Las tareas del espíritu en jornadas en campaña
Por: Mayra Beatriz Martínez

Unir los conceptos de “espiritualidad” y “religiosidad” en Martí tiende a ser controversial y confuso, a pesar de que destacados estudiosos como Fina García Marruz, Cintio Vitier, Reinerio Arce y Rafael Cepeda, por mencionar solo algunos autores de importancia, coloquen al Maestro mayormente en línea con el cristianismo. Ello contrastaría inevitablemente con el conocido anti dogmatismo martiano, que se expresaría en una buena cantidad de textos a lo largo de toda su vida, entre los cuales sobresalen aquellos donde asume una mirada crítica al evaluar a la iglesia católica, pero también en los que arremete contra la rigidez de las prácticas masónicas –contra el secretismo, concretamente– a pesar de que, como se sabe, pertenecía a esa institución fraternal.

La espiritualidad martiana –la cual, explícitamente, lo inclina a proponer lo que algunos autores han considerado un nuevo tipo de religión– ha de entenderse, más bien, desde el punto de vista sociológico, es decir, en lo relativo a su actividad dentro del grupo humano; como fe, pero no abstracta y personal, sino en tanto sentimiento de entrega a un ideal que, efectivamente, se erige como sagrado: la justicia para todos los hombres durante la propia vida, no postergable para un momento ulterior y de carácter sobrehumano.[1] Martí propone una cosmovisión ética, una concepción moral del mundo renovada, a concretarse en realización social. Su “nueva religión” habría de representar, entonces, una expresión cuasi metafórica: supone la devoción por la consecución del bien colectivo. Los pilares en que se asienta la espiritualidad apreciable en sus textos y que practicó en la vida, son los mismos que se convierten en herramientas para su labor emancipadora, para su proyecto liberador: el ejercicio de las virtudes útiles.

De ahí que, aunque Martí se auto identifique en muchos de sus textos con los estereotipos del Jesús que divulga al pueblo su evangelio o del Crucificado –martirizado hasta la muerte por su fe–, representativos de valores y normas de comportamiento que, por otra parte, prescribe en los deberes ser que propone para hombres y mujeres nuestroamericanos, habríamos de entender que su empatía se dirigía al Jesús revolucionario –no al Dios encarnado en la tierra–; al héroe de Nazaret que debió representar en su existencia histórica y que conoció a partir de los relatos bíblicos. La idea del ejercicio virtuoso y el holocausto útil, central para Martí, respondería al cumplimiento de un empeño que solo resultaría trascendente en la medida en que se articulara a las expectativas sociales, al real bien de todos. En tal sentido, ese Cristo-Dios al que aludiera en cuaderno de apuntes fechado entre 1886 y 1887 muy significativamente como “el hombre de mayor idealidad del Universo”[2] se toca, en su vocación de servicio con otro de los paradigmas que ha sido identificado, subsumido en sus textos: el del Quijote, cuyas acciones caballerescas, aunque puedan resultar alucinadas, también se encaminan a deshacer entuertos y, en consecuencia, al logro del bien para los demás.

Las apropiaciones de esos modelos, voluntaria o inconsciente, sabemos que no son exclusivas, sino herencia de una larga tradición en las letras. Han existido exhaustivos y reveladores estudios de la notable marca bíblica a lo largo de la obra martiana, en forma y espíritu,[3] a lo que habría de sumarse la presencia de la retórica masónica y de alegorías afines.

Su afincamiento en este repertorio tropológico, sería muy evidente en el acento profético de su oratoria, y en el más íntimo de su poesía. Si en Versos sencillos de 1891, define específicamente el sentido que atribuye a la vida humana y, dentro de ella, al sacrificio como redención mayor –recordemos: “Cuando al peso de la cruz/ el hombre morir resuelve,/ sale a hacer bien, lo hace y vuelve,/ como de un baño de luz” –[4], lo ratificaría con insistencia en textos de los últimos meses de vida. Lo expresa a Gonzalo de Quesada, destacándolo como empresa humana cotidiana, en misiva fechada 1ro abril de 1895 –su testamento literario–, que fuera enviada mientras estaba todavía en Dominicana: “En la cruz murió el hombre un día, pero se ha de aprender a morir todos los días”[5] –observemos como insiste en el apelativo “hombre” para Jesús. Desde territorio baracoeso, el 15 de abril, en carta dirigida, entonces de conjunto, a Gonzalo y a Benjamín Guerra, describe el gozo que experimenta al sumarse a la guerra, tras haber cargado como cruz el pecado de no haber participado en las campañas anteriores, al tiempo que se identificaba implícitamente, una vez más, con la imagen de Cristo-héroe, entrañable con sus prójimos. Asimismo, volvía a mencionar la iluminación, con lo que superponía connotaciones masónicas –la luz como triunfo que se alcanza tras difícil ascenso; la luz que el hombre debe atraer hacia sí para, a su vez, iluminar con ella–: “Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado, y arrastrando la cadena de mi patria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo”.[6]

Escribe ese propio día a Tomás Estrada Palma –hermano masón, como lo fueran Benjamín y Gonzalo–, y en su misiva se percibe con mayor fuerza esa huella: “[…] al fin me he sentido entero y feliz […] Ya entró en mí la luz, Estrada, y la salud que fuera de este honor buscaba en vano. El honor es la dicha y la fuerza”.[7] Ha dejado atrás las pasiones, se abre a la percepción de la luz interior: vence lo espiritual sobre lo material, lo eterno sobre lo perecedero.

