Martí en Fidel.
Por: Lic. Ángel Avelino Fernández Espert. Dra. Cristina Rivero García.

Dotado de un talento excepcional, una inconmesurable capacidad para la observación y el análisis y, sobre todo, de una aguda sensibilidad; el decoro del hombre, su bienestar y felicidad, fueron en José Martí sustrato rector para sus ideas y praxis.

Tal es así que la defensa del negro y del indio, su visión sobre las nefastas consecuencias  que traería el desarrollo del naciente imperialismo para las masas humildes de norte y de Suramérica, y el conocimiento de la precaria situación económica y política de los países hispanoamericanos, que los convertían en presa fácil de los afanes expansionistas de dicho imperialismo, conllevaron a que asumiera una posición antiesclavista a la temprana edad de nueve años y posteriormente antirracista; a defender al indio ante la marginalidad que padecía y a considerarse hijo de América, con lo que asumía un latino americanismo activo;  a enarbolar un democratismo genuinamente revolucionario, concretado en lo que denominó “república nueva” o “república moral”; y a asumir un antimperialismo, también activo, al trazar un plan de acción en el que la independencia de Cuba y Puerto Rico tenían un alcance americano y universal, como factor que impediría el dominio estadounidense sobre la América hispana. Como el mismo confesó en carta inconclusa, escrita un día antes de su muerte física, todo lo que había hecho y haría era para eso.[1]

Esas ideas han estado presentes, por su trascendencia, en cada momento del devenir histórico de Cuba, como brújula que ha guiado el accionar de los revolucionarios, en la lucha por la conquista y posterior defensa de la república soberana y justa que el anheló. Existe, por tanto, una coherencia ideológica en la que Fidel, como máximo líder del proceso revolucionario cubano en su última etapa —que es en la que el sueño martiano alcanzó su plena realización— es el más fiel  exponente.

No tiene nada de extraño, por tanto, que la presencia de José Martí como mentor de la Generación del Centenario fuera proclamada por el jefe de la Revolución en la primera sesión del juicio que se le siguió a los moncadistas, cuando expresó, al contestar una de las preguntas que le dirigiera un viejo politiquero, que el Apóstol era el autor intelectual del asalto al Moncada.[2]

La respuesta, tan inesperada como electrizante, dada su emotividad, tenía también una significación muy especial, ya que no solo lo rescataba en el año de su centenario de los hipócritas homenajes de un gobierno cuya ejecutoria lo negaba, para ofrendarle, cimentado con la sangre generosa de los jóvenes asaltantes, el más justo de los reconocimientos; sino que, además, representaba la esperanza de contar en la nueva etapa de lucha que se iniciaba con el sustrato ideológico de sus ideas. Esto fue corroborado el 16 de octubre de 1953, en “La Historia me Absolverá”, histórico alegato de autodefensa, en el que Fidel expone con claridad que la respuesta dada 25 días antes, no solo era la proclamación oportuna en el momento preciso sino, sobre todo, el reflejo de la total identificación con lo más medular del pensamiento martiano. El concepto de pueblo, la formulación de los seis problemas fundamentales que afrontaba la sociedad cubana en ese momento y la enunciación de las leyes que de forma inmediata se aplicarían, demostraban fehacientemente que el nuevo líder de la Revolución Cubana había hecho causa común con “los pobres de la tierra”[3] y que en lo adelante y para siempre la lucha sería por el establecimiento de una república “con todos y para el bien de todos”,[4] en la que “la ley primera” [5] sería el “culto de

los cubanos a la dignidad plena del hombre” [6] y en la que la justicia estuviera “tan alta como las palmas.”[7]

Lo antes expuesto otorgaba al hecho histórico un profundo carácter revolucionario; pero en el análisis de la impronta martiana en Fidel, además de la idea señalada, se observa con suma nitidez un legado conceptual-metodológico, también aprehendido por el jefe de la revolución, que contempla aspectos vitales para la conducción de la lucha y la consecución del triunfo. En el presente trabajo se abordan seis de ellos, a saber:

 – La concepción de la lucha como un proceso único.

