Honestidad con entereza en los hombres martianos
Por: Mayra Beatriz Martínez

Brazos de hermano se ha de tender a los hombres activos y sinceros, que son la única crítica eficaz y la única honrosa en las sociedades que padecen de escasez de verdad y de energía.

 

Patria, 17 de noviembre, 1894

Entre los principales valores –sentimientos, cualidades morales, actitudes, conductas– pautados por las construcciones de “lo masculino” martianas, están aquellos correspondientes a los deberes ser que se conectaban con su utopía emancipatoria, en general, y, concretamente, con su presumible proyecto futuro de nación. Destacan los atribuidos a aquellos modelos que alcanzaron definición muy precisa, como el hombre moderno, hombre nuevo, hombre libre, hombre de acto, hombre natural, hombre real, hombre solar, héroe, hombre entero y, muy especialmente, hombre sincero.

El hombre sincero es uno de los caracteres más reconocidos entre los que regulara dentro de su corpus escrito y de su oratoria. La sinceridad en él se vinculaba, desde luego, a la honradez, entendida del modo convencional, en tanto limpieza en el actuar y rechazo al disfraz, la negación o el ocultamiento de la verdad.

Pero, más allá de esa rectitud de ánimo o de integridad personal al obrar –cualidades en la proyección particular del individuo–, la honradez fue para Martí una responsabilidad social, un deber ciudadano: “Urge ya, en estos tiempos de política de mostrador, dejar de avergonzarse de ser honrado”[1] afirmaría en 1887 y, evidentemente, se estaba refiriendo a la necesidad del comportamiento recto en el ámbito social de pertenencia, sobre todo para aquellos que aspiraran a ser líderes de las comunidades.

En sus criterios en torno al imperativo virtuoso que debía caracterizar el actuar y el expresar ideas, sincera y abiertamente, puede ser reconocida la huella de determinados fundamentos masónicos, en especial del principio de libertad absoluta de conciencia, aunque albergara precoces reticencias respecto al alcance verdadero de tal prescripción en la práctica. Así, en 1876, durante su estancia juvenil en México –sin declarar directamente su membresía–, asume una posición crítica respecto al secretismo habitual con que la institución velaba su actuar interno, a raíz del debate que se suscita tras la publicación en la Revista Universal de su crónica “La fiesta masónica”, donde describía una actividad pública. En sus razonamientos, consideraría que la ausencia de claridad entraba en contradicción con la nobleza de las virtudes que se estimulaban entre los miembros de la fraternidad –lo cual, por otra parte, era innecesario en contextos no prohibitivos: “La masonería no puede ser una sociedad secreta en los países libres, porque su obra es la misma obra del adelanto general […]”.[2] Sabido era que, justamente en las repúblicas liberales de nuestra América, gran parte de los venerados próceres independentistas habían sido miembros de logias masónicas y, en consecuencia, habían obrado según sus principios. El joven Martí de 1876 creía en la necesidad, por tanto, de que se declarara abiertamente la función de la institución en la preparación los nuevos ciudadanos:

[…] la masonería no tiene más secretos que la inteligencia y la honradez: se deja el fardo de las malas pasiones a la entrada, y se contrae el deber de obrar irreprochablemente en ella. Obrar irreprochablemente, perfeccionar el ejercicio de la libertad, preparar a los ciudadanos a la vida pública, ayudar al logro de toda noble idea, estos, sin uno más, sin nada incógnito, sin nada oculto, son los misterios de la orden masónica.[3]

A lo largo del tiempo, se fortalece esta voluntad martiana de destacar la significación de la sinceridad como parte del compromiso ciudadano. No bastaría ser hombre de conducta personal limpia y, por otra parte, no reaccionar expresando honradamente sus opiniones ante un contexto indigno. Lo manifestaría, por ejemplo, a la altura de 1889:

Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar, para que el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permite que pisen el país en que nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado.[4]

Ciertamente, su hombre sincero debía ser amante de la verdad a todo coste, y, también, habría de ser valeroso y enérgico al defenderla libremente. Asimismo, suponía en él modestia, generosidad y capacidad de ser “entero” –cualidad que habría de expresarse de forma más definida en el modelo homónimo que desarrolla en paralelo. La integridad moral de su hombre entero debería expresarse a través de su disposición plena a manifestarse según su naturaleza profunda, de manera recta, incorruptible, una. Eso implicaría, pues, una relación orgánica con su medio –natural, cultural, social–; significaría imbricarse y expresar la tradición en que se habría formado, a la que pertenece o con la que voluntariamente se identifica.