Respecto al sustrato cristiano inmanente en el pensamiento martiano, hemos de considerar lo que con acierto Rafael Cepeda ha señalado respecto al uso martiano del concepto “alma”, que encierra “connotaciones bíblicas y teológicas”.[8] Según Cepeda, “Martí identifica alma y espíritu”.[9] Habría que tener en cuenta que para los masones existe un distingo: ambas están entre los cinco elementos naturales propios de los seres animados, junto a la materia, la fuerza y la vida. La realidad es que son términos frecuentes en su obra y muy en especial, en sus últimos textos. Sin embargo, llegaría cada vez más a resultar evidente que su uso concomitaba en especial con lo político.

La connotación sociológica de la espiritualidad martiana –como forma de sentir y practicar su sistema de creencias– se expresó en documentos de muy diversa índole, para nada ligados estrictamente a la religiosidad o a la masonería. Se percibe en documentos íntimos y en los dados a la publicación; en prosa y verso; en textos de los más diversos géneros… pero, muy en especial, como adelantábamos, en aquellos dedicados a su labor de propaganda revolucionaria y preparación de su “guerra necesaria” –tal como aludió en múltiples ocasiones la contienda bélica que juzgaba indispensable para el logro de la independencia patria.

Avanzar en el rastreo de tales huellas entre las ideas que manifiesta en sus últimos meses de vida, y que no son otra cosa que continuidad de inquietudes y criterios que había enriquecido y perfilado a lo largo de su existencia, no es difícil, a pesar de que se trate de escritos tan disímiles como sus Diarios de campaña finales, otros que les fueron contemporáneos –cartas a amigos, familiares y colaboradores e, incluso, documentos directamente relacionados con la planificación y la política de la contienda bélica– y, haciendo un poco de retrospectiva, algunos que representaran antecedentes de interés.

En todos, aparecen expresadas semejantes virtudes ligadas al crecimiento espiritual. Sería explícito al respecto en carta a Maceo de 1894: “Yo no mudo de alma, sino que la voy enriqueciendo con cuanto veo de grande y hermoso”.[10]

En torno al tema, diría a Gonzalo y a Benjamín, ya desde la manigua, refiriéndose al afianzamiento de ese proceso en circunstancias de guerra, donde confirmaba que la fraternidad resultaba indispensable y su tarea, afianzarla: “El alma crece y se suaviza en el desinterés y el peligro”.[11] Y a Carmen Mantilla: “Voy regando almas buenas, y noto cómo crece a veces el alma a los que me oyen. Es que sufrían de desamor, y oyéndome, creen […]”.[12] Y a Manuel Mercado, en su última misiva”: […] siento en la benevolencia de las almas la raíz de este cariño mío a la pena del hombre y a la justicia de remediarla”.[13] En sus Diarios… se refiere también así a los hombres virtuosos que va aunando: “Vamos haciendo almas”.[14]

 

En consonancia, aparecerían adjetivaciones y metaforizaciones alusivas a las virtudes espirituales, mediante términos recurrentes como pureza, limpieza, luz, estrella, perfección… que se tocan, en gran medida, por demás, con el pensamiento masónico y su ideal de auto perfeccionamiento a través del cultivo de las virtudes –la tarea incesante de los hermanos: pulir su piedra bruta.

[1] De mucho interés resulta la forma en que Arce, uno de los defensores de la filiación cristiana de Martí, enfoca su espiritualidad como parte de una especie de “cristianismo comunitario comprometido en la lucha por la paz y la justicia”. Considera que “[…] lo que da unidad a lo religioso, lo ético y la práctica política y social es su doctrina del amor que, al mismo tiempo, constituye una de las piedras angulares de religiosidad y se constituye en la norma para medir éticamente toda acción política y social” (Reinerio Arce: Religión: Poesía del mundo venidero, Ediciones CLAI, La Habana, 1996, p. 136).

[2] JM: “Cuadernos de apuntes”, no. 14, en Obras completas, t. 21, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, pp. 344-345. [En lo adelante, JM por “José Martí” y OC por “Obras completas”.]

[3] V., en especial, Rafael Cepeda: Lo ético cristiano en la obra de José Martí, Centro de Información “Augusto Cotto”, Matanzas, s/f.

[4] JM: “XXVI”, “Versos sencillos”, en Obras completas. Edición crítica, t. 14, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, p. 331. [En lo adelante OCEC por “Obras completas. Edición crítica”.]

[5] JM: “A Gonzalo de Quesada”, OC, t. 1, ed. cit., p. 28.

[6] JM: “A Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra”, OC, t. 4, ed. cit., pp. 124 125.

[7] JM: “A Tomás Estrada”, OC, t. 4., ed. cit., p. 130.

[8] V. Rafael Cepeda, ob. cit., p. 74.

[9] Ibídem, p. 77.

[10] JM: “Al general Antonio Maceo”, OC, t. 3, ed. cit., p. 210.

[11] JM: “A Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra”, OC, t. 4, ed. cit., p. 129.

[12] JM: “A Carmen Mantilla”, OC, t. 20, ed. cit., p. 237.

[13] JM: “A Manuel Mercado”, OC, t. 20, ed. cit., pp. 161-163.

[14] JM: Diarios de campaña, edición crítica, Mayra B. Martínez, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, p. 91.

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