Pudiera parecer una verdad de Perogrullo si se toma en consideración que la Guerra de los Diez Años, con la emotividad que otorga su carga de héroes y mártires, caló tan profundo en la conciencia colectiva que se convirtió en parte consustancial del cubano como ente social, por lo que cada etapa de lucha fue fuente de inspiración para las generaciones que le siguieron venideras; pero fueron ellos los mayores exponentes de esta idea y, por tanto, los que la expresaron con mayor nitidez.

El discurso pronunciado por el Maestro, el 10 de octubre de 1890, significativo también por su sentido dialéctico, es una muestra de ello. En el expresó:

“(…) Época de aprovechamiento y de reconstrucción es esta época, y tregua más útil tal vez que el triunfo mismo, e indispensable acaso para el triunfo: que es lo que no se ha visto en Cuba, y por donde toda la política cubana yerra, porque no han entendido que un pueblo que entra en revolución no sale de ella hasta que se extingue o la corona. (…)

No han entendido que el estado público que siguió al fracaso aparente de la revolución era una nueva forma de ella, en la que continuaban chocando o amalgamándose sus factores, y que el deber interno y esencial en la política, que es sobre todo arte de previsión, era el de ir removiendo por la cordialidad y la justicia los elementos de choque y transformándolos, en cuanto se pudiese, en elementos de amalgama (…)”. [8]

Cinco años después es mucho más directo en las líneas con las que inicia el Manifiesto de Montecristi, en las que de forma concisa plantea que: “La revolución

de independencia iniciada en Yara después de preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo de período de guerra (…)”. [9]

Esta concepción conformará el arsenal de las ideas políticas de los revolucionarios cubanos a lo largo del siglo XX, en la lucha que sostuvieron por la conquista de la plena independencia; pero será Fidel quien la exprese con mayor claridad, tal como se observa en la propia  proclamación de José Martí como único autor intelectual del asalto al Moncada, en “La Historia me Absolverá” y en el discurso conmemorativo de los cien años de lucha, en el que expresó  que: “(…) En Cuba solo ha habido una Revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes. (…)” .[10]

 – La organización de la lucha revolucionaria desde el exterior obligados por la represión.

Martí es detenido y deportado por segunda vez a España durante la Guerra Chiquita y no regresa a Cuba hasta que desembarca, fusil al hombro, por Playitas de Cajobabo, el 11 de abril de 1895, casi dieciséis años después. Fidel, cerradas todas las posibilidades de oposición legal al régimen y vigilado constantemente por los cuerpos represivos de la dictadura, tiene que trasladarse el 7 de julio de 1955 a México, país en el que residirá de forma casi ininterrumpida hasta la madrugada del 25 de noviembre de 1956, en la que acompañado de 81 hombres zarparía en el yate “Granma”, desde el puerto de Tuxpan, rumbo a la epopeya.

– La comprensión del papel concientizador de la prensa y la oratoria en la fase insurreccional de la revolución.

Tanto es así que  Martí inicia su vida política en el El Diablo Cojuelo, en plena adolescencia; defenderá y promoverá el ideal independentista en España, México y los Estados Unidos en importantes diarios; e, incluso, antes de la proclamación oficial del Partido Revolucionario Cubano, ya en la fase preparatoria del reinicio de la lucha, funda el periódico Patria, en cuyas páginas libró, entre 1892 y 1895, una verdadera batalla ideológica, que incluyó aspectos tan vitales como: el enfrentamiento a los males y las maniobras politiqueras del colonialismo español que se aprecian en  “La campaña española” (28 de mayo 1892), “El plato de lentejas” (6 de enero de 1894) y “Las reformas en Cuba” (8 de diciembre de 1894), por solo citar tres casos; el combate al autonomismo y al anexionismo, claramente visible en “La agitación autonomista” (19 de marzo de 1892), “Autonomismo e independencia” (26 de marzo de 1892), “La proclamación del Partido Revolucionario Cubano el 10 de abril” (16 de abril de 1892), “El lenguaje reciente de ciertos autonomistas” (22 de setiembre de 1894), “¡Ah de los jinetes! (17 de noviembre de 1894) y “El remedio anexionista” (2 de julio de 1892); la lucha antirracista, tal como se observa en “Basta” (19 de marzo de 1892) y en “La campaña española”, ya mencionado; y en los objetivos, métodos y proyección del Partido Revolucionario Cubano, entre los que sobresale “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano” (17 de abril de 1894).[11]

