Martí para mañana
Por: Guillermo Castro Herrera

“¿Que dónde estoy? En la revolución; con la revolución. Pero no para perderla, ayudándola a ir por malos caminos! Sino para poner en ella, con mi leal entender, los elementos quienes, aunque no sean reconocidos al principio por la gente de poca vista o mala voluntad, serían los que en las batallas de la guerra, y en los días difíciles y trascendentales batallas de la paz, han de salvarla.”

José Martí [1]

La circunstancia que dio  lugar a esta apasionada profesión de fe de José Martí nos permite entender su papel en la reforma cultural y moral que abrió paso a la transformación la lucha por la independencia de Cuba en una de liberación nacional. Esa lucha se había iniciado en 1868, con un alzamiento de medianos terratenientes, campesinos, esclavos liberados e intelectuales de capas medias, que se organizaron en República y lucharon por ella hasta 1878, cuando debieron aceptar un armisticio con el poder colonial.

A partir de allí, se produjo una escisión que tendería a ensancharse en la política cubana. Un sector de grandes terratenientes e intelectuales de capas medias se inclinaría por negociar con España una situación de autonomía para la Isla dentro de lo que restaba del sistema colonial español. Otro, de base popular y campesina, encabezado en lo más visible por los antiguos jefes militares de la guerra del 68, optó por renovar y culminar la guerra de independencia.

Martí, que había apoyado activamente a la República en armas desde su destierro en España y su exilio en México, mantuvo su compromiso con esta segunda opción hasta 1884, cuando se apartó de ella debido a diferencias en cuanto al propósito de la lucha, y de los métodos para organizarla y conducirla. De esas diferencias da cuenta la carta que le dirigiera al General Máximo Gómez, que a sus 48 años se había cubierto de gloria en la guerra, para decirle – desde sus 31 años, y su aún modesta trayectoria política -:

Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento; y cuando en los trabajos preparativos de una revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y elementos que han de hacer posible la lucha armada, mera forma del espíritu de independencia, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso, o mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fe y de guerra que levante el espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra, ¿qué garantías puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar un país a la lucha, sean mejor respetadas mañana? ¿Qué somos, General?, ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él? [2]

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