haya visto perder el impulso, sin que jamás se le haya visto, ni siquiera, una idea que pudiera ser desdeñosa hacia las personas que a veces no comprendían la calidad ni el sentido de su trabajo. El mejor compañero que uno puede tener en los peores momentos se llama Pedro Pablo Rodríguez.

El periodista, historiador, hombre de ciencias, el sempiterno teórico y batallador por las causas sociales, con vocación de magisterio natural, tanto en el claustro como entre amigos y compañeros de trabajo —cualidad que ha ejercido siempre entre veras y bromas, con la sencillez de quien transita en lo cotidiano— ha compartido en sus páginas muchas de sus obsesiones. Como cuando interpreta la cultura y el estudio de la historia como formas y expresiones de la existencia social. Mezcla lo enciclopédico a lo popular, y viceversa, de forma orgánica, lo mismo especulando sobre filosofía y política internacional que tirando un pasillo sonero como bailador de Centro Habana, o comentando la belleza de una dama (tal vez por aquello que dijo el Maestro: “yo quiero vivir / yo quiero / ver una mujer hermosa”), o los precios inflacionarios del agro vecino. Entrañable y rumboso con sus hijas, su nieto, su imprescindible Ofelia. Y con sus tantos amigos y colegas.

Entre las muchas ocupaciones y responsabilidades que le han tocado —dirigir Radio Enciclopedia Musical o ser divulgador de cultura en la llamada Habana campo—, cuando reorganizamos el consejo editorial de La Gaceta de Cuba a fines de los ochenta, Pedro entró a formar parte, hasta hoy, de nuestro “cogollito virgiliano”. Prueba de ese estrecho vínculo es que su libro Diálogo con los tiempos, donde registra sus meridianos encuentros con otros colegas, cuatro de las cinco entrevistas (las de Francisco Pérez Guzmán, Jorge Ibarra, María del Carmen Barcia y Oscar Zanetti) que lo conforman, más los dos anexos (obituarios dedicados a Moreno Fraginals y Pérez Guzmán), aparecieron por primera vez en las páginas de La Gaceta, por lo que en puridad es un título que se debe, como reconocen las palabras iniciales, al impulso para realizarlas de su equipo editorial, “que tuvo la voluntad de abrir sus páginas a aquellos historiadores que alcanzaban reconocimientos significativos en la vida cultural”,[5] título que se suma al catálogo, diverso en temas y autores, asociado con la publicación. Textos de indiscutible valía, que como encuestas y evocaciones de carácter historiográfico prestigiaron la línea editorial de la revista. La entrevista a Panchito apareció en el número uno (enero-febrero) de 2006. Pocas semanas después, en el mes de mayo, fallecería. Nos consta cuanto la disfrutó al leerla ya publicada, en la recta final de su vida. Después muchos la volvimos a leer como su testamento literario.

Pedro Pablo, en su nota al lector del mencionado volumen, nos revela algunas claves: [6]

El tiempo es una condición y un límite de la existencia humana. Generalmente tomamos conciencia de su trascurrir por sus efectos en nuestro físico, a veces también por sus marcas en la conciencia. Para el historiador, se trata de una medida inexcusable a la que nunca puede renunciar, y quizás es también, sin embargo, para quien el tiempo resulta algo tangible, asible, manejable. Los que escriben sobre temas históricos suelen valerse del plural: los tiempos, las épocas, las eras. Otros plurales llevan implícito el tiempo: los procesos, los momentos.

Ese tal vez sea el espíritu que rezuma su trayectoria vital y profesional, viajes y sueños posibles del autor con sus preguntas y certezas, ayer disperso en viejos y nuevos documentos. Por lo que podría repetir lo que escribió su admirado Martí: “De mis sueños desciendo, — […] / Y en papel amarillo / Cuento el viaje”.[7]

El Vedado, junio de 2021. Contra la pandemia.

Tomado de: www.lajiribilla.cu

Notas:
[1] Pedro Pablo Rodríguez: Diálogo con los tiempos. Editorial Capiro, Santa Clara, 2013, p. 41.
[2] Raquel Marrero Yanes: “Martí un referente cada vez más necesario”. Entrevista a Pedro Pablo Rodríguez. Cubahora, revista digital, 21 de mayo de 2012.
[3] Susana Méndez: “Pedro Pablo Rodríguez: por saber dónde realmente colocar el corazón”. Servicios Informativos Cubarte, 20 de enero de 2012.
[4] En Susana Méndez, Ob. cit.
[5] Pedro Pablo Rodríguez: Diálogo con los tiempos. Ob. Cit. p. 5.
[6] Pedro Pablo Rodríguez. Ibidem, p. 4.
[7] José Martí: “Musa traviesa”, Obras completas. Edición crítica, t. 14, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, p. 24

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