Trataba no solo de expulsar a España, sino de fundar un pueblo para erradicar para siempre los males de la colonia y el espíritu colonial, con lo que se garantizaría una genuina democracia y una plena soberanía. Y en esa tarea, ya de por sí titánica, el caudal ideológico contenido en sus ideas lo reafirmó de forma contundente a través de la palabra. Martí electrizaba a los emigrados cubanos en los Estados Unidos con la fuerza emotiva de su prosa. Tanto fue así, que el discurso que pronunció el 10 de octubre de 1887 conllevó a la creación de la Comisión Ejecutiva y que esta, en memorable carta a Máximo Gómez, escrita el 16 de diciembre de ese año, lo invitó a sumarse a un nuevo proyecto independentista en la creencia de que había llegado el momento. No pudo ser en definitiva en esa ocasión, pero en 1891, la facundia contenida en el discurso “Con todos y para el bien de todos”, pronunciado en Tampa, el 26 de noviembre, caló tan hondo en la conciencia de los que lo escuchaban, que tan solo cuarenta días después fueron aprobadas en Cayo Hueso las Bases y los Estatutos Secretos del Partido Revolucionario Cubano, como paso previo para su proclamación oficial, en New York, el 10 de abril de 1892.

En época y contexto diferentes, Fidel utilizaría indistintamente la prensa escrita y la radial en cinco momentos de su accionar revolucionario. El primero de ellos lo desarrollaría antes de que Batista consumara el golpe de estado, cuando sin recursos, pero sin descanso, luchaba por un escaño en la Cámara de Representantes, desde la que impulsaría la aprobación de leyes progresistas. Lo conforman cuatro trabajos publicados entre el 11 de setiembre de 1951 y el 4 de marzo de 1952 en el periódico Alerta, en los que denunciaba la enorme corrupción política y administrativa del gobierno de Carlos Prío, y las encendidas arengas, que, con igual propósito, pronunciaba en el programa “Vergüenza contra dinero” que trasmitía la emisora La Voz del Aire.

El rompimiento del ritmo constitucional de la nación conllevó a que la vía clandestina fuera fundamental para la concientización de las masas, aunque Fidel continuó utilizando la prensa legalizada siempre que le fue posible. Tal es la característica del segundo momento, que se extiende desde el 14 de marzo de 1952 hasta el 15 de mayo de 1955. Corresponden a este, el manifiesto “Revolución no, zarpazo”, escrito en la primera de dichas fechas; los artículos “¿Qué diferencia hay?” y “Asaltado y destruido el estudio del escultor Fidalgo”; sus esclarecedores escritos en El Acusador; la utilización de una de las plantas de radio confeccionadas por el Dr Mario Muñoz Monroy; “Manifiesto a la Nación”/ “Mensaje a Cuba que sufre”; la entrevista que le realizara en el presidio de Isla de Pinos, el periodista de Bohemia, Raúl Martín Sánchez; “Carta sobre la amnistía” y la divulgación de “La historia me absolverá”, que alcanza un relieve mayor, ya que además de denunciar los crímenes de la dictadura con los moncadistas, se convirtió en el programa de la revolución.

El tercer momento, enmarcado en las siete semanas que median entre la liberación de los moncadistas, el 15 de mayo de 1955, y la salida de Fidel hacia México, el 7 de julio de ese año, tendrá como rasgos distintivos, la brevedad y la intensa utilización de los medios masivos de comunicación, muy a pesar de la tiranía, que hizo todo lo posible por impedirlo. En tan poco tiempo, el líder de la revolución concedió entrevistas, publicó un manifiesto, habló en un radiomitin trasmitido por la Onda Hispano-Cubana y, sobre todo, publicó declaraciones y artículos con títulos tan combativos como: “¡Mientes, Chaviano¡”, “Chaviano, el provocador”, “Quieren mi cabeza los hombres de Batista”, “Manos asesinas”, “Estúpidos”, “Frente al terror y el crimen”, “Lo que iba a decir y me lo prohibieron”, “Lo que iba a decir y me lo prohibieron por segunda vez”, que demostraron la esencia represiva de la dictadura y evidenciaron la validez de la solución armada para su derrocamiento, como única salida digna.

Los dieciséis meses y diecisiete días que Fidel permanece en el exilio, en los preparativos del reinicio de la lucha armada, corresponden al cuarto momento, que incluye – en lo que a concientización y prensa se refiere – la publicación de forma clandestina, de los manifiestos 1 y 2 del Movimiento 26 de Julio, del “Mensaje al Congreso de Militantes Ortodoxos” y del artículo “El Movimiento 26 de Julio y la conspiración militar”; escritos de honda resonancia política en Bohemia, tales como: “Sirvo a Cuba”, “Frente a todos”, “La condenación que se nos pide”, “El Movimiento 26 de Julio” y “Basta ya de mentiras”;[12] de un acuerdo unitario trascendental: la Carta de México, en el periódico Información; y de una entrevista esclarecedora y definitoria en Alerta, solo cinco días antes de su salida hacia Cuba en el Granma.[13]

El quinto momento se ubica en la guerra de liberación. Fueron veinte y cinco meses en los que a excepción de la entrevista realizada por el periodista español Enrique Meneses Jr., publicada en Bohemia, y alguna que otra información ofrecida en momentos en que la censura estaba levantada, los acontecimientos de la lucha guerrillera sostenida en la Sierra Maestra eran omitidos o falseados por la prensa legalizada. Fidel, como en ocasiones anteriores, concedió al aspecto político una importancia vital, materializado en entrevistas y reportajes concertados con periodistas nacionales y extranjeros, mediante los que la realidad cubana se conoció internacionalmente; en la redacción de documentos de gran calado político, entre los que sobresale la carta-denuncia del Pacto de Miami; y en la proliferación de la prensa clandestina, que incluyó la radial, con la creación de Radio Rebelde, que alcanzó un impacto mayor por su inmediatez y alcance. Dicha emisora fue eco de intervenciones memorables, entre las que se encuentran las palabras dirigidas a la opinión pública de Cuba y a los pueblos de América Latina, el informe sobre la ofensiva final de la tiranía, el parte sobre la batalla de Guisa, y las instrucciones impartidas al mando rebelde y al pueblo, en especial el de Santiago de Cuba, el 1º de enero de 1959;[14] que fueron vitales e imprescindibles en el aniquilamiento de las maniobras de Batista y la embajada estadounidense para impedir el triunfo revolucionario.

Los discursos fueron para Fidel, de vital importancia en el combate político. Complemento eficaz de sus escritos, a través de ellos trasmitió, en correspondencia con la estrategia que se había trazado, las ideas que el pueblo podía asimilar en la fase insurreccional.

