“Nuestra América”, visiones de José Martí en relación con la identidad regional.
Por: Ms.C. José Antonio Bedia Pulido

Hace más de ciento treinta años, el 10 de enero de 1891, en el periódico El Partido Liberal de México aparece publicado el ensayo “Nuestra América” bajo la firma de José Martí. Sin duda resulta un texto esencial para la comprensión de la identidad latinoamericana que bien puede ser calificado como un canto a la redención del continente, pináculo de un sopesado y conciente latinoamericanismo adquirido por el cubano tras largos años. El trabajo en cuestión expone y defiende un sueño integrador de estirpe bolivariano, expresión de una identificación defensiva que se antepone al arrollador paso de la doctrina Monroe sobre los pueblos al Sur del Rio Bravo.

Su redacción corresponde al instante en que se evidencia la “invitación” a las naciones de nuestra región a la Conferencia Internacional Americana de Washington, cuando se intentaba readecuar el término Panamericanismo de Bolívar a una perspectiva de América para los americanos, léase norteamericanos, esgrimida desde los Estados Unidos a partir de 1823. Bien distinta y compleja era la situación continental del XIX finisecular, a la Bolívar y Monroe. Norteamérica no era solo la emergente potencia, otrora paradigma de constitución y derechos del hombre y el ciudadano para algunos, además de constante desvelo para otros como afirmaba el Libertador: “[…] los Estados Unidos que parecen destinados por la providencia a plagar la América de miserias a nombre de la libertad”[1]

Cuando Martí escribe “Nuestra América” asume similares preocupaciones a la del Padre de Pueblos, igualmente encara al septentrión; ya este era la potencia que enfrentaba a Europa en el hemisferio occidental.[2] La nación donde el Apóstol se encontraba exiliado tomaba una pujanza tal que se permitía imponer sus designios sobre nuestros pueblos. Una nueva impronta de coloniaje vislumbraba el cubano; se evidenciará sobre América Latina años más tarde, en 1898 poniendo fin al imperio colonial español.

Pero en 1891, al redactar el texto que nos concierne aún no se han materializado tales hechos, entonces solo Cuba y Puerto Rico faltaban por alcanzar la independencia, extendida por el continente desde 1825. En la pieza escrita se percibe la distancia entre el Discurso de Angostura y ella, se había complejizado tremendamente el escenario socio-político del área. Aún así, esos hitos discursivos definen los eslabones de una misma cadena de lecturas, la óptica que desde de nuestra región brotó en defensa de si misma, concatenando una identidad que deleita, pues “¿En qué patria puede tener un hombre más orgullo que en estas nuestras repúblicas dolorosas de América levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de la pelea del libro y el cirial, sobre los brazos de un centenar de apóstoles?”[3]

La búsqueda del rescate de lo positivo e imperecedero de nuestros pueblos fue la titánica empresa en la cual se enfrascó Martí quien realizó un defensa de nuestra identidad a partir de lo multicultural de ella, alzada: “Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo, con lo que venimos denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la virgen […] a la conquista de la libertad.”[4] De esa mixtura y ensalzando lo autóctono como nuestra verdadera riqueza latinoamericana, que radica en asumirnos tal cual somos y no en mondar y discriminar, sino en el injertar en nuestras repúblicas el mundo; mas sin perder el tronco de nuestra autoctonía, como precisa en el propio ensayo.

Él, haciendo un deslinde diferenciador con aquellos reformistas que pretendían alcanzar la “modernidad” borrando lo originario contrapone lo nuestro a lo importado, pero sin nihilismo. Pero a la dificultad de hacer andar a ese pueblo grande, de indios, blancos y negros, a modo de hacerlo con todos y para el bien de todos, se le añadía una nueva dificultad. “El desdén del vecino formidable que no la conoce [subrayado por él como que] es el peligro mayor de nuestra América”[5].

