En torno a las últimas faenas del periodista
Por: Mayra Beatriz Martínez

En un fragmento no fechado, Martí escribía: “Hay un oportunismo que es mera cobardía y pretexto para no ser honrado: y otro que es sagacidad”.[1] Una frase como esta nos pone en situación de entender mejor los matices de su reflexión: representa una invitación a una exégesis más suspicaz, que ha de abocarnos en ocasiones, a una lectura de sus textos no tan lineal como se acostumbra; a una incitación que obliga a contextualizar sus opiniones en pro de esclarecer mejor su intencionalidad: su sagaz y sana conciencia respecto a la oportunidad –el provecho o no–, de expresar determinados criterios, en determinadas oportunidades o ante determinados públicos.

Muy pronto, en uno de sus boletines de 1875 para la Revista Universal, de México, teorizaba respecto a los propósitos implícitos de los discursos periodísticos tal como los entendía entonces: “No es oficio de la prensa periódica informar ligera y frívolamente sobre los hechos que acaecen, o censurarlos con mayor suma de afecto o de adhesión. Toca a la prensa encaminar, explicar, enseñar, guiar, dirigir […] tócale, en fin, establecer y fundamentar enseñanzas”.[2] Semejantes funciones de los medios, legadas por el espíritu enciclopédico ilustrado, eran, por demás, muy visibles en las publicaciones que conociera durante su infancia en la Isla, signadas corrientemente por un didactismo moralizador –ingenuo aún y hasta farragoso, heredero de la timorata mentalidad hispana–, y donde contendían las audaces voces criollas con las conservadoras metropolitanas. Con toda seguridad, aquellas primeras lecturas condicionarían, en parte, los cimientos de la eticidad y vocación de servicio que caracterizarían su ejercicio profesional futuro.[3] Habría que considerar su conocimiento de la obra de intelectuales cubanos, que habían hallado en el periodismo una vía útil para su afán de educación, saneamiento de las costumbres y justicia –Félix Varela, José de la Luz y Caballero, José Antonio Saco… todos ellos pensadores de distinguida labor magisterial.

Es esta una marca evidente en los tanteos iniciales del rebelde adolescente Pepe –a través de las efímeras páginas de La Patria Libre, El Álbum, El Siboney, su Diablo Cojuelo–, con lo que se incorporó a una tradición establecida. A pesar de que la prensa que encontró al ser desterrado a la Península, tanto formal como ideotemáticamente era mucho más conservadora –y hasta reaccionaria–, algunos órganos acogieron con beneplácito la continuidad de su ardiente defensa de los anhelos de independencia cubana, como La soberanía Nacional (Cádiz), La Cuestión Cubana (Sevilla) y El Jurado Federal (Madrid). A su llegada México, en febrero de 1875, encuentra un ambiente mucho más propicio y agitado: inmediatamente se vincula a la Revista Universal de Política, Literatura y Comercio y, esporádicamente, colaboraría con El Socialista y El Federalista. Trabajaría para la Revista Universal a la manera usual del reportero, colectando informaciones resumidas y con notables aciertos, aunque, como se sabe, la excelencia que alcanzó rápidamente lo llevó a integrar allí, apenas tres meses después de su arribo, el cuerpo de redactores oficiales, y a destacar tempranamente como cronista y crítico de artes plásticas, poesía y teatro, y como polemista. De forma muy puntual, sus trabajos aparecieron en otros medios de Guatemala cuando residiera por dos años en el país centroamericano –El Progreso, El Porvenir–, aunque sin pertenecer a staff alguno; y, a inicios de los ochenta, comenzaría a entregar sus textos a La Opinión Nacional a su paso por tierras venezolanas y seguiría enviándolos con posterioridad a su salida.

Así, a partir de su estancia coyuntural en los Estados Unidos en 1880 y, mayormente tras su retorno en 1881, daría inicio a su más sólida experiencia de trabajo para importantes publicaciones periódicas norteñas y, desde allá, hispanoamericanas. Semejante práctica vigorosa y sostenida, más la observación directa de la vida pública durante su segunda y larga residencia neoyorquina le revelaron un principio rector del país tanto en el campo periodístico como en el político: que la autenticidad y la objetividad eran, generalmente, expresión de una “verdad” conveniente. Conocería de primera mano cómo se procedía para hacer de los mensajes, más que todo, instrumentos orientadores del pensamiento y la acción de los destinatarios.

Había ingresado al gremio estadounidense laborando para algunos de los periódicos más exitosos del momento –el diario The New York Sun y el semanario The Hour–, donde emplearía un estilo menos descarnado, menos realista y efectista, que el de sus colegas norteamericanos, quienes se empeñaban en lograr sensacionalismo y entretenimiento a todo coste, al tiempo en que ejecutaban la encubierta manipulación de los lectores para que se asumieran como buenas sus idealizaciones del mundo moderno.[4] El hegemonismo informativo ya se correspondía, abiertamente, con el hegemonismo político –cultural, en verdad, en su sentido más amplio y amenazador– pretendido por el sistema. El que fuera denominado “cuarto poder”[5] a esas alturas sabía cómo construir de forma consciente la opinión pública, cómo establecer patrones interpretativos, cómo controlar la representación.[6]

