Patria: de Félix Varela a José Martí
Por: Duniesqui Rengifo López

Se ha hecho bien conocida la casualidad histórica, de exclusivo simbolismo y continuidad, que entrañan el nacimiento de José Julián Martí Pérez en el mismo año (1853), en que Félix Francisco José María de la Concepción Varela y Morales dejara de existir sumergido en la miseria por no cejar en el combate contra el movimiento anexionista. Coincidentes han sido además, en el pensamiento vareliano y martiano el ideario filosófico, cultural, latinoamericanista, abolicionista, y todo el sacrificio personal en pos del bienestar, de la justicia social. Pero, todas estas actividades organizativas y liberadoras llevaban muy dentro la formación de un concepto que deslumbra la cima de los presupuestos lógicos humanos: Patria.

Este concepto en su devenir etimológico nació del latín, exclusivamente del adjetivo patrius relativo al padre (pater) y transformado en alocución femenina configuradamente como terra patria, tierra de los padres. Es decir, emocionalmente se refiere a las raíces conformadoras de la personalidad y las características de una sociedad aferrada a una región geográfica. Pero, es en el siglo XIX, donde para Cuba, la llave del Golfo, con la genial luz del presbítero Varela y el Apóstol Martí se le provee del núcleo ideológico y universal que define realmente la calidad político-social del deber.

Varela se torna especial, pues, defendiendo sus ideas innatas se colocó en una lucha entre la ideología revolucionaria y las fuerzas ideológicas retrógradas apoyadas en los dogmas religiosos. Él, dignamente, decidió por la primera sin desterrar de su alma la fe religiosa en Dios, como suprema representación de la bondad humana y desde esa perspectiva enrumbaba a sus discípulos.

Asimismo, sus primeras palabras dirigidas a feligreses hicieron ver cuánto ha de significar la patria para un hombre que cree en sentimientos y acciones positivas devenidas de la gloria de Dios. Un ejemplo es el Discurso del Santo Cristo del Buen Viaje en la Misa del Espíritu Santo, el 25 de octubre de 1812; uno de los más antiguos documentos que se le conceden, al respecto. Con solo 24 años y ya con sólida madurez ideológica, expresaba Varela: “No consideréis otra cosa que el bien de la patria, y para conseguirlo, haced que la palabra de Dios sea la luz de nuestro camino, según decía el profeta”.

Martí no estaba lejano a alocuciones como esta cuando pudo decir que el bien –al que Varela dedicó su vida– es Dios. Tanto Varela como Martí desafiaron el dogma y atraso religioso realzando el papel experimental y progresista de la ciencia, siempre y cuando los propios hombres asumieran la defensa de sus derechos y cumplieran con sus deberes para con la patria. Fueron posiciones trascendentales por lo admirable de conciliar la religión y el afán de emancipación, la teología medieval y el nuevo mundo de las ciencias.

Es irrefutable en estos dos pensadores la presencia de una ética que los conduce a absorber lo mejor de la inteligencia humana para conocer y cambiar el mundo, la influencia de principios, el respeto a las libertades individuales y humanas, proclamadas además en esos tiempos por la Constitución francesa y la trascendental Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Es decir, una mentalidad más liberal para revolucionar la época.

Martí empalma con aspectos fundamentales de orientación e ideología, pero es en Varela en quien siente el resumen de puntos específicos como la prédica revolucionaria, el rechazo del criterio de autoridad, la conciliación ciencia y fe, la experiencia en los Estados Unidos, poniendo en práctica sus sentencias: “No es patriota el que no sabe hacer sacrificios en favor de la patria o el que nos pide por estos una paga (…) Pocos hay que sufran perder el nombre de patriotas en obsequio de la misma patria…”.

Esas fueron las ideas que nuestro Martí siguiera, ofrendando todo de su ser. Por eso, desde detalles sobre los giros políticos italianos de 1882, coincidiría al respecto: “El patriota bueno ha de hacer a su patria, en vida al menos, el sacrificio de su mayor gloria”. Esta línea de razonamiento le lleva a concluir: “La primer cualidad del patriotismo es el desistimiento de sí propio; la desaparición de las pasiones o preferencias personales ante la realidad pública, y la necesidad de acomodar a las formas de ella el ideal de la justicia”.

He aquí una toma consciente de la concepción ideológica de la Revolución Francesa (1789), aquella surgida de la existencia de contradicciones sociales (nobleza feudal y clero con el poder político, burguesía con el poder económico y Tercer Estado desposeído), aquella basada en tres principales derechos: la propiedad, la seguridad y la libertad; aquella de carácter espiritual y nacional, para desentrañar su realidad.

El estudio de su sociedad llevó a Varela a comprender que en la realidad cubana no había conocimiento sino desconocimiento; que los conceptos libertad, igualdad y fraternidad y la situación social paupérrima del criollo, eran incompatibles. Por tanto, era significativa la falta de una conciencia cubana. Comprende el sacerdote la absoluta incompatibilidad de intereses de España y Cuba, radicaliza su posición anticolonialista y asume con plena racionalidad y espiritualidad de proceder voluntario, la vocación libertaria.

Estudiado esto, también parte Martí, sin dudas, de la tradición cubana y americana convencido de que las tiranías no se enmiendan de por sí, de que no basta pedir la libertad sino que hay que conquistarla. Para el Apóstol la libertad espiritual tenía un significado inmenso, tanto que la intuía como la esclavitud del deber. Pero ya también, con la radicalidad y madurez de su autoctonía americana, diría: “¡ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra América, sino de sí misma!”.

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