Para tener cabal comprensión de la visión continental de José Martí tenemos que revisar sus huellas precedentes, su tránsito por México, Guatemala y Venezuela entre los años 1875 y 1881, durante aquel exilio fue conociendo y justipreciando las problemáticas regionales; allí fue donde encontró la razón histórica y telúrica de su obra independentista __hemisférica__. Sus textos, de entonces muestran como se fue permeando de un sello identitario continental, de la amalgama que representan nuestros pueblos, que emergen como repúblicas. Sus escritos en La Revista Universal, El Federalista y Revista Venezolana dan fe de ello. “La vida americana no se desarrolla, brota. Los pueblos que habitan nuestro Continente, los pueblos en que […] la raza latina se ha mezclado con la raza de América, piensan de una manera que tiene más luz, […] y han menester […] de brotación original de tiempos nuevos”,[6] tempranamente escribe en México, en 1875.

Poco después, durante su paso por la tierra del Quetzal, dejó planteado esclarecedor su idea del proceso histórico-social acaecido en nuestra América, señala: “Interrumpida por la conquista la obra natural y majestuosa de la civilización americana, se creó con el advenimiento de los europeos un pueblo […] mestizo en la forma, que con la reconquista de su libertad, desenvuelve y restaura su alma propia.”[7] Su periplo inicial que por las tierras de la región cierra en Venezuela, cuna de todos los americanos, según su propia expresión, allí dejó bien sentada su asunción sobre el __deber ser__ de la defensa continental: “Es la facilidad sirena de los débiles; pero motivo de desdén para los fuertes […] Es fuerza andar a pasos firmes, apoyada la mano en el arado, camino de lo que viene con la frente en lo alto. Es fuerza meditar para crecer: y conocer la tierra en que hemos de sembrar. Es fuerza, en suma, […] hacer la obra.”[8]

Martí, que en 1877 había planteado: “Conozco a Europa, y he estudiado su espíritu; conozco a América y sé el suyo”[9], termina apostando por nuestra redención sobre el rescate de los auténticos valores americanos termina señalando: “Tenemos más elementos naturales en estas nuestras tierras, desde donde corre el Bravo fiero hasta donde acaba el digno Chile, que en tierra alguna del universo.”[10] Su análisis social profundiza en la historia continental, no por vana complacencia intelectual sino con el fin de dar confianza a los nacidos en esta región. A contrapelo de la tesis sarmentina de civilización y barbarie propuso como solución del problema crear, no imitar y desdeñar lo nuestro.

En el llamado de unión y solidaridad entre los pueblos que conforman nuestra América realizado por Martí, se constata que continúa vigente la disyuntiva planteada por Simón Rodríguez “O inventamos o erramos”, lo planteado por el caraqueño al entender del habanero evidencia la necesidad innata de crear como palabra de pase de las generaciones de latinoamericanos. Quince años de bregar en los Estados Unidos no le apartaron en su defensa de nuestras libertades e identidades. A lo contrario, lo que poderosamente llama la atención es que el antagonismo martiano se levanta sobre un profundo conocimiento de la problemática política y psico-social de lo que llama la “América que no es nuestra” En sus visiones de los Estados Unidos registra con perspicacia la vida en esta “gran nación del norte”, abigarrado mosaico étnico de expansiva política exterior. Ante la que no debemos ser el pasivo representante de la alienación cultural y psicológica “la máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España.”[11]

Indudablemente la pretensión de libertad que esgrime asegura que no podríamos subsistir bajo el servilismo extranjerizante, de ahí que sobre la base de nuestro legado teníamos que crear. Las fracturas acaecidas en Nuestra América dificultaban la viabilidad del proyecto martiano de la unidad continental. La atomización de nuestros países respondió a un complicado proceso de reodenamiento de los espacios económicos y políticos regionales. Durante el segundo y tercer cuarto del siglo XIX se produjeron cruentas batallas fratricidas entre nuestros pueblos: Argentina contra Brasil (1825-1828), Chile contra Perú y Bolivia (1836-1839), Argentina y Uruguay contra Brasil (1847), Paraguay contra Argentina, Uruguay y Brasil (1865-1870) y Chile contra Perú y Bolivia (1879-1883) dan sobrado ejemplo de ello.

