El beso ardiente de una madre

Tuvo Leonor Pérez una larga existencia. Lo suficientemente extensa y sufrida para ver morir a su Pepe y a varias de sus hijas…
José Martí fue idolatrado por su madre, aunque no comprendiera bien a su hijo. Para ella, su Pepe, el único varón de su matrimonio con Mariano Martí, no debía malgastar inútilmente su vida en causa tan estéril como esa de darse a los demás en detrimento de atender las necesidades de la familia, de sus hermanas y de ella misma, como la madre amantísima que siempre fue.
Nunca hubo cabal entendimiento, y Doña Leonor le reclamó siempre la ayuda económica y material que la inteligencia sobrenatural de su hijo podía darle, y nunca dio. Un dilema que solo una madre puede entender y solamente un hijo, de la sensibilidad y capacidad de José Martí, es capaz de asumirlo con la delicadeza y el amor con que siempre lo hizo.
Ambos sufrieron la cuota de sacrifico que les correspondía. La de ella, callada y sufridamente: la de él, la del Apóstol, también con el alma transida por el dolor, pero expresada en hermosas cartas y bellas poesías.
La primera carta se la escribió Pepe con apenas nueve años desde la finca Hanábana, en Matanzas, y le dice lo contento que estaba con su caballo, a quien todas las tardes enseñaba a caminar refrenado para que marchara bonito.
En tanto, la última, la fechó el 25 de marzo de 1895, desde Montecristi, en República Dominicana, en vísperas del largo viaje hacia Cuba y la inmortalidad: “Yo sin cesar pienso en usted. Usted se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de usted con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre.”
Mientras en verso, en la bella poesía martiana, le deseaba a la madre amantísima lo mejor del mundo y la vida eterna que todo hijo quiere para la persona que le diera el ser: A Dios yo pido constantemente/ Para mis padres vida inmortal/ Porque es muy grato, sobre la frente/ Sentir el roce de un beso ardiente/ Que de otra boca nunca es igual.
Tuvo Leonor una larga existencia. Lo suficientemente extensa y sufrida para ver morir a su Pepe y a varias de sus hijas. Falleció pobre y casi ciega. Sus últimos minutos fueron tranquilos. Eran las 5:30 de la tarde del 19 de junio de 1907, cuando vencida por la vida, cerró definitivamente sus ojos al mundo sentada en una poltrona en la sala de la casa de su hija Amelia.
Tenía 78 años cumplidos, pues Leonor Antonia de la Concepción Micaela Pérez Cabrera había nacido en Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, el 17 de diciembre de 1828 en un hogar de cierta holgura económica, pero marcado por las costumbres y prejuicios de la atrasada sociedad española de la época.
Viuda, casi ciega, sin recursos, desamparada totalmente de toda ayuda oficial, fue a vivir sus últimos días al amparo de Amelia, en la calle Consulado, en La Habana. Nunca recibió apoyo alguno de la República que su hijo concibió para los cubanos, y ella, mujer de entereza y rebeldía, nada reclamó.
Tres de sus hijas, las queridas hermanas de José Martí, Antonia, Carmen y Leonor, fallecieron antes. También la anciana perdió a varios de sus nietos, por las duras condiciones de la vida austera de toda la familia.
En esos últimos años solo disfrutó saber que por colecta popular la casa natal de su hijo Pepe había sido rescatada para la Patria, y aún así tuvo que alquilarla para poder sobrevivir a la pobreza casi extrema.
Solo al morir Doña Leonor, el Gobierno Interventor norteamericano, que encabezaba Charles Magoon, dispuso guardar duelo oficial y que fuera sepultada a cuenta del Ayuntamiento habanero. Pomposo sepelio, muy contrastante con la miseria vivida durante sus últimos años.
El dilema amoroso con el hijo, a quien reconviene por sacrificarlo todo por la independencia de su país, fue bien explicado por el periodista Guillermo Cabrera Álvarez: “Madre mártir, tuvo la dicha y la desdicha de acunar a un hijo que quiso solo suyo y fue de todos […] Opositora tierna de las ideas de su hijo, sufrió durante 26 años la vida azarosa escogida por su primogénito, desde su encarcelamiento a los 16 años hasta ser descabalgado de Baconao, a los 42, allá en Dos Ríos”.
Esa fue Doña Leonor Pérez Cabrera, quien, afrontó con entereza la vida azarosa que le fuera dada y murió pensando en su Pepe, en aquel hijo varón suyo, que, tal y como ella le había profetizado, se metió a redentor y salió crucificado.

Fuente: http://www.cubahora.cu

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