Al igual que Martí, dada la represión reinante, Fidel tiene que pronunciarlos ante la emigración. Ante un grupo de revolucionarios de distintos países de América proclamó sin ambages sus ideas latinoamericanistas y antimperialistas, en la mañana del 9 de octubre de 1955, frente al busto de José Martí, en el Parque de Chalputepec, en Ciudad México. Veintiún días después, en el hotel Palm Garden, en New York, durante la gira que en compañía de Juan Manuel Márquez realizó por los Estados Unidos de Norteamérica, confesó su profunda devoción por las ideas y la praxis martianas e incentivó decididamente la insurrección como única respuesta digna a la situación cubana. Y el 20 de noviembre de ese mismo año, en el teatro Flager, en Miami, arremetió contra la politiquería corrupta de antes y de después del 10 de marzo. No fueron los únicos, pero sí los más conocidos y los de mayor impacto.

– La importancia de la unidad revolucionaria.

Resulta altamente significativo que en el primer discurso pronunciado a los emigrados en los Estados Unidos: la Lectura en Steck Hall, José Martí no solo convoque a la erradicación de los errores cometidos en la Guerra de los Diez Años, sino que trate de hallar una explicación a las causas que los originaron, con lo que dejaba las puertas abiertas para la incorporación de todos a la la Guerra Chiquita, contienda que se desarrollaba en ese momento. Posteriormente expresaría sus ideas unitarias en cartas, artículos, discursos —entre los que resaltan los pronunciados el 10 de octubre de 1890 y el 26 de noviembre de 1891, conocido como “Con todos y para el bien de todos”—; en los objetivos del Partido Revolucionario Cubano y en el Manifiesto de Montecristi. Fidel, por su parte, en momentos en que ya tenía organizada a buena parte de los futuros moncadistas, estuvo dispuesto a insertarse en el movimiento organizado por Rafael García Bárcenas. Días después de la amnistía volvió a entrevistarse con este, con el propósito de unificar los esfuerzos para la lucha. En el exilio firmó junto a José Antonio la Carta de México. Ya en 1958, se crea el FONU, en cumplimiento de lo acordado en la reunión efectuada en Altos de Mompié, el 3 de mayo; se firma el Pacto del Pedrero, el 1º de diciembre; e incluso se firma el Pacto de Caracas, el 20 de julio, en el que se incluían organizaciones no revolucionarias.

– El sentido del momento histórico y la decisión de hacer en cada momento lo que debía hacerse.

En el período de interguerras, Martí  no apoyó expediciones aisladas sin la debida organización; así como tampoco precipitó la formación del Partido Revolucionario Cubano, que como él mismo afirmó en medular artículo publicado en Patria, el 3 de abril de 1892, fue fruto “(…)de la obra de doce años callada e incesante(…)”.[15] Por la experiencia obtenida en el trabajo organizativo y político durante la Guerra Chiquita supo que antes de iniciarse un movimiento armado era imprescindible la concientización ideológica de la emigración para así lograr la unidad de todos en torno a un proyecto necesario, que por su dimensión interna y externa tenía que ser generoso, breve e inclusivo. Se trataba, por tanto, de un trabajo paciente, pero sistemático, en el campo de las ideas, para que la revolución en su nueva etapa no fuera fruto solo de la cólera sino de la reflexión.[16]

Fidel, ante el pesimismo y la abulia de los politiqueros, inicia la lucha armada. En la prisión alerta a Melba y Haydee sobre la importancia de la propagada revolucionaria. Tras su excarcelación, como se ha visto, agotó las posibilidades legales que brindaba la fachada democrática de la dictadura para poner al desnudo su naturaleza represiva y al evidenciarse que la solución era la lucha armada, marchó al exilio, no sin antes, fundar el Movimiento 26 de Julio.

Los argumentos expuestos demuestran que fueron ellos los que mejor comprendieron, en sus respectivas épocas, la realidad de cada minuto histórico.

– La absoluta confianza en el pueblo.