El joven Martí, gracias al asiento que había significado la tradición didáctica y de función moralizadora del periodismo conocido en su infancia y adolescencia en Cuba, a la que había seguido adscrito a su regreso a nuestra América, estaría en condiciones de marcar una diferencia respecto al entorno del nuevo periodismo estadounidense y abrir desde allá, además, un rumbo peculiar al hispanoamericano. El aprendizaje de aquellos mecanismos de mediación, de técnicas relacionadas con la creación de ideas favorecedoras de intenciones específicas, le ayudarían, en lo adelante, a moverse con mayor eficacia respecto a las cotas de lo conveniente y permisible, a reforzar su capacidad de persuasión y aleccionamiento –pericia que lo asistirá en el ejercicio no solo del periodismo, sino, desde luego, en el de otras expresiones literarias y en su gestión política–,[7] sin que ello empañara, en modo alguno, la nobleza de la misión que se había trazado.

[1] José Martí: “Fragmentos”, no. 229, Obras completas, t. 22, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p. 139. En lo adelante, se referirá “José Martí” como JM y Obras completas como OC.

[2] JM: “Boletín”, Obras completas. Edición crítica, t. 2, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000, p. 110. En lo adelante, se referirá Obras completas. Edición crítica como EC.

[3] Hacia el final de su vida, en las páginas de Patria, todavía sostenía: “Un periódico sin generosidad, es un azote. Un periódico generoso, es una columna” (JM: “La revista de Florida”, OC, t. 5, ed. cit., p. 51).

[4] Los historiadores de la prensa estadounidense reconocen esa segunda mitad del xix como primer momento importante de la historia de los mass media en el país. Las publicaciones comenzaban a competir cruentamente entre sí, contienda protagonizada, fundamentalmente, por los editores Joseph Pulitzer –en The New York World– y William Randolph Hearst –en The San Francisco Examiner, y posteriormente en The New York Journal–, quienes incentivaron ese tipo de periodismo absolutamente novedoso entonces, con noticias de carácter escandaloso que condujeran a una mayor venta. Tal era la situación en el momento en que Martí llega a Nueva York y se inserta como trabajador en tal espectacular proceso. Martí comprende y aprende. El perfil del diario neoyorkino The New York Sun, en específico –dedicado temáticamente a la actualidad más absoluta–, hacía tanto espacio a la política como a los crímenes más violentos con tal de vender. Pero amén de ser el periodismo un “producto” en el aspecto más obvio –referido a sus ejemplares comercializables–, era tenida muy en cuenta su intrínseca capacidad de investir de autoridad –tanto al emisor como a su mensaje–, lo que significaba, desde luego, provecho previsible para quienes lo financiaban: garantizaban su potencial de influencia sobre la opinión pública –no obstante afanarse en aparentar, por el contrario, ser su fiel vocero.

[5] El fenómeno que connotaba esta expresión, de extendido uso hace más de dos siglos, era harto evidente ya en la época martiana y cada vez se ha hecho más operante. Acuñada por el escritor, orador y político anglo-irlandés Edmund Burke (1729-1797), aludió tempranamente al influjo que la prensa ejerció desde la etapa inmediatamente anterior a la Revolución Francesa, cuando se sumó al resto de los poderes oficiales –legislativo, ejecutivo y judicial. Ha ido ganando en tal influencia en coyunturas contemporáneas, que cabría preguntarse si ha logrado escalar ya definitivamente al primer lugar.

[6] Siguiendo sus palabras, no podemos dudar todo lo esclarecedora que pudo ser en este sentido su cercana amistad con el propio fundador y director de aquel periódico insignia donde aparecieran sus primeros textos concebidos en los Estados Unidos: Charles Dana. Lo había admirado profundamente como a un maestro, aunque discrepancias políticas esenciales fueran causa de su alejamiento posterior. Ya en el orden personal (en los años noventa, Dana expresó criterios anexionistas con respecto a Cuba). Anotaría desde un cuaderno de apuntes: “Dana, como Flaubert, no usa al hablar ni al escribir, palabra que no tenga en sí, sentido propio. Lenguaje así hecho, penetra y convence” (JM: “Cuadernos de apuntes”, OC, t. 21, ed. cit., p. 234). A la altura de 1889, en La Nación de Buenos Aires, continúa reconociendo, aunque con acritud entonces, el dominio demostrado por el estadounidense: “Dana, el hombre del Sun, palpa en lo vivo al país, y sabe por dónde peca y por dónde se le puede llevar del ronzal […] es hombre que ve con singular claridad por dónde se va hinchando la opinión, y no se le pone enfrente, aunque crea que viene mal, sino se le monta en la cresta, para llegar con ella […]” (JM: “La exposición de Nueva York de 1892”, OC, t. 12, ed. cit., pp. 311-312).

[7] Refiramos, apenas un ejemplo: el prólogo a su novela por entregas Amistad funesta (su “noveluca” de 1885) donde significa un ajuste voluntario tanto al receptor como a la publicación que la pondrá en circulación. Recordemos cómo reconocía que en su texto “debía haber mucho amor”, “ninguna pasión pecaminosa; y nada que no fuese del mayor agrado de los padres de familia y de los señores sacerdotes” (JM: “Prólogo inconcluso”, en Lucía Jerez, edición crítica, ed. y pról. Mauricio Núñez, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000, pp. 46-47).

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