Eloy Alfaro y José Martí en el vórtice de la Revolución latinoamericana
Por: Dra. María Caridad Pacheco González

Caridad_PachecoEl conocimiento de la vida y la obra de las grandes figuras históricas revelan en ocasiones no pocos momentos de enlace e interrelación entre naciones y procesos históricos. Este es el caso de Eloy Alfaro y José Martí, dos de las más grandes personalidades de la historia de América Latina en el siglo XIX.

Los primeros encuentros de Martí con la historia ecuatoriana, tienen lugar en su más temprana juventud, cuando leía sobre la gran epopeya bolivariana en periódicos que entraban “ocultos (escondidos) como crímenes”1 en la Isla. No menciona entonces a Ecuador de forma particular, pues lo entusiasma, por encima de todo, la gran obra de liberación de la América del Sur para cuya culminación era imprescindible la lucha por la independencia de Cuba, iniciada el 10 de octubre de 1868.

No obstante, alude en no pocas ocasiones en su amplia obra escrita a diversos aspectos del devenir histórico y cultural del país andino, así como a personalidades destacadas de la hermana nación, como el poeta Juan León Mera, el escritor José Joaquín de Olmedo, el sabio geógrafo Manuel Villavicencio, el orador José Mejía, el pintor Samaniego, y el periodista Federico Proaño, entre muchos otros. Este registro de intelectuales ecuatorianos le aporta a Martí un conocimiento fabuloso de la cultura ecuatoriana, a pesar de ser un territorio que nunca visitó.

En 1882 al destacar los aportes de Manuel Villavicencio, sabio geógrafo de Ecuador, en un artículo publicado en La Opinión Nacional de Caracas, expresaba:

“ ? Muchos misterios del tiempo de la conquista dejan de serlo, y muchas que parecen maravillas quedan reducidas al nivel de hechos comunes, apenas se da el lector a hojear en el libro de Thomas Gage, que escribió por aquellos tiempos, y fue fraile en América, la verdadera relación de la conquista de México por Hernán Cortés, o se lee en el Padre Juarros, que ha escrito una crónica infantil y minuciosa de la conquista de Centroamérica, ?cómo vivían los generosos y batalladores príncipes cachiqueles, quiches y zutarjiles, que andaban siempre en querