Recuerdos de La Mejorana: Dos capítulos para una legendaria entrevista
Por: Mayra Beatriz Martínez

“[…] seguimos, a otro rancho fangoso, fuera de los campamentos, abierto a ataque. […] Y así, como echados, y con ideas tristes, dormimos”.[1] Finalizaba la jornada del 5 de mayo de 1895, considerada una de las más enigmáticas de nuestra historia, y José Martí, sobre su tabla de palma y bajo la luz de un candil, estampaba en su diario el relato lamentable de una entrevista que –con frecuencia– ha sido idealizada, excesivamente hermoseada: calificada como reunión donde Maceo, Gómez y Martí acordaran todos los detalles para la organización y estrategia para la revolución en marcha, y reconocida como la última oportunidad en que, para ello, los tres grandes coincidieran. La documentación con que se cuenta, sin embargo, indica claramente que no fue así, aunque se siga repitiendo hasta la saciedad en nuestros medios.

Desde luego, se trató de un encuentro largamente deseado. En el propio cuaderno de campaña martiano, el 26 de abril, hallamos evidencia de que había escrito a Antonio Maceo para acordar la cita. Días después, se dolería: “[…] alegando operación urgente, no nos esperará”.[2] Gómez corroboraría en su diario: “No hemos podido vernos con el General Antonio Maceo pues ha salido en operaciones”.[3]

El 3 de mayo, el Delegado del Partido Revolucionario Cubano (PRC) le patentiza abiertamente su desilusión al “General y amigo” Antonio. Insiste en convocarlo:

Un pesar verdadero he tenido aquí […]: no hallarlo. Nada daña a lo público, porque su alma generosa y su clara mente lo moverán siempre a hacer cuanto requiere el servicio rápido, y la marcha inmediata y unida, sin trabas innecesarias, de los rodajes de la revolución. […] ¿cuándo lo veré?[4]

Le adelanta: “Ante la Asamblea depondré, ya en esta nueva forma, la autoridad que ante ella cesa. Y ayudaré a que el gobierno sea simple y eficaz, útil, amado, uno, respetable, viable. Va la citación”.[5]

¿A qué se refería? A lo que tradicionalmente los estudiosos han señalado: en primer término, a su aspiración de establecer un gobierno civil articulado a la jefatura militar de la guerra, sin subordinarse, pero sin subordinarla; una república en armas votada en asamblea por representantes de todo el pueblo cubano revolucionario; por hombres elegidos, no designados. Significaría garantía para el sostén de los valores democráticos que había venido sembrando, para el equilibrio deseable entre los elementos convocados y la preservación del movimiento de excesivos caudillismos o civilismos, que tanto atentaran contra las contiendas cubanas previas y dañaran antes las “repúblicas feudales o teóricas de Hispano-América”. Constituir legítimamente la república, además, haría factible que Cuba pudiera ser reconocida, a nivel internacional, como nación independiente. El Generalísimo había concordado con esas ideas y, en consecuencia, plasmado su firma al Manifiesto de Montecristi, donde ya se esbozaban.

En segundo lugar, el mensaje martiano aludía a la convocatoria dirigida por ambos –Gómez y Martí–, para elegir representantes a la asamblea que pretendían realizar de inmediato, y donde, de ser necesario, cesaría en su responsabilidad de Delegado del Partido.

Entre los trascendentales puntos que debían ser abordados, concretamente relacionados con la guerra y señalados por muchos autores –tal cual la forma de lograr su extensión por el resto de la Isla–, existió uno muy delicado. Urgía borrar ciertas aprensiones, que adivinaba de parte de Maceo, a partir de lo ocurrido a raíz de la preparación de la expedición del Honour, en la que este debió subordinarse a Flor Crombet, militar de inferior graduación. Crombet se había comprometido a traer los hombres desde Costa Rica por la cantidad de 2 000 pesos oro, cifra que Maceo considerara insuficiente, aunque que era la que podría ofrecerle el PRC. Esa decisión, que Antonio debió acatar –y que implicaría aportar de su propio peculio–, agravaría viejas rencillas con Flor y, al propio tiempo, alimentaría resquemores respecto a la actuación del Delegado. Era asunto que reclamaba aclaración.

Así, se han podido suponer los objetivos del encuentro con total certeza. Y logran reunirse. El 4 de mayo Martí dirige al Titán una entusiasta misiva: “Al fin lo vamos a ver”.[6] Parten raudos al amanecer del 5 y es cuando el General Antonio los manda a buscar. Van a La Mejorana, donde se organiza el festejo. Todo lo anota Martí en su relato del día. Hasta recuerda sensualmente a la mujer que, de “seno abierto y chancleta”, les ofrece aguardiente verde en la mesa del almuerzo. Sin embargo, el tono en relato en el diario martiano va variando; registra la tensión, que aumenta:

Maceo y Gómez hablan bajo, cerca de mí: me llaman a poco, allí en el portal: que Maceo tiene otro pensamiento de gobierno: una junta de los generales con mando, por sus representantes,—y una Secretaría General:—la patria, pues, y todos los oficios de ella, que crea y anima al ejército, como secretaría del ejército. Nos vamos a un cuarto a hablar. No puedo desenredarle a Maceo la conversación […] Y me habla, cortándome las palabras, como si fuese yo la continuación del gobierno leguleyo, y su representante. Lo veo herido—‘lo quiero—me dice—menos de lo que lo quería’—por su reducción a Flor en el encargo de la expedición, y gasto de sus dineros. Insisto en deponerme ante los representantes que se reúnan a elegir gobierno. […] él mandará los cuatro de Oriente: ‘dentro de 15 días estarán con Uds.—y serán gentes que no me las pueda enredar allá el Doctor Martí’.—En la mesa […] vuélvese al asunto: me hiere, y me repugna: comprendo que he de sacudir el cargo, con que se me intenta marcar de defensor ciudadanesco de las trabas hostiles al movimiento militar. Mantengo, rudo: el Ejército, libre,—y el país, como país y con toda su dignidad representado. Muestro mi descontento de semejante indiscreta y forzada conversación, a mesa abierta, en la prisa de Maceo por partir.[7]

¿Podría caber alguna duda en torno a lo ocurrido? Martí detalla, incluso, la discusión a puerta cerrada. Cada uno se mantiene firme. Gómez, al parecer, a favor de los criterios martianos. Se pone de manifiesto que no hay concilio en La Mejorana. La discusión de los asuntos previstos debió quedar trunca.

Se separan disgustados y acampan en la zona. Martí cuenta que, mientras los Maceo se retiran a su acantonamiento cercano –del Hondón de Majaguabo–, ellos siguen “con la escolta mohína; ya entrada la tarde […] sin rumbo cierto”.[8] Anota el Generalísimo: “[…] nos condujo a las afueras de su campamento, en donde pernoctamos solos y desamparados, apenas escoltados por 20 hombres bisoños y mal armados”.[9]

El 6 de mayo, en cambio, les depararía experiencias satisfactorias: el desagravio por parte del Titán y la posibilidad de un nuevo diálogo. Gómez testifica las circunstancias que conducen al nuevo encuentro:

[…] al marchar rumbo a Bayamo, confusos y abismados con la conducta del General Antonio Maceo, tropezamos con una de las avanzadas de su campamento de más de dos mil hombres y fuerza nos fue entrar. El general se disculpó como pudo, nosotros no hicimos caso de las disculpas como no habíamos hecho del desaire y nuestra amarga decepción de la víspera quedó curada con el entusiasmo y respeto con que fuimos recibidos y vitoreados por aquellas tropas.[10]

Las hojas correspondientes a esta jornada –de la página 28 a la 31 del original– faltan al cuaderno martiano. No obstante, en carta posterior a Carmita Miyares, Martí también reseña: “¡Qué entusiasta revista la de los 3 000 hombres de a pie y a caballo que tenía a las puertas de Santiago de Cuba!”.[11] Gómez precisa más: “Dos horas después continuamos marcha”.[12] ¿Qué podría haber ocurrido en ese lapso de dos horas que trascurre entre el recibimiento y la despedida? La tradición popular lo sugiere: a cualquier visitante, los lugareños le señalan aún hoy el lugar donde conferenciaron los tres generales a la sombra de un bosquecillo de tamarindos: grandes piedras caleadas. ¿Acaso no sería mucho más factible presumir que fue únicamente entonces cuando pudieron completar la agenda de temas, proyectada e indispensable, y alcanzaron el concierto atribuido a La Mejorana?

