José Martí y las elecciones de Chicago, 1887
Por: Dr. Rodolfo Sarracino

Rodolfo_SaccracinoLos artículos que Martí escribió sobre Estados Unidos, que él mismo llamara “Escenas Norteamericanas”, contienen retos investigativos que inducen al estudioso a extender la pesquisa más allá de la crónica analizada. Quien lo haga percibirá inmediatamente su interés por los temas, entre muchos otros, que revelan la corrupción en el sistema político estadounidense. El lector no debe esperar una investigación exhaustiva y definitiva de algún hecho que haya llamado su atención. En la mayoría de los casos las informaciones de Martí provenían de la prensa local y no de la observación directa de lo ocurrido, o de entrevistas con algún observador, testigo o protagonista, o la documentación privada y oficial del tema en cuestión. Los artículos de Martí se proponían describir con trazos gruesos y vigorosos a una sociedad que había nacido tarada con el germen de su propia decadencia. De otra manera, el lector en Buenos Aires o Ciudad México, demasiado ocupado para volver dos semanas más tarde a buscar la evolución de lo acontecido, ya lo habría olvidado. Ello es más notable en una noticia cuyo seguimiento podía extenderse a lo largo de varios días, semanas, meses y en ocasiones años, aunque condujera a un epílogo revelador, incluso dramático e históricamente importante.
Véase un ejemplo. En su crónica para La Nación de Buenos Aires, fechada el 10 de abril de 1887, al hacer un recorrido general por las elecciones a alcalde en las principales ciudades de Estados Unidos celebradas cuatro días antes,1 Martí llama la atención sobre los escrutinios en la ciudad de Chicago, estado de Illinois:
Pero en Chicago les volvió la espalda el voto, y demócratas y republicanos, unidos con júbilo en la aversión común al destructor advenedizo,2 obraron como un partido solo, el partido de los que conservan, contra los trabajadores imprudentes que por miedo a perder el voto anarquista, consintieron figurar al lado de los que destruyen. 3
No hubo en Chicago pases ni ocultamientos. Quedó en veinte mil el voto obrero, que se esperaba ver llegar, como en New York, a setenta mil. El candidato para corregidor de la ciudad, un talabartero inteligente4, se enajenó la confianza pública, por no haber osado condenar en un discurso, brillante por cierto, la bandera roja, cuyos pliegues albergaron la bomba mortífera que esparció la muerte entre los heroicos policías, cuando el motín de la otra primavera. Los trabajadores mismos se volvieron contra el talabartero. Los «ciudadanos», olvidando en el peligro de lo esencial las diferencias menores, se reunían en las calles en patrullas, y en masa depositaban su voto unánime contra el candidato favorecido por los anarquistas. Los rencores políticos se desvanecieron ante la alarma social. Hombres de opuestos partidos se abrazaban en las calles al publicarse la derrota del candidato obrero. Allí donde se ve de cerca el riesgo, donde los descontentos se cuentan por docenas de millares, donde se oyen resonar en los sótanos los pasos de los ingratos huéspedes que se disponen para vomitar la muerte sobre la ciudad que les abrió sus brazos, donde se ha visto ya el humo y la sangre, allí se juntan como instinto contra los invasores todos los que tienen algo que defender de ella,? la hacienda o la libertad: y allí sucede en principio lo que, si el riesgo se extendiese, sucedería en toda la república mañana!
Es evidente, como se verá en las líneas que siguen, que la razón de la derrota obrera en esas elecciones trasciende el incidente que Martí narra sobre el candidato obrero, que no se atrevió a condenar la bandera roja en cuyos pliegues se habría envuelto la bomba de Haymarket. En ese fragmento, sin embargo, Martí llama la atención sobre un punto neurálgico en el sistema electoral estadounidense, y capta la atmósfera que predominaba, no sólo en la ciudad de Chicago, sino en casi todo el país, escasamente un año después del atentado dinamitero de la Plaza de Haymarket, cuando aún no había concluido el juicio de los acusados. La indignación generalizada de grupos importantes del movimiento obrero, de los profesionales y en general de la burguesía era el resultado de una intensa campaña periodística de la prensa plutocrática nacional e incluso internacional contra los emigrados alemanes identificados con el anarquismo importado de Alemania, que proyectó una imagen de la que ni el propio Martí pudo librarse.

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