Motivos para un homenaje. A sesenta años de la muerte de Jorge Mañach
Por: Mariana Pérez Ruiz

En una de sus cartas a La Opinión Nacional, de Caracas, José Martí hace alusión a “cómo por el asiduo estudio, el honrado propósito, la consagración real y dolorosa, alcanzan los hombres los puestos a que en la estima pública les dan derecho sus merecimientos”.[1] Sin embargo, suele ocurrir que en determinados momentos históricos no concurren las condiciones que propicien el necesario justipreciar de la obra de seres que, aun portando limitaciones, a veces más propias de su tiempo y circunstancias que de ellos mismos, desde su pensamiento y/o acción desempeñaron una labor de indiscutible valía en los procesos históricos y sociales de una nación. Tal es el caso de Jorge Mañach, uno de los ensayistas más completos del siglo xx cubano, cuyo lugar en el panorama de la cultura cubana ha sido poco menos que olvidado por la historiografía que estudia el período republicano neocolonial, etapa en la que este desarrolló su trabajo intelectual.

Parte considerable de los estudiosos que se han acercado a la obra mañacheana en las últimas décadas convienen en que la desestimación que durante más de treinta años sufrió el legado escrito de este hombre obedece más a una devaluación de la ideología profesada por él y de su actitud política, que al resultado de un estudio objetivo y desprejuiciado de su labor y su consecuente accionar. Ello se debe, en gran medida, al inmenso rechazo que se llegó a cultivar hacia la corriente de pensamiento liberal que se gestó en la primera mitad de la centuria al ser considerada la base de una ideología política insuficiente y retardataria de las soluciones a los grandes dilemas que enfrentaba el país. La afiliación de Mañach a este sistema ideológico y su posicionamiento como representante de la clase social que lo detentaba lo sitúan en un marco valorativo poco favorable, de ahí que su obra haya sufrido tal suerte de abandono en el ámbito de los estudios culturales.

Aun así, cuando se alude a su figura resulta imposible soslayar ese visceral sentir nacionalista suyo que lo motivó a desarrollar uno de los corpus teóricos más completos sobre la vida nacional durante el período republicano neocolonial, dentro del cual el espíritu nacional y la cultura como reflejo y concreción de este, se erigen en eje vertebrador. A grandes rasgos, como explican Rigoberto Segreo y Margarita Segura:

Mañach elabora una teoría de la cultura que sitúa la prioridad en el campo de los valores y de la conciencia. Eso le sirve de instrumento metodológico para reconstruir la historia de la cultura nacional cubana, cuya esencia él sitúa en la forja de una conciencia nacional que diera corporeidad a la nación. Desde esa concepción, no ve la cultura como un adorno del espíritu, sino como una necesidad ineludible de todo pueblo que busca la realización de su adultez histórica en una nación consolidada e independiente. Para él, la solución a los problemas de Cuba pasaba, necesariamente, por la elevación del nivel cultural de su pueblo, cuya primera preocupación habría de ser la creación de un sistema de valores nacionales, la creación de un estado de conciencia nacional.[2]

Dicha concepción, deudora de un idealismo antropológico cuyo principio metodológico de análisis histórico partía de anteponer los componentes subjetivos de la sociedad a los objetivos, le imprimió un carácter limitado a su andamiaje teórico, en tanto constreñía el gran universo que conforma la dimensión nacional a solo una de sus variables, la axiológica, minimizando y subordinando así otros factores tan determinantes del devenir insular tales como la propia estructura interna del país y su sistema de relaciones con otros componentes externos que la influyen y condicionan.

Sin embargo, ello no le impidió, en la medida en que los intereses de su clase y posición social le permitieron, hacer análisis críticos de otros elementos constitutivos de la realidad, de ahí que se convirtieran en temas de algún modo recurrentes de sus textos (con matices más o menos conservadores), asuntos tales como la disfuncionalidad del sistema político en Cuba, la incapacidad de los cubanos para el ejercicio efectivo de la democracia y la mediatización histórica de la economía de la Isla, entre otros. Por tal motivo, fueron centro de su interés permanente la búsqueda de la educación ciudadana y de un estado de conciencia colectiva, el adecentamiento de la administración pública, el afán proteccionista de la economía cubana frente a la desmedida inversión extranjera, la garantía de la soberanía política frente a la injerencia norteamericana (sin llegar por ello a un antimperialismo), y todo eso desde un raigal sentido de compromiso con el devenir histórico y lo que él entendía como el desarrollo social favorable para la nación.