Por demás, lo comprometido de los aspectos estratégicos que debieron abordarse, de los cuales quizás Martí debió tomar nota en su cuaderno, representaría motivo suficiente para que las páginas correspondientes fueran arrancadas por precaución, con el fin de salvarlas de ojos indiscretos. No las referencias al choque personal –cuyos detalles se conservan en él perfectamente– como algunos han opinado con malicia. ¿Fueron removidas por el mismo Martí o por Gómez, tras responsabilizarse con la papelería que acarreaba el Apóstol tras su muerte? Tal vez, nunca lo sabremos con seguridad.

Lo cierto es que en el relato martiano del 7 de mayo se produce un evidente cambio de tono: el General Martí recupera el ánimo y las menciones subsiguientes a Antonio no dejan entrever resentimiento. La citada carta a Carmita trasluce la concordia alcanzada: “Se entrará pronto en todas partes, a la vez, en las operaciones más activas que permite ya […] la ordenación, entusiasmo y agresión continuas”.[13]

Maceo reconocería con sencillez y nobleza, en misiva al general Bartolomé Masó de14 de julio de 1895: “[…] si bien es verdad que a la llegada del general Gómez y Martí, creía un lujo prematuro la formación de gobierno, también lo es que lo crea hoy de imperiosa necesidad […] que pide la gente”.[14] Especialmente, admitiría ante Gómez que la entrevista de La Mejorana le dejó una impresión “gratísima”: “[…] no seré yo el que niegue por haber vislumbrado con la llegada de Uds. días venturosos en el horizonte de la Patria […]”.[15]

Parecía legitimar Antonio la versión tradicional, de reunión en La Mejorana apacible y consonante, lo cual contradecirían de plano los testimonios de sus otros participantes. ¿Grata esa entrevista? Solo que el Titán estimara el rencuentro posterior, en su muy cercano campamento, como continuación conclusiva –que debió serlo afortunadamente.

Al cabo, parece que se impone reconsiderar ese otro escenario como imprescindible para aquella conciliación histórica. El Hondón de Majaguabo espera por tal dignificación.

[1] José Martí: Diarios de campaña, ed. anotada Mayra Beatriz Martínez, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2014, p. 89.

[2] Ibidem, p. 83.

[3] Máximo Gómez: Diario de campaña, Instituto del Libro, La Habana, 1968, p. 281.

[4] José Martí: “Al general Antonio Maceo”, en Obras completas, t. 4, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p. 161.

[5] Ídem.

[6] Ídem.

[7] José Martí, Diarios de campaña, ed. cit., pp. 88-89.

[8] Ibídem, p. 89.

[9] Máximo Gómez, Diario de campaña, ed. cit., p. 282.

[10] Ídem.

[11] José Martí: “Cartas a Carmen Miyares de Mantilla y sus hijos”, en Obras completas, t. 20, ed. cit., p. 230.

[12] Máximo Gómez, Diario de campaña, ed. cit., p. 282.

[13] José Martí: “Cartas a Carmen Miyares de Mantilla y sus hijos”, en Obras completas, t. 20, ed. cit., p. 230.

[14] Antonio Maceo: “Cartas y otros documentos”, en Antonio Maceo. Ideología política, t. II, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1998, p. 31.

[15] Juan Andrés Cué: “Correspondencia inédita de Antonio Maceo”, en Santiago, no. 22, Santiago de Cuba, jun. de 1976, p. 203.