En la preparación de una nueva guerra, la confianza en el pueblo del Héroe Nacional cubano fue puesta a prueba desde el mismo inicio, al escuchar, en octubre de 1892, el resultado de la visita del primer emisario mandado por él a Cuba, el comandante del 68, Gerardo Castellanos Lleonart, quien, apenado, le informó, casi en susurro, que tal como le había expresado uno de los entrevistados, apenas el 3% de la población estaba dispuesta a reanudar la lucha, ya que el resto mostraba indiferencia a la vía revolucionaria.[17] Lo que escuchaba, en verdad, en nada podía entusiasmarlo y mucho menos reconfortarlo; pero Martí no cejó. Confió en el pueblo. Y el trabajo organizativo prosiguió. Al mismo emisario le fue confiada una nueva misión a la patria en noviembre de ese mismo año.

Pero la muestra más elocuente de su ilimitada confianza en las potencialidades revolucionarias de nuestro pueblo se evidencia cuando, tras el fracaso del Plan de Fernandina —que conllevó a que la guerra comenzara el 24 de febrero de 1895, de forma mucho más modesta a como se había concebido y sin la presencia de los líderes de la Revolución—, no vacila en desembarcar junto a Gómez por Playita de Cajobabo, en la noche  del 11 de abril de 1895, de la forma más dramática que pueda imaginarse: en un frágil bote que se debatía entre las olas de un mar tormentoso, con la firme convicción de que el  ejército estaba en Cuba y que la dirección podía ir en una uña, tal como se lo había manifestado a Maceo en memorable carta, en la que le pedía su rápido arribo a Cuba, escrita el 26 de febrero de ese año.[18]

El optimismo de Fidel fue una constante. Con fusiles calibre 22 asaltó el Moncada. Con solo 82 hombres desembarcó en el Granma, pero el hecho que ilustra como ningún otro la confianza que siempre tuvo en la capacidad combativa del pueblo es el reencuentro con Raúl en “Cinco Palmas”, cuando con solo siete fusiles fue capaz de vislumbrar la victoria, después del desastre de Alegría de Pío.

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Se debía tener una infinita confianza en las convicciones patrióticas y éticas del pueblo para, sin recursos económicos, organizar e iniciar una guerra que dio al traste con el colonialismo español y para organizar y llevar a feliz terminación una guerra que acabó con el dominio neocolonial estadounidense. Tales proezas fueron realizadas en épocas distintas, pero en igual proceso emancipador, por José Martí y Fidel Castro: símbolos imperecederos de la nación en su decurso histórico, cuyos aspectos tratados conforman el arsenal ideológico de todo un pueblo.

Bibliografía.

  1. Bianchi Ross, Ciro: “Otro día en Cayo Hueso”, https://www.juventudrebelde.cu.

Publicado: sábado 05 marzo 2011 | 07:05:02 pm. Actualizado: jueves 21

septiembre 2017 | 08:58:56 pm.

  1. Castellanos García, Gerardo: “Misión a Cuba. Cayo Hueso y Martí”, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2009.
  2. Castro Ruz, Fidel: La historia me absolverá, Oficina de publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2008.
  3. ————————-: La victoria estratégica, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2010.
  4. El paso de Fidel Castro por Miami | Diariocrítico.com

https://www.diariocritico.com/noticia/88992/noticias/el-paso-de-fidel

  1. Hart Dávalos, Armando: Aldabonazo, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 2007.
  2. ——————————–: “Unidad y revolución en el pensamiento de José

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  1. Llerena del Castillo, María Cristina: Sobre la Guerra de los Diez Años, Editorial.

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  2. Martí, José: Obras completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana,1991,  tomos  1, 2, 3 y 4.
  3. Martínez Victores, Ricardo: 7 RR La historia de Radio Rebelde”, Editoial de

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  1. Mencía Cobas, Mario: El grito del Moncada, Editora Política, La Habana, 1986, Vol. I y II.
  2. ——————————: La prisión fecunda, Editora Política, La Habana, 1980.
  3. ——————————: Tiempos precursores, Editoral de Ciencias Sociales, La Habana, 1986.
  4. —————————: “El Movimiento Revolucionario 26 de Julio: Génesis y

significado” https://www.fidelcastro.cu/es/…/el en revista “Cinco Palmas”, mayo 2009.