El voluminoso conjunto de trabajos que dedicara Mañach a estos temas demuestra que, pese sus manquedades ideológicas y conceptuales (palpables en lo que tienen de ingenuidad e idealismo algunos de sus criterios, así como por el carácter elitista y excluyente que se desprende en ocasiones de los mismos), indica que pensar la nación fue una de las pasiones de su vida, la cual, más allá de su aptitud y vocación para entendimiento de los asuntos históricos y el tratamiento de las cuestiones públicas, estuvo fuertemente condicionada por un conocimiento igual de apasionante e inspirador: el pensamiento y accionar de José Martí. Tal como planteó Salvador Arias:

Mañach perteneció a una generación que tuvo que cuestionarse el derrotero que seguía la nación cubana después del pasado heroico de sus luchas por conseguir esa independencia, que ahora les estaba dejando un sabor amargo y vergonzoso. Esa generación redescubrió en José Martí no solo al patriota incólume, sino, y sobre todo, al pensador que proveía a los cubanos de un verdadero arsenal ideológico para enfrentar los problemas de su amada patria.[3]

En el caso de este autor, puede decirse que Martí le fue una presencia constante, no solo por la sistematicidad con que se acercó a su vida y obra, de lo cual son suficientes muestras los numerosos artículos periodísticos, conferencias, discursos que le dedicó a lo largo de su quehacer intelectual, sino también por el hálito que se advierte en todo cuanto analizó y concibió. No deja de haber una gran coherencia entre su personal apropiación de todo cuanto fue e hizo el Maestro, y su singular interpretación y proyección del devenir de la nación, ambas cuestiones enlazadas en lo que presentan de subjetivo, axiológico y volitivo. Y es que el pensamiento mañacheano parte del principio de entender la historia –ya del sujeto individual, ya del sujeto colectivo– como acumulación de ideas, emociones, sensaciones, saberes; de ahí que resulte comprensible que, de la misma manera en que apela a la revelación del espíritu nacional en sus interpretaciones culturales e históricas, ante el estudio de la figura histórica su principal interés sea acaso la indagación en sus rasgos subjetivos, a saber, su sistema de valores, la singularidad de su corpus ideológico y cognoscitivo, la peculiaridad de su sensibilidad.

En su acercamiento a la figura de José Martí, tal principio de jerarquización se advierte claramente aplicado tanto en sus intentos por aprehender al héroe como en los de interpretar su sistema filosófico y de pensamiento en general. Ello lo evidencia cuando expresa:

De esos caudales de varia experiencia se fue haciendo su pensamiento político y social (se había referido previamente a los saberes acumulados a lo largo de su vida de desterrado en los países americanos y estadounidense en que residió). Pero ¿no hablamos de su pensamiento? ¿No habían de importar algo, de importar mucho, en esa elaboración, los factores abstractos de cultura, los libros leídos, las filosofías estudiadas, las apostillas escritas al margen de historias y revistas, y, sobre todo, aquel temperamento intelectual que a un hombre le nace como de las raíces de su época y se nutre del aire que respira?[4]

Mañach no se guarda de insistir en el valor de los referentes formativos del pensamiento martiano que nacen del enriquecimiento de la espiritualidad y el intelecto. Tal es su determinación sobre esa jerarquía que llega a aseverar más adelante, en el propio discurso del cual forma parte el fragmento anterior, que el realismo de Martí (aludiendo a su conducta filosófica) procede de su mismo idealismo romántico.[5] De modo que, de acuerdo con su concepción, los elementos conformadores del pensamiento racional vienen a constituirse en mecanismos de contención de un estado de idealización o subjetividad que le precede por naturaleza.