El uso del adjetivo “entero” se reitera significativamente a lo largo de la obra martiana. A inicios de los ochenta, su sentido ya se conectaba a la conciencia de deber para con la patria. En uno de sus cuadernos de apuntes, al que se atribuye fechado entre 1880-1882, hallamos esta normativa y premonitoria anotación: “No debe perderse el tiempo en sufrir: debe emplearse en cumplir con nuestro deber. Así, siento que muero, y alzo la cabeza, tiemblo de un espantoso frío, y sigo adelante.—Moriré entero”.[5]

Al referirse a la magistral etopeya martiana de Cecilio Acosta, publicada en la Revista Venezolana, Fina García Marruz lo relaciona con la vocación de servicio. Asevera: “[e]s importante esta idea de entereza en Martí. Y no ha de verse a la luz de un personal sentimiento patriótico, sino relacionado con esta noción de hombre natural, que dice que ‘es ley maravillosa de la naturaleza que solo esté completo el que se da’”.[6] Su constructo hombre entero se completaría, definitivamente, en los noventa. En su discurso de 1891, conocido como “Con todos y para el bien de todos” –reproducido en hoja suelta bajo el título “Por Cuba y para Cuba”–, conceptualizaría:

O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio integro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre,—o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos. Para verdades trabajamos, y no para sueños. Para libertar a los cubanos trabajamos […].[7]

No hay dudas de que existe un vínculo palpable, una especia de alimentación recíproca, entre los modelos entero y sincero. El hombre sincero también es un “ser para otro”, que da mucho de sí. Las conductas y las virtudes morales que lo conformaban debían prender con urgencia en los futuros mambises e, igualmente, en quienes habrían de apoyarlos. Había identificado desde los ochenta tales cualidades en los combatientes de las pasadas contiendas, los cuales dibujaría como ejemplares.

[…] hacen mal los que desertan del deber;—hay siempre tras de cada gran idea, un ejército modesto, que los hombres sinceros saben encontrar y dar a luz. Son pobres y ricos; tímidos y valerosos. Los unos, se recatan; los otros, se muestran. Pero, sobre todas las transacciones del cansancio, sobre todas las humillaciones soberbias, sobre todos los tenaces y cómodos retraimientos, sobre todas las sugestiones de la vanidad, el interés, el amor propio y el miedo,—es la de la honra una bandera que jamás queda sin asta y sin abanderado. (1880)[8]

La inteligencia tiene sus hombres sinceros, que no llevan a la mente sino lo que nace del alma, y estos son como los obreros generosos que con grandísimas labores arrancan el diamante a las entrañas de la tierra: y tiene sus hombres ligeros y risueños, que dan forma mental a todo lo que brilla, luce y choca, y estos son como los que fabrican abalorios. Los unos son como reyes de veras, y los otros como reyes de teatro: con el fulgor de las joyas efímeras pasa la majestad del rey a quien engalanan: ha de tenerse la majestad en lo hondo, para que los tiempos inquietos y caprichosos no den con ella demasiado presto en tierra. (1882)[9]

En su último quinquenio de vida, aunque no prescinde de las figuras modélicas del pasado, las prescripciones pueden concentrarse, además, en el hombre de su presente y en el del futuro inmediato, encargados de sumarse a la “guerra necesaria”:

Era la cubana Luisa Clementina Ros, que terminaba brillantemente sus estudios. Era la nieta que honraba la memoria de aquel hombre sincero que en el destierro ayudó a aliviar las necesidades de los emigrados, que en sus lecciones de religión y de moral nunca olvidó a su Cuba que luchaba por la libertad, que como pastor desinteresado recordaba en el púlpito, con acentos cristianos y patrióticos, la hecatombe tristísima y conmovedora de los ocho estudiantes que cayó en el suelo extranjero amando a su tierra, Joaquín Palma. (1892)[10]

Todo debe sacrificarlo a Cuba un patriota sincero,—hasta la gloria de caer defendiéndola ante el enemigo.— (1892)[11]

¿Qué me da fuerzas, contra tanta pasión y maldad que conozco mejor que Vd., sino el cariño, que no quiero ver nublarse, de los pocos hombres desinteresados y sinceros a quienes puedo amar de veras, y con los que será libre nuestra patria? (1894)[12]

Sus hombres sinceros “saben encontrar y dar a luz”:[13] les otorga una capacidad que se entronca, en el orden simbólico, a lo más elevado y superior. Resulta interesante que, precisamente, se aplique a sí mismo, ante todo, el carácter de sincero, lo que dice mucho respecto a la autoconstrucción de su imagen de líder. Pero no sucede solo durante su etapa de dirigente revolucionario de primera línea –los noventa, cuando se confiesa como aquel “hombre sincero/ de donde crece la palma”, desde el arranque de sus Versos sencillos—,[14] sino que registramos semejante autoconsciencia desde los años juveniles:

