Románticos en el verso de Martí: Mendive, Heredia, Acuña
Por: Caridad Atencio

En su fecundo ensayo “Los Versos de Martí”, de 1964, Fina García Marruz sintetizaba con las siguientes palabras la fuente popular e hispánica de los Versos sencillos:

Si tuviéramos que resumir en tres palabras toda la vida y conocimiento de Martí escogeríamos estas, perdidas entre unos apuntes suyos: “padecí con amor”. Es el descubrir esta armonización del sufrimiento con el universo todo, el que entrega a su verso, antes revuelto y encendido, la plenitud superior de canto. Ella es la que le da el tono popular a los Versos sencillos, que son versos que pueden ser cantados –y nótese la fusión perfecta que alcanzan con el bajo de son de la Guantanamera–, versos de una “oralidad” enorme. Retoma con ellos Martí la inspiración vocálica del canto popular, que es también la del canto litúrgico gregoriano de que les viene la luminosidad mayor.

Pero no fue sólo de este manantial que bebió. Su poderoso intelecto, aguda intuición y peculiar capacidad creadora lo llevaron a tamizar en su obra poética lo mejor y lo más peculiar de la lírica hispanoamericana del siglo xix. Ya que la “peculiaridad estilística” o “el toque propio, original”, para utilizar las propias palabras de Fina en el ensayo comentado, es ya de grado tan evidente, creo que es muy ilustrativo estudiar y hacer referencias a aquellos motivos que Martí rescata, retoma, transforma, enmascara, alimentándose acaso de lo más nutrido de la lírica de su tiempo. Siempre a primera vista cuando contemplamos la grandeza de un poeta nos parece que no viene de ninguna parte, que viene de él. Y un tanto es así. Pero comprobar las íntimas circulaciones de autores coetáneos o anteriores nos devela una verdad contundente: el concienzudo estudio y profundo examen a que Martí sometió tales obras y autores, encaminados a extraer las esencias de sus vidas y sus obras, sacando muchas veces una lección ética y/o estética jugosa, que da lugar a la asimilación creadora. La gran huella de una pequeña huella.

El análisis de la obra poética martiana en relación con la lírica de otros grandes vates del siglo xix americano y cubano han arrojado un numeroso grado de similitudes a considerar, que revelan su conocimiento junto a un obvio proceso de aprendizaje de la poesía romántica hispanoamericana, marco donde surge su magnífica voz. Estimo que en este campo apenas comienzan los estudios, prueba de ello son los diversos acercamientos a su obra poética que, sin proponerse un estudio de literatura comparada, arrojan grados de parentescos, similitudes, anticipaciones, etc., dignas de considerar.

Queremos organizar esta exposición en dos partes: la primera se dedicará a referir las confluencias de Versos sencillos con obras de otros autores coetáneos o anteriores a Martí, y en la segunda se estudiarán propiamente algunos antecedentes del poemario dentro de la poesía del autor.

I

Es Guillermo de Zéndegui uno de los primeros en señalar el arrobamiento de Martí ante Mendive, cuando este era su maestro, y señala la proximidad expresiva entre los siguientes versos pertenecientes al poema “La oración de la tarde” y el III de Versos sencillos:

De Mendive (“La Oración de la tarde”)

Alcemos nuestro templo en la montaña

teniendo por techumbre el mismo cielo.

Por luz la estrella, por alfombra el suelo,

y un árbol por altar.[i]

De Martí, poema III de Versos sencillos

Busca el Obispo de España

pilares para su altar,

en mi templo, en la montaña,

el álamo es el pilar!

 Y la alfombra es puro helecho,

y los muros abedul,

y la luz viene del techo,

del techo del cielo azul.

Afirma que no es simple coincidencia, es el fiel reflejo de una profunda afinidad espiritual, la que descubre Martí, inconscientemente, en la sencillez de aquellos otros versos suyos, escritos como jugando, veinte años después. Algo tan curioso como la similitud a la hora de construir imágenes. Repasando cuidadosamente el poema “La oración de la tarde” encontré una estrofa donde se rima palma con alma en plural y se resalta la imagen del árbol nacional como metáfora de aislamiento y soledad.

VI

Ved cómo agitan sus gallardas pencas

de nuestros valles las agrestes palmas!

de cuántas tristes y olvidadas almas

imágenes no son!

 Martí en la primera estrofa del poema I, al colocar los sustantivos en cuestión en singular le da más rotundidad, más potencialidad a su verso y rescata la raigambre herediana que coloca a la palma como símbolo de Cuba:

Poema I, estrofa primera

Yo soy un hombre sincero

De donde crece la palma

Y antes de morirme quiero

Echar mis versos del alma.

