Notas sobre el antillanismo de José Martí. Ahondando en el pensamiento regional1
Por: José Antonio Bedia Pulido

El Antillanismo fue la construcción política que en la segunda mitad del siglo xix reunió a lo más encumbrado del patriotismo insular. Como relato histórico trazó un proyecto de unidad regional de manera estratégica, defensiva, sustentado en la cultura e identidad regional. Opuesto al sistema económico colonial, autoritario, sus ideas principales las heredó, en el ámbito latinoamericano, de los proyectos de unión hemisférica presentes en los anhelos y las prácticas independentistas más excelsas de las primeras décadas del siglo xix.[1] Bajo aquel sentir se convocó a varios cónclaves regionales: –Panamá, 1826; Tacubaya, 1831; el Primer Congreso de Lima de 1847; el Congreso Continental de 1856 y el Segundo Congreso de Lima de 1864. Sin embargo, con posterioridad a esa última fecha los intentos integracionistas pasaron a la historia.

Fue obra de los antillanistas insuflar nuevos bríos a aquel andar; un compromiso que se vio relegado del mismo modo por los gobiernos conservadores y los liberales. El antillanismo retomó un proyecto social amparado –aún en sus contradicciones–, en una construcción de hermandad simbólica unida por la tradición y la cultura. Durante la segunda mitad del xix, el movimiento independentista contra el colonialismo español se hizo fuerte en las islas hispanohablantes del Caribe. Las ideas de libertad enarboladas rescataban la memoria colectiva y conectiva. Una construcción erigida sobre una práctica compartida, reveladora de las correspondencias establecidas por tres siglos de dominación sobre las islas y Latinoamérica.

El pensamiento antillanista brota al calor de símbolos redentores, los que hallamos evidentes en “La Borinqueña”, con su letra original de Lola Rodríguez de Tió; en “La Bayamesa”, sobre todo en las estrofas que hoy no se cantan; en las banderas de Lares y la de Yara, con los ojos puestos en el hermanamiento; en los “Diez mandamientos de los hombres libres” redactados por Ramón Emeterio Betances; en el “Manifiesto de la junta revolucionaria de la isla de Cuba dirigido a sus compatriotas y a todas las naciones”, que puso a Cuba sobre las armas. Cargadas de alegorías identificadoras todas esas piezas fijan similares anhelos, los que también hallamos en los primeros textos políticos de José Martí: El Diablo Cojuelo, Abdala.

A partir de la década de 1860 el sentimiento integrador entre las islas del Caribe que habla español floreció; se busca la independencia y aprovechan las experiencias previas de Haití, tierra firme, y más recientemente de República Dominicana. Se juzga con un razonamiento tal, que parece optar por el electivismo de José Luz y Caballero.[2] Es por eso que en ocasiones rescata, y en otras renueva, se adapta o se inventa frente a cada circunstancia concreta. El antillanismo se aprovecha de la historia para no torcer su identidad, para afincar los pilares de una cultura de libertad que gesta un proyecto de futuro al tomar las aspiraciones populares, las que podemos resumir en tres rumbos:

  • Encarar y resolver los anhelos sociales de los lugareños.
  • Coadyuvar al progreso insular.
  • Cumplir el rol hemisférico y universal de las islas: la unión.

El escaño más alto de esas ideas, en el siglo xix, lo constituyó el Partido Revolucionario Cubano bajo la guía de José Martí; él laboró coherente con las pautas del antillanismo precursor, así revela hondas coincidencias con la obra de sus padres fundadores de ese pensamiento: los boricuas Ramón Emeterio Betances y Eugenio María de Hostos, el dominicano Gregorio Luperón. Martí, en su originalidad, razona el porqué Puerto Rico y Cuba pese a tanto esfuerzo arrostrado no alcanzaban aún su libertad en la última década del xix. Su faena en aras de concretar esos desvelos va atenta a las problemáticas de su entorno, se sirve de la leyenda como herramienta para el cambio, así liga en sus observaciones pasado y presente, otea del mismo modo el futuro y concreta las bases de un pensamiento político regional afín.

El cubano en su examen histórico examina en las particularidades de su siglo; trasluce que a partir de los años veinte la represión de los gobernadores de turno y sus facultades omnímodas coincidentes con el arribo de elementos conservadores tras el desastre español en Ayacucho coadyuvó a frenar los cambios revolucionarios insulares. Analiza la historia en sus caracteres singulares, en las posesiones del Caribe se sufre la transformación de frontera y margen mercantil imperial, a ser baluartes de la reacción y refugio de los realistas que miraban con ojeriza lo criollo. El silenciamiento del independentismo continuó amparado en el sosiego económico que trajo el progreso de la industria azucarera y su expansión técnico-comercial. Aquel “dulce” panorama socio-político cambió a la altura de los años sesenta.

