El 10 de octubre en la pupila de José Martí: notas veloces invitando a la lectura
Por: Marlene Vázquez Pérez

[]De Céspedes el ímpetu, y de Agramonte la virtud. El uno es como el volcán, que viene, tremendo e imperfecto, de las entrañas de la tierra; y el otro es como el espacio azul que lo corona. De Céspedes el arrebato, y de Agramonte la purificación. El uno desafía con autoridad como de rey; y con fuerza como de la luz, el otro vence. Vendrá la historia, con sus pasiones y justicias; y cuando los haya mordido y recortado a su sabor, aún quedará en el arranque del uno y en la dignidad del otro, asunto para la epopeya []

Cuando Carlos Manuel de Céspedes le dio la libertad a sus esclavos en su ingenio La Demajagua, dando inicio con ello a la Guerra de los Diez Años, José Martí era sólo un adolescente. Sin embargo, desde esos momentos aurorales de su vida breve e intensa, profesó una honda devoción hacia el Padre de la Patria y sus seguidores, y más de una vez se sintió avergonzado por no estar peleando en la manigua. A lo largo de su extensa obra escrita, hay referencias frecuentes a ese hecho. La más temprana de ellas es su soneto 10 de octubre, escrito a los 16 años, en cuyos versos desborda de entusiasmo patriótico, pero también da muestras de un precoz talento poético. En su madurez, cuando habían pasado varios años desde el fin de la contienda, ya consagrado a las labores independentistas, retoma el asunto en sus Versos sencillos, esta vez para rendir homenaje a los héroes caídos, de los que se considera heredero. De ese momento data su estremecedor poema XLV, que los lectores identifican con su primer verso: Sueño con claustros de mármol [].
En su prosa vuelve reiteradamente a este tema desde perspectivas diversas. Ya radicado en Nueva York, aflora en su “Lectura en la reunión de emigrados cubanos en Steck Hall”, el 24 de enero de 1880. Sólo habían transcurrido dos años desde el fin de la guerra, y los niños y jóvenes a inicios de la contienda ya eran hombres; en las palabras de Martí está la decisión de continuar la labor emancipadora iniciada por los padres. Apela al dolor del pueblo lacerado por diez años de conflicto, frustrado el anhelo de libertad por la opresión cada vez mayor, como vía para acrecentar el espíritu de rebeldía : Allá, en aquellos campos, ¿qué árbol no ha sido una horca? ¿Qué casa no llora un muerto? ¿Qué caballo no ha perdido su jinete? ¡Y pacen ahora, en busca de jinetes nuevos!
Luego, entre 1887 y 1891, pronunciaría cada año un discurso conmemorativo de la fecha patria. Todos ellos sobresalen por la depurada factura de la prosa, el dominio del arte de la oratoria, el sentido tributo a los fundadores de nuestro independentismo y el análisis de las causas del fracaso de la contienda. No sólo reconoce el mérito de las generaciones precedentes, sino que esboza el camino a seguir en el futuro cercano, pues ya en estos años ha decidido su destino: consagrarse a la preparación de la guerra de independencia de su patria, y trabajar por el mejoramiento de ella.
Siendo piezas oratorias de extraordinarios valores literarios, hay en ellas una hondura política, una sagacidad en el análisis histórico, una coherencia ética, que convencen al auditorio con argumentos sólidos, y a la vez tocan las fibras más sensibles del corazón cubano. Era preciso apelar al sentimiento de la sufrida masa de emigrados en aras del bien supremo de Cuba, el cual no sería posible sin lograr la soberanía absoluta respecto a España, y Martí sabía hacerlo como nadie, porque hablaba también desde el sentimiento.
El recuerdo agradecido y amoroso de los héroes de la guerra, desde el soldado anónimo, como el Teniente Crespo, hasta los grandes líderes, como Céspedes, Agramonte, Antonio Maceo y muchos más, constituye una veta rica de la faceta de biógrafo que tuvo Martí. Y con ello procuraba, sin duda, enaltecer desde la literatura la talla extraordinaria de estas vidas ejemplares.
Muchas páginas dedicaría Martí a este asunto. Entre las más conmovedoras, sin duda, se encuentra su carta al Director de The Evening Post, conocida como Vindicación de Cuba, publicada en el rotativo norteño el 25 de marzo de 1889. En ella responde a las ofensas hechas a Cuba y a los cubanos en The Manufacturer, de Filadelfia pocos días antes, en las que se nos tilda de pueblo inferior, perezoso, afeminado, incapaz de gobernarse por sí mismo. Con ello se emprendía una campaña de descrédito destinada a preparar a la opinión pública norteamericana para futuras intromisiones en el destino de la Isla. Martí desmonta una por una cada calumnia, y se vale para ello de la capacidad de trabajo y de resistencia de los cubanos residentes en el extranjero, y sobre todo del heroísmo demostrado durante la guerra:
Esos jóvenes de ciudad y mestizos de poco cuerpo supieron levantarse en un día contra un gobierno cruel, pagar su pasaje al sitio de la guerra con el producto de su reloj y de sus dijes, vivir de su trabajo mientras retenía sus buques el país de los libres en el interés de los enemigos de la libertad, obedecer como soldados, dormir en el fango, comer raíces, pelear diez años sin paga, vencer al enemigo con una rama de árbol , morir []de una muerte de la que nadie debe hablar sino con la cabeza descubierta; []Estos cubanos afeminados tuvieron una vez valor bastante para llevar al brazo una semana, cara a cara de un gobierno despótico, el luto de Lincoln.
Como puede verse, el 10 de octubre y la Guerra de los Diez Años fueron pesencia recurrente en la obra del Apóstol, no sólo como recuerdo, homenaje y acicate en la preparación de la futura contienda. Constituyen también, aún en el presente, argumentos irrebatibles, de naturaleza cultural y política a la vez, frente a quienes pretendan lesionar la soberanía de Cuba. Volvamos, una vez más, a estas páginas vibrantes, hermosas, plenas de rebeldía y amor. Ellas fortalecen, unen y consuelan.

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