El Abra
Por: Carmen Suárez León

En Isla de Pinos existe aún y se conserva como museo la casa en la que José Martí durante dos meses en la finca El Abra luego de pasar de las canteras a la cigarrería del penal y ser indultado y deportado a Isla de Pinos en septiembre de 1870. Al ser condenado a trabajo forzado en las canteras de San Lázaro los  padres del muchacho  temen por su vida, ya que los maltratos y la brutalidad del trabajo mataban a hombres hechos y derechos. Poco tiempo después el jovencito está muy delgado y pálido, sus ojos están enfermos por el polvo de la piedra y padece una lesión inguinal que le ha provocado el grillete. Realizarán entonces todas las gestiones posibles para sácalo de aquel siniestro lugar. Al fin, el catalán José María Sardá y Girondella, arrendatario de las canteras y amigo del capitán general, se hace responsable del reo y le conmutan la pena. En El Abra lo acogen con simpatía y allí permanecerá hasta su partida a España.

En los últimos días de su prisión se hace un retrato con el grillete y el traje de presidario y se lo dedica a su madre con estos tremendos y conocidos versos:

Mírame, madre, y por tu amor no llores:

Si esclavo de mi edad y mis doctrinas,

Tu mártir corazón llené de espinas,

Piensa que nacen, entre espinas, flores.[1]

Un mes después ya está en la finca El Abra y aunque lo persiguen las horribles visiones de las canteras, vive unos días amables en aquellos paisajes de lomas florecidas y esbeltas palmas, tratado con mucha generosidad por la esposa de Sardá, e impartiendo clases a los dos hijos del matrimonio. En este período de su vida el joven leyó la Biblia detenidamente, cuyo estilo soberbio y tierno dejará huellas hondas en el verbo martiano, y lee también a Víctor Hugo, el magnífico escritor del romanticismo francés, por el que sintió viva admiración y a quien se acercará a través de su secretario Vacquerie a su paso por París en 1874.

El 15 de enero de 1871 embarcó hacia España en el vapor Guipúzcoa. Dos horas antes de zarpar escribe una carta a su maestro Rafael María de Mendive donde le confiesa:

Mucho he sufrido, pero tengo la convicción de que he sabido sufrir. Y si he tenido fuerzas para tanto y si me siento con fuerzas para ser verdaderamente hombre, solo a Vd. lo debo y de Vd. es cuanto bueno y cariñoso tengo.[2]

 

[1] José Martí. Obras completas. Edición crítica. La Habana, Editorial del Centro de Estudios Martianos, 2007, t. 15, p. 191.

[2] Ibídem, t. 1, p. 49.

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