  1. —————————: “El joven Fidel Castro y el independentismo puertorriqueño” En Cinco Palmas”, tercera época, número 2, mayo, 2015.
  2. Norman Acosta, Heberto: “Sobre la visita de Fidel Castro a Nueva York en

octubre de 1955”. En Cinco Palmas, tercera época, número 2, mayo

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  1. Núñez Machín, Ana: Fidel Periodista, Ed. Pablo de la Torriente, La Habana, 2008.
  2. Rodríguez La O Raúl: “José Martí y su labor por la unidad del pueblo cubano”, http://www.granma.cu/granmad/2006/10/10/nacional/artic09.html
  3. Rojas Rodríguez, Marta: El juicio del Moncada, Editorial. de Ciencias Sociales, La Habana, 1988.
  4. Suárez Pérez, Eugenio y Acela A. Caner Román: Fidel: de Birán a Cinco

Palmas, Verde Olivo, Ciudad de La Habana, 2006.

 

 

 

 

[1] Martí, José: Carta a Manuel Mercado en Obras Completas, Ediorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p.p. 167-170.

[2] Marta Rojas: El juicio del  Moncada, Op.cit., p. 46.

[3] José Martí. Versos sencillos, en: Juan Marinello Vidaurreta: José Martí. Poesía mayor, Instituto Cuba del Libro, La Habana, 1973, p. 105.

 4 ————————: Nombre con el que se conoce el discurso pronunciado en Tampa, el 26 de noviembre de 1891 en: Obras Completas, Op.cit.,  t.  4, pp. 269-279.

[5] Ibídem p 270.

[6] Ibídem, p. 270.

[7] Ibídem, p. 273.

[8] ——————–: Discurso en conmemoración del 10 de octubre de 1868, en Hardman Hall, Nueva York, 10 de octubre de 1890, Idem, p.p. 248-249.

 

[9] ——————– Manifiesto de Montecristi, Idem, p 93.

[10] Fidel Castro Ruz: Discurso conmemorativo de los cien años de lucha en María Cristina Llerena (Compiladora): Sobre la Guerra de los Diez Años, Pueblo y Educación, La Habana, 1973, p. 3.

[11] Cfr José Martí. Op.cit., t. 1, pp. 331-335, 338-339, 355-356, 387-391, 465-470; t, 2, p.p. 47-50; t. 3 p.p. 26-30, 138-143, 263-266, 387-39 y 425-426.

[12] Casi la totalidad de los combativos escritos publicados por Fidel, de forma clandestina o legalizada, aparecen recogidos en Ana Núñez Machín (Compiladora): Fidel periodista, Editorial  Pablo de la Torriente, La Habana, 2016.

[13] Para una profundización sobre la actividad revolucionaria desplegada por el Comandante en Jefe entre 1951 y 1956, consúltese: Mario Mencía Cobas: El grito del Moncada, Editora Política, La Habana, 1986, Vol. I pp. 31-32, 129-133, 153 y 240-250.

—————————: La prisión fecunda”, Editora  Política, La Habana, 1980, p.p. 103-11 y, 147.

—————————: “Tiempos precursores”, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1986, pp. 16, 220-230 y  257-317.

[14] Todas pueden ser consultadas en Ricardo Martínez Victores: 7RR. La historia de Radio Rebelde, Editorial de Ciencias Sociales, Ciudad de La habana, 1978, p.p. 430-439, 440-465, 470-475, 475-477 y 477-479.

[15] José Martí. “El Partido Revolucionario Cubano” en Op. Cit t 1, p 369.

[16] Idea contenida en el discurso conocido como Lectura en Steck Hall, pronunciado en Nueva York, el 24 de enero de 1880, en José Martí, Op. cit, t. 4, p. 192.

[17] Cfr Gerardo Castellanos García: Misión a Cuba. Cayo Hueso y Martí. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2009, p 152.

[18] José Martí. Op. cit, t. 1, p. 71.