El Manifiesto de Montecristi, programa para la independencia
Por: Jorge Wejebe Cobo

En su humilde casa en Montecristi, República Dominicana, Máximo Gómez, junto a José Martí, firmaron y dieron a conocer el 25 de marzo de 1895 el Manifiesto de Montecristi, el cual sería hasta esa fecha el único programa político-militar que precedió a una guerra de independencia, organizada no solo desde el liderazgo de sus jefes, sino además, gracias a la concertación del Partido Revolucionario Cubano, creado para ese fin.

Tampoco resultó un ejercicio teórico de pensadores lejos de la acción del campo de batalla, ya que fue escrito por Gómez, Martí y otros revolucionarios antes de salir hacia Cuba, donde llegarían después de un complicado desembarco el 11 de abril por Playitas de Cajobabo, Guantánamo.

El Manifiesto el Montecristi, elaborado hace 120 años, principalmente por la pluma del Apóstol, anunció que la Guerra Necesaria resultaba un nuevo período de la contienda iniciada en Yara, con el fin de salvar la Patria desde su raíz.
Martí estudio y conoció de primera mano en su peregrinar por Nuestra América el lastre del caudillismo, las tiranías y las guerras civiles en que no pocas veces terminaron las repúblicas hermanas nacidas de las revoluciones en el primer cuarto de siglo, por eso en su proyecto emancipador incluyó anunciar sus peligros y la forma de evitarlos.

Sobre el miedo al negro, que tanto contribuyó a la derrota de la contienda de los Diez Años, alertó: “La Revolución, con su carga de mártires desmiente indignada, como desmiente la larga prueba de la emigración y de la tregua en la isla, la tacha de amenaza de la raza negra con que se quisiese inicuamente levantar por los beneficiarios del régimen de España, el miedo a la Revolución”.

La forma de llevar adelante el levantamiento armado fue recogida en el documento, cuando proclamó como principio que su ejercicio no es “el insano triunfo de un partido cubano sobre otro o la humillación de un grupo equivocado de cubanos, sino la demostración de la voluntad de un país harto probado en la guerra anterior para lanzarse en un conflicto solo terminable por la victoria o el sepulcro”.

Tampoco dejó espacio para la justificación de represalias étnicas y de venganzas al aclarar que no es contra el español, quien podrá vivir y ser respetado en la nueva Patria “que solo arrollará a los que le salgan, imprevisores, al camino”.

Llegó a prever cómo España lanzaría sobre Cuba a los campesinos reclutados entre los más pobres, sin recursos para pagar y salvarse del servicio militar en la corrupta metrópoli y serían arrancados de su terruño para venir a enfrentarse a quienes pelean por la libertad que ellos mismos ansían. Y aclaró: “la Revolución quisiera más que su muerte como enemigo, acogerlos”.

En contraposición a estos elevados principios, el bando peninsular aplicó, mayoritariamente, una práctica descarnada con los prisioneros y al llegar Valeriano Weyler a la Isla llevó a cabo la reconcentración de la población civil con un alto saldo de muertes de niños, mujeres y ancianos.

El Manifiesto de Montecristi se adelantó por mucho a su tiempo en cuanto a los esfuerzos, sobre todo infructuosos, que a principios del siglo XX se realizaron por medio de convenciones y tratados internacionales para regular la crueldad de las contiendas.

Fuente: www.adelante.cu

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