La política colonial española acidula la relación entre peninsulares y antillanos, pero las islas sin comunicaciones fluidas entre ellas dificultaban la concertación de lazos patrióticos. Barreras idiomáticas y étnicas, resultado del sistema de plantación, también desfavorecían el tránsito armónico a la libertad.[3] Clamando por integrarnos independientes, los antillanistas debían superar todo esos obstáculos, así como el inconveniente de lo escindido del área respecto al continente. Por otra parte, en tierra firme la convulsa situación político social pos-independencia y el escaso desarrollo técnico-económico alcanzado dejó sin continuidad las ideas de la unidad de estirpe bolivariana. Latinoamérica exhibía un panorama muy poco atrayente para la élite criolla insular.

En América Latina el triunfo anticolonial, logró la independencia política, pero no alcanzó similares lauros en la economía y la transformación social. Las noveles naciones encararon incontables problemas derivados de sociedades dependientes y jerárquicas que, una vez libres, no evolucionaron lo suficiente como para dejar de postergar los reclamos populares de indígenas y mestizos. Se dilató la solución al problema de la esclavitud, se desbalanceó el sistema mercantil que en muchas ocasiones aplastó las producciones locales; se consagró una “estabilidad” de penurias y no la renovación social proyectada. Se disiparon sus aspiraciones integracionistas y con ello el interés de apoyar a los antillanos en sus sueños redentores.[4]

El ideal de articular una Latinoamérica unida palideció en el transcurso del siglo; a contrapelo resultaba uno de los fundamentos básicos del antillanismo. En Hispanoamérica, luego de medio siglo de predominio conservador, el advenimiento al poder de los reformistas liberales inició un período caracterizado por la búsqueda de inserción de sus respectivos negocios en la economía mundial. Al igual que sus predecesores se dejó de pensar en auxiliar a los insulares en su empeño redentor. Trunca quedó la obra de los precursores, de insistir en liar los lazos históricos-culturales forjados por más de tres siglos entre las islas y el continente, de luchar por una América libre. Esa fue la tarea a impulsar por los antillanistas.

En el contexto, los Estados Unidos esgrimían la Doctrina Monroe, sin embrago, con anterioridad a su Guerra Civil les resultaba imposible su concreción. La nación no tenía fuerzas suficientes para impulsar la expansión hacia el Oeste de la Fiebre del Oro, crecer al sur a costa de sus vecinos al sur y extenderse sobre las Antillas. Si bien pactaron límites centroamericanos con los británicos mediante el tratado Clayton-Bulwer, no pudieron obstruir la anexión española del oriente de Santo Domingo, la intervención tripartita en México y la Guerra sudamericana en el Pacífico contra España. Sin embargo, con el fin de la Guerra de Secesión se abrió un nuevo capítulo en el septentrión, entonces en las Antillas “aumentaron las presiones sobre el gobierno español para que aboliera la esclavitud […] debate que vino a quedar vinculado a la aspiración por la independencia”.[5]

 

[1] La unión, como proyecto independentista, resulta apreciable en intentos de Francisco Miranda y la “Colombia hispanoamericana”, de Bernardo O’Higgins y la “Federación de pueblos de América”, de Juan Egaña con el “Proyecto de Estados Hispanoamericanos”, de Simón Bolívar anhelando: “formar en América la más grande unión del mundo, menos por su extensión y riqueza que por su libertad y su gloria”. (“Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla”, Carta de Jamaica. En: Simón Bolívar, Obras Completas, Librería Piñango, t. 1, s.f., p. 169).

[2] Expresiones como “ninguna verdadera filosofía puede ser indiferente, ni expectante, en el problema siempre renovado y siempre urgente que presenta la humanidad” esclarecen una concepción a tono con los tiempos (José de la Luz y Caballero: Elencos y Discursos Académicos, Editorial de la Universidad de La Habana, La Habana, 1950, p. 151.) se adecuan a la dialéctica del antillanismo.

[3] La diversidad étnica constituía un freno a la unidad, datos de ella podemos encontrar en el anexo 8 “Población y gobierno de las colonias antillanas”,  referido por Luis Esteves Romero en: Desde el Zanjón hasta Baire. Datos para la historia política de Cuba, Tipografía la propaganda literaria, Zulueta 28, Habana, 1899, p. 626.

[4] Luego de las conspiraciones de Soles y Rayos de Bolívar y de la Gran Legión del Águila Negra no existió apoyo continental a los independentistas antillanos hasta la labor del chileno Benjamín Vicuña Mackenna y el reconocimiento a la beligerancia cubana de Chile, Bolivia y Perú.

[5] Fernando Picó: Historia general de Puerto Rico, Ediciones Huracán, República Dominicana, 1988, p. 176.