La tamización de múltiples influencias de otros escritores y estilos vuelve a ser palpable en la huella de la poesía de José María Heredia que se verifica en la presencia de arranques heredianos en los textos de Martí. El arranque herediano es una denominación creada por Fina García Marruz, referida al ímpetu de la frase, al desbordamiento emotivo ene. Poema, caracterizado por enumeraciones enlazadas por la coordinación o la yuxtaposición, dispuestas con inevitabilidad hacia el clímax. Se le ha identificado también con fórmulas rítmicas que exhiben estructuras continuadas. Los ejemplos son muchos en la poesía martiana, pero en los Versos sencillos el grado de eficacia expresiva y originalidad es mayor. Veamos un caso en Heredia:

 Vedle rodar por el espacio inmenso,

Silencioso, tremendo, irresistible.

“En una tempestad”

Poema X

Súbito, de un salto arranca:

húrtase, se quiebra, gira:

abre en dos la cachemira,

ofrece la bata blanca.

Poema XVIII

La serpiente del jardín

silba, escupe, y se resbala

por su agujero: el clarín

me tiende trinando el ala.

En ese cruce de superficies textuales en que se constituye la palabra literaria, en ese diálogo de varias escrituras que conforman al escritor, el lector y el contexto cultural coetáneo y posterior del poeta, bien pudieran ubicarse las reminiscencias románticas del poema IV de los Versos Sencillos. Compárese sino dicho texto martiano con el titulado “Misterio” de Manuel Acuña, escrito en 1872:[ii]

      Misterio

Si tu alma pura es un broche

que para abrirse á la vida

quiere la calma adormida

de las sombras de la noche.

 

Si buscas como un abrigo

lo más tranquilo y espeso,

para que tu alma y tu beso

se encuentren sólo conmigo

 

Y si temiendo en tus huellas

testigos de tus amores,

no quieres ver más que flores,

más que montañas y estrellas;

 

Yo sé muchas grutas, y una

donde podrás en tu anhelo

ver un pedazo de cielo

cuando aparezca la luna,

 

Donde á tu tímido oído

no llegarán otros sones

que las tranquilas canciones

de algún ruiseñor perdido.

 

Donde a tu mágico acento

y estremecido y de hinojos,

veré abrirse ante mis ojos

los mundos del sentimiento.

 

Y donde tu alma y la mía,

como una sola estrechadas,

se adormirán embriagadas

de amor y melancolía.

 

Ven a esa gruta, y en ella

yo te diré mis desvelos,

hasta que se hunda en los cielos

la luz de la última estrella,

 

Y antes que el ave temprana

su alegre vuelo levante

y entre los álamos cante

la vuelta de la mañana,

 

Yo te volveré al abrigo

de tu estancia encantadora,

donde al recuerdo de esa hora

vendrás á soñar conmigo…

 

Mientras que yo en el exceso

de la pasión que me inspiras

iré a soñar que me miras

e iré a soñar que te beso.

Poema IV

Yo visitaré anhelante

los rincones donde a solas

estuvimos yo y mi amante

retozando con las olas.

 

Solos los dos estuvimos

solos, con la compañía

de dos pájaros que vimos

meterse en la gruta umbría.

 

Y ella, clavando los ojos,

en la pareja ligera,

deshizo los lirios rojos

que le dio la jardinera.

 

La madreselva olorosa

cogió con sus manos ella,

y una madama graciosa,

y un jazmín como una estrella.

 

Yo quise, diestro y galán,

abrirle su quitasol;

y ella me dijo; “¡Qué afán!

¡Si hoy me gusta ver el sol!”.

 

“Nunca más altos he visto

estos nobles robledales:

aquí debe estar el Cristo,

porque están las catedrales”.

 

“Ya sé dónde ha de venir

mi niña a la comunión;

de blanco la he de vestir

con un gran sombrero alón”.

 

Después, del calor al peso,

entramos por el camino,

y nos dábamos un beso

en cuanto sonaba un trino.

 

¡Volveré, cual quien no existe,

al lago mudo y helado:

clavaré la quilla triste:

posaré el remo callado!

Luego de la lectura se corrobora la evidencia. Lo que en el poema de Acuña es un añorado convite, en el de Martí es una melancólica evocación, pero el motivo es el mismo: la visita de una pareja de amantes a un bosque y el solaz que han de experimentar ante la naturaleza, descrita con elementos afines en ambos textos: flores, vegetación, pájaros, parajes (grutas). En este retomar del motivo para insuflarle esencias nuevas, en esa concepción del texto como absorción y réplica a otro texto, el gran poeta José Martí demuestra, aunque parezca contraproducente, su originalidad expresiva. La aguda evocación le da un aire desgarrador y rotundo a su poema.[iii]

[i] Rafael María de Mendive, Poesías, Madrid, 1860, p. 70.

[ii] Ver Julia Kristeva, “Bajtín, la palabra, el diálogo y la novela”, en Intertextualité. Francia en el origen de un término y el desarrollo de un concepto, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, Casa de las Américas, Embajada de Francia en Cuba, La Habana, 1997, p. 2.

[iii] Ver Julia Kristeva, ob. cit. p. 6.