Esta visión de los procesos formativos y de sus esencias resultantes puede explicar, como bien señalan Segreo y Segura, los presupuestos metodológicos que subyacen en su biografía Martí, el Apóstol,[6] fuertemente criticada en más de una ocasión por su carácter novelesco y poco apegado al relato objetivo e imparcial de los hechos. A propósito de la primera edición cubana del texto, Roberto Fernández Retamar ya había llamado la atención, muy justamente, sobre la ingenuidad a que se abraza la pretensión de objetividad absoluta:

el libro (cualquier libro similar) no es la vida de Martí. Es una biografía. Y es pueril confundir vida y biografía, lo que no es sino un caso particular de la confusión, igualmente pueril, entre historia e historiografía. La biografía es un género (historiográfico y literario) mediante el cual se ofrece cierta visión de una vida. Si se quiere, es un acercamiento a ella. Pero ese acercamiento, por ahincado e intenso que sea, nunca logrará identificarse con la vida en cuestión, como la percepción de un objeto no equivaldría jamás al objeto mismo. Cualquier percepción, además, está sobredeterminada.[7]

En efecto, la biografía martiana de Mañach se halla atravesada por un afán de transparentar la espiritualidad del varón íntegro, de revelar zonas más íntimas y sensibles de su ser que descubren esa otra grandeza, la que se expresa, no en los pensamientos y los actos prominentes de los héroes, sino en un sentir y un hacer humanos. Y tal empeño no se percibe generado por el placer de regodearse en la fabulación, sino por una voluntad de equilibrada exaltación del virtuosismo martiano tanto como de sus humanas debilidades, y también, por qué no, por un sentido de la utilidad para con la gran tarea de humanización de Martí en aquellas décadas en que se perseguía rescatar su figura, en lo que hay de útil para los hombres de hallar los aspectos comunes de una vida extraordinaria que los acerque e inspire, y  aleje así al Apóstol del peligro de convertirse en mero  “prócer en el santoral de las tribunas”, como señalara el propio Mañach.[8]

Es por ello que, pese a las numerosas imprecisiones y deslices de tipo histórico en que incurrió su autor, y la a veces tendenciosa modelación ideológica del discurso que presenta, Martí, el Apóstol pudo convertirse en texto movilizador del conocimiento del Maestro para varias generaciones de cubanos; de ahí que hoy día siga siendo un referente insoslayable dentro del conjunto de biografías martianas, aun cuando ya existen otras de mayor rigor científico que han superado las insuficiencias de esta.

Ese solo motivo parece suficiente argumento para que la obra de Jorge Mañach pudiera contar con mayor respaldo institucional en relación con su publicación y promoción, de lo cual hoy no goza como merece. Y si a eso se le añaden su voluminoso cuerpo textual de tema martiano y los indiscutibles aportes que constituyen dentro de la tradición del pensamiento cultural insular textos tan medulares como “La crisis de la alta cultura en Cuba” (1925), “Indagación al choteo” (1927), “La nación y la formación histórica” (1944) y “El estilo en Cuba y su sentido histórico” (1944), además de su labor como difusor del patrimonio cultural a través del programa radial “Universidad del Aire”, entonces no se puede menos que decir que se asiste a un caso de injusta deslealtad, no solo a Mañach en su condición de figura sustancial, sino también a ese trozo de nuestra cultura que su obra representa y que tan imprescindible nos resulta hoy para entender mucho de lo que es la Cuba de nuestros días. Solo resta desear que el futuro sea más generoso con este hombre y su legado.

[1]José Martí: “Gambeta y sus ministros”, en sus Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p. 234.

[2] Rigoberto Segreo y Margarita Segura: Más allá del mito. Jorge Mañach y la Revolución cubana, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2012, p. 65.

[3] Salvador Arias: “Introducción”, en Martí en Jorge Mañach (selección, notas y prólogo de Salvador Arias), Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2014, p. 27.

[4] Jorge Mañach: “Discurso leído en la sesión solemne del Senado conmemorativa del natalicio del Apóstol la noche del 28 de enero de 1941”, en Martí en Jorge Mañach, ed. cit., pp. 65-66.

[5] Ibídem, p. 68.

[6] Rigoberto Segreo y Margarita Ricardo, ob. cit., p. 92.

[7] Roberto Fernández Retamar: “Sobre la Edición Cubana de Martí, el Apóstol”, en Anuario del Centro de Estudios Martianos, no. 15, La Habana, 1990, pp. 306-307.

[8] Jorge Mañach: “La humanización de Martí”, en ob. cit., pp. 103-104.