Solidaridad antillana en el proyecto liberador martiano: Cuba y Puerto Rico. (2)
Por: Ms. C. José A. Bedia Pulido

El 10 de abril de 1892, fecha de remembranza republicana en Cuba, es fundado el Partido Revolucionario Cubano organización que se propone fundar un pueblo nuevo de sincera democracia, y se cuida del injerto de adoptar a copia y calco cualquier modelo extranjerizo sin reparar en nuestras singularidades; como pasó en las que Martí llama repúblicas teóricas. Pretende no incurrir en los errores de los que torcieron el camino despreciando nuestras composiciones autóctonas. Se trata de salvar los peligros de la libertad repentina en las Antillas y de evitar los tropiezos sufridos por la América continental luego de su independencia.[1] Su proyecto no se agota con eliminar el orden colonial.

El propósito se encamina a fundar una nación y asegurar con ella la dicha de sus hijos, abre la posibilidad de incorporar a: “todo americano de nuestra América [porque] en Cuba no peleamos por la libertad humana solamente […] ni por el bien exclusivo de la isla […] peleamos […] para asegurar, con la nuestra, la independencia hispanoamericana.”[2] Proclama criterios de identidad y expone que la causa independentista insular es un asunto continental. Hispanoamérica libre durante la primera mitad del XIX, corría tres cuartos de siglo más tarde, el riesgo de caer bajo un nuevo tipo de dominación, económica.

La inserción de América Latina en el mercado mundial acentuó su papel de exportador de materias primas y productos del agro, fenómeno que vino aparejado la dependencia política hacia el exterior. De ahí que el ideal de concierto resultase una vía eficiente para concretar las aspiraciones libertadoras antillanas, solo la hermandad pondrá coto a las abiertas pretensiones de los que intentan dominar nuestra América. Martí no revela planes concretos devela sin embargo las tareas propensas a fundar la república. Plantea: “La patria, en Cuba y Puerto Rico, es la voluntad viril de un pueblo dispuesto al triunfo de su emancipación”.[3]

Dibuja un ideal patrio que trasciende las fronteras geográficas antillanas y se troca en concepto, en fe de victoria, a la par inmortaliza los lazos insulares “Desde los días de la Junta [que reveló] […] la hermandad de los cubanos y de Puerto Rico”.[4] Pinta el arrojo de Lares, anterior al de Yara, el entusiasmo de corazón sin perder los pies en la tierra. Rememora aquellos alzamientos precursores y sus antecedentes más cercanos, la desesperanza que acompañó al desastre de la Junta de Información.

La independencia insular no debe estar sujeta a ningún otro poder que su propia soberanía, recurre a la memoria y al legado de identidad que hermana, confía en su América,[5] y sentencia: “Cuba no anda de pedigüeña […] anda de hermana […] Al salvarse, salva”.[6] Y continúa explicitando su opinión: “Cuba y Puerto Rico, […] son […] indispensables para la seguridad, independencia y carácter definitivo de la familia hispanoamericana”.[7] La tarea redentora precisa su significado a la altura de 1894, la inserción de Cuba en la reunión de naciones libres del continente cobra una importancia vital, la región antillana es punto de convergencia y rivalidad entre las potencias que pretenden establecer un nuevo orden mundial, lo que intenta garantizar la obra martiana es el porvenir.

En “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano El alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América”, Martí vuelve a resaltar la importancia continental de la tarea redentora, va a la disyuntiva de unas Antillas, si esclavas, si libres y a la posibilidad de un choque entre una república imperial y el mundo.[8] Vislumbra los acontecimientos de 1898, su estrategia redentora esta tejida cuando un hecho fortuito hace que los patriotas se vean abocados a improvisar. El desastre de las expediciones que constituían el plan de Fernandina lleva a tomar caminos imprevistos a la hora de desatar a insurrección, todo se reduce a dos pequeños desembarcos. [9]

Una delación dio al traste con la cuidadosa labor, aun así su magnitud “dejó asombrado al Gobierno español, que hasta entonces había considerado a los cubanos incapaces de nada práctico, e infundió nuevo ánimo a los revolucionaros, que no midieron la importancia del fracaso, sino la grandeza del esfuerzo.”[10] En medio de la catástrofe se logra un saldo favorable, verdaderamente difícil sobre la escasez y la indispensable necesidad que imponía lanzarse a la campaña. En el contexto Martí y el general Máximo Gómez suscriben un documento que revela el compromiso de “La revolución de independencia […] [que] ha entrado […] en un nuevo período de guerra”, [11] se respeta la tradición y a la par que se invoca una obra sin rencor: “En el pecho antillano no hay odio”,[12] expone sin ambages la envergadura de la obra para el orbe y su equilibrio: “La guerra […] es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno […] de las Antillas […] al equilibrio aún vacilante del […] mundo.”[13]

La acción ya combativa incorpora y se enriquece de la experiencia precedente. Por su contenido ético-liberador nucleó a hombres diversos, de buena voluntad, decididos a pelear con justeza la independencia. Sus principios herederos de la tradición responden a una coyuntura, opera con criterios que dan respuesta a necesidades concretas, a los cambios sociales acaecidos en las islas y el orbe. Exteriorizan registros antillanistas trascendentes, que convierten a la empresa en garantía de futuro. La propuesta redentora de Martí intenta rescatar el lugar de las Antillas, ubicadas en el crucero del mundo y de cumplir en ese plan la función que su ubicación le destina.

[1] Un texto de 1893, “¡Vengo a darte patria! Puerto Rico y Cuba”. Señala al respecto: “Moriremos por la libertad verdadera; no por la liberad que sirve de pretexto para mantener a unos hombres en el goce excesivo, y otros en el dolor innecesario”, en: José Martí Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 2, p.255. (En lo adelante OC.)

[2] José Martí: “En casa.” (18 de junio de 1892), en: OC. t. 5, p. 375.

[3] José Martí. “¡Vengo a darte paria! Puerto Rico y Cuba”. En: OC. t. 2, p. 255.

[4] Ibíd. p. 258.

[5] Véase de José Martí carta a Gonzalo de Quesada, 29 de octubre de 1889, en: José Martí Epistolario. Compilación ordenación cronológica y notas de Luis García Pascual y Enrique Moreno Pla. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1993, t. 2., pp. 142-146.

[6] José Martí: “Otro cuerpo de consejo” OC. t 2, p. 373.

[7] Ídem.

[8] Ver de José Martí: “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano El alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América”, en: OC., t. 3. p. 142.

[9] Rolando Rodríguez: Dos ríos a caballo y con el Sol en la frente. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2001. pp. 8-9.

[10] Enrique collazo: Cuba independiente. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 1981. p. 48.

[11] José Martí y Máximo Gómez: “Manifiesto de Montecristi. El Partido Revolucionario Cubano a Cuba.” En OC., t. 4, pp. 93.

[12] Ibíd. pp. 97-98.

[13] Ibíd. pp. 100-101.