Visiones martianas de la danza: en y desde el Norte, revuelto
Por: Lic. Mayra Beatriz Martínez

Mayra_BeatrizLos recorridos y permanencias martianas por países de Europa, las Américas y nuestro Caribe, le permitieron poner su mirada sobre muy variadas representaciones danzarias y desplegar en su corpus literario un espectro ideotemático intermitente, que surgió a instancia de su infinita curiosidad y notable sensibilidad; que se alimentó, en lo fundamental, por apreciaciones más intuitivas que productos de una preparación rigurosa.
Las deliciosas y breves evocaciones impresionistas de El Viajero, asistidas por su experiencia directa —que nos regalan, más que juicios o ponderaciones de esa expresión humana, huellas de emoción y sensaciones—, nos acercan privilegiadamente a su contemporaneidad, tanto respecto a las representaciones escénicas más sofisticadas de su tiempo, como a variantes de salón y, sobre todo, tradicionales o folklóricas, rituales y populares, encargadas de expresar, en mayor medida, el carácter autóctono de cada región y que, desde luego, fueron las que con mayor agrado reportó.
Durante el largo exilio en los Estados Unidos —país que lo recibiera primero fugazmente, entre enero de 1880 y enero de 1881; y luego, de modo casi definitivo, a partir de agosto de 1881 y hasta enero de 1895— y convertido en principal cronista de la vida cultural neoyorkina, tendría también la danza entre las manifestaciones que, necesariamente, habría de registrar.
Sin embargo, poco podría hallar de aquel espíritu gozoso, espontáneo y candoroso, de los bailes no escénicos —que tanto lo complaciera en sus estancias en España, México, Guatemala y Venezuela— en tan tremendo escenario violento de la modernidad. Rememoremos, por ejemplo, su referencia tangencial a la danza del sol de los indígenas norteamericanos, teatralizada grotescamente, en su artículo, de 1884, “Arte aborígene”. De forma concisa, destacaba la falsía seudofolklórica de lo que había visto, cuando menciona “[…] la curiosa paraphernalia [sic.] de la danza del Sol, hecha toda de muñecos de cartón pintado de colores, con grandísimas e intrincadas ramazones colocadas como un halo alrededor de la cabeza […]1
Sin embargo, nos parece significativo que, aunque debió tratarse de una representación barata, ilegítima del rito original, no llegue a pasarla por alto. La verdadera danza del sol fue y, sigue siendo todavía, el acontecimiento ritual más importante del año para muchas etnias indígenas de toda la América del Norte, cuya trascendencia procede de que no se trata de un simple culto al Sol, sino de una ceremonia de renovación del mundo y de peticiones de fecundidad, tal cual los ritos más remotos. Como para una buena parte de los grupos que celebran esta ceremonia, la tortura voluntaria es un elemento esencial del rito, en la época justa en que Martí arriba a Norteamérica, el gobierno de los Estados Unidos la había prohibido (1881), y, en consecuencia, se había tornado clandestina. Seguramente nunca pudo presenciar una ejecución verídica. Hubiera sido una experiencia demasiado fuerte como para no registrarla de algún modo.
En este mismo sentido de recuperación de lo auténtico, obviamente, se interesó en los que llamó “bailes de la comarca”, desarrollados por negros en Yorktown —en “El centenario de Yorktown”, de 1884—, o durante los desfiles en Broodway en celebración del fin de la Guerra de Independencia, en noviembre de 1883:

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