Vd. me ha hecho mucho bien:—hágame aún más. No diga V. de mí,—que eso vale poco: “Escribió bien”, “habló bien”.—Diga V., en vez de esto: “Es un corazón sincero, es un hombre ardiente, es un hombre honrado”. (1877)[15]

Los editores de La América, muy cargados de trabajo, me encomiendan que anuncie al público que desde hoy tomo una parte más directa y empeñosa en las faenas de este periódico. Ni me ha parecido bien que ellos me anuncien, porque la cortesía no los obligase a excesiva bondad;—ni cosa tan sencilla como la entrada de un hombre sincero en un periódico útil, merece más espacio que el necesario para dar prenda, una vez más, del ferventísimo amor del que esto firma a las tierras a cuyo bienestar y gloria este periódico va encaminado.(1883)[16]

De igual modo, ser considerado “sincero” es un elogio muy destacado que le dirige a figuras de la literatura y el arte. La sinceridad en ellos, y en los intelectuales en general, es signo de máximo valor, porque garantiza su articulación con lo humano esencial:

Heredia, grande por lo sincero. (1888)[17]

De lo que si no se puede dejar de hablar, porque por ahí se medirá más tarde la alteza del hombre, es del montaraz sigilo en que cuentan que vivía aquel domador de notas. Ni cómo había de vivir, siendo sincero, aquel peregrino que pasaba por la tierra, como todo artista que de veras lo es, con la ira y desdén de quien ve luces, que no ven los que le rodean, y entreoye acentos que la zahúrda vulgar no le deja oír […]. (1891)[18]

Ya Julián del Casal acabó, joven y triste. Quedan sus versos. La América lo quiere, por fino y por sincero. (1893)[19]

A esa estirpe se adscribió toda su obra, como mismo sus actos. No fue gratuito que prefiriera usar como parámetros para medir la trascendencia de los textos propios, semejantes disposiciones humanas extraliterarias: virtudes morales en vez de virtudes puramente estéticas. Y baste recordar, para apreciar la importancia definitiva que les otorgara, el lugar que ocupó la entereza y la sinceridad cuando debió valorar nada menos que su poesía en aquella carta que enviara a Gonzalo de Quesada y Aróstegui desde Montecristi, el 1ro. de abril de 1895, a punto de embarcarse hacia Cuba, considerada con acierto su testamento literario: “Versos míos, no publique ninguno antes del Ismaelillo; ninguno vale un ápice. Los de después, al fin, ya son unos y sinceros”.[20]

[1] JM: “Cartas de Martí”, OCEC, t. 26, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2015, p. 191.

[2] “Al Federalista. I”, OCEC, t. 2, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000, p. 270.

[3] Ibídem, p. 274. El destaque en las citas siempre será de la autora.

[4] “Tres héroes”, OC, t. 18, Ciencias Sociales, La Habana, 1975, pp. 304-305.

[5] “Cuadernos de apuntes. No. 8”, OC, t. 21, ed. cit., p. 242.

[6] Fina García Marruz: El amor como energía revolucionaria en José Martí, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2003, p. 61.

[7] “Discurso en el Liceo Cubano”, OC, t. 4, ed. cit., p. 270.

[8] “El Comité Revolucionario Cubano de Nueva York. A los cubanos”, OCEC, t. 6, ed. cit., 2002, p. 175. Suscrito por Calixto García Íñiguez. Cuartel General del Ejército Libertador, acompañado por nota firmada por El Presidente Interino, José Martí, en nombre del Comité (cargo asumido desde el 28 de marzo de 1880).

[9] “Carta de Nueva York expresamente escrita para La Opinión Nacional, ibídem, t. 11, ed. cit., 2007, p. 11.

[10] “En Casa”, OC, t. 5, ed. cit., p. 374.

[11] “Al presidente del Cuerpo de Consejo de Jamaica”, ibídem, t. 2, p. 43.

[12] “A Serafín Sánchez”, ibídem, t. 3, p. 346.

[13] “El Comité Revolucionario Cubano de Nueva York. A los cubanos!” (sic), OCEC, t. 6, ed. cit., 2002, p. 175.

[14] “Versos sencillos”, ibídem, t. 14, 2007, p. 299.

[15] “A Valero Pujol”, ibídem, t. 5, p. 192.

[16] “A los lectores de La América”, ibídem, t. 18, 2011, p. 31.

[17] “Heredia”, ibídem, p. 138.

[18] “Espadero”, OC, t. 5, ed. cit., p. 306.

[19] “Julián del Casal”, ibídem, t. 5, p. 222.

[20] “Carta a Gonzalo de Quesada y Aróstegui”, ibídem, t. 1, p. 26.