Atento a esas experiencias, reflexionando sobre aquellas tensiones y vislumbrando un futuro complejo, en 1891, brota a borbotones en “Nuestra América” la necesidad de la integración regional: “Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos”[12] Los graves peligros para los pueblos de la zona se habían metamorfoseado, no eran ya las distantes metrópolis europeas, tampoco los deslindes fronterizos que caracterizaron el medio siglo de gobiernos conservadores. Fue su tiempo aquel “moderno”, posterior a la cruzada ferrocarrilera que se expandió de este a oeste en los Estados Unidos. Culminada la conflagración secesionista esa nación pretendió erigiese como “defensora” de la América Latina El ensayo martiano surge como parte de una réplica ideológico-política entre las dos facciones que componen el continente.

Su proyecto ideológico viene a dar la respuesta de su momento histórico, por ello la libertad que esgrime va más allá de la libertad individual, sus postulados se corresponden con la búsqueda de la plenitud de derechos de las naciones etnias y los distintos sectores sociales, se acercaba la hora: “del recuento y la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado como la plata en las raíces de los Andes”[13] Martí comprendió que no había batalla entre la “’civilización’ y ‘barbarie’”, sino en nuestra errada aplicación de los modelos importados, estábamos abocados a la disyuntiva entre la falsa erudición y la naturaleza.

La teoría, como falsa erudición ha sido un mal endémico en la historia de las concepciones políticas de nuestros pueblos. Es menester conocer las realidades propias para sobre ellas trazar el entramado teórico-social que pueda solucionar el “enigma hispanoamericano”. Analiza Martí el fracaso del liberalismo importado, de los proyectos oligárquicos que fracturaron la posibilidad de alcanzar un pacto interétnico capaz de fundar un nuevo orden social, más justo. Por ello, para quien “pensar es servir” su lucha no solo fue contra el colonialismo en la isla antillana que lo vio nacer, sino la búsqueda de una sociedad con equidad, que redima al hombre. Por eso mucho tiene que hacer Martí en América todavía para servir de paradigma a los que nos levantamos con ánimos de abrir horizontes, esperanzas y seguir.

[1] Simón Bolívar: “carta a Patricio Campbell, agosto de 1829.” En Simón Bolívar Documentos. Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1980.

[2] Ejemplo de ello fue, pocos años más tarde, el mensaje del secretario de estado norteamericano Richard Olney al Foreing Office el 20 de julio de 1895, donde precisa: “En la actualidad, los Estados Unidos son prácticamente soberanos de este continente, y su fíat es ley en los asuntos en que intervienen”. En Manuel Medina: Estados Unidos y América Latina siglo XIX. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974. p. 511-512.

[3] José Martí: “Nuestra América”. José Martí Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. T. 6, p. 16-17.

[4] José Martí: ibid. p. 18-19.

[5] José Martí: ibid. p. 22-23.

[6] José Martí: “El Liceo Hidalgo._Monumento._Vuelta a las escuelas._Empresa patriótica. Teatro mexicano”. Ob. Cit .T. 6, p. 200.

[7] José Martí: “Los códigos nuevos”. Ob. Cit .T. 7, p. 98.

[8] José Martí: “El carácter de la Revista Venezolana”. Ob. Cit .T. 7, p. 210.

[9] José Martí: “Revista Guatemalteca”. Ob. Cit .T. 7, p. 104.

[10]  José Martí: ibid. p. 104.

[11]José Martí: “Nuestra América”. Ob. Cit. T. 6, p 20-21.

[12] José Martí: ibid. p 14-15.

[13] José Martí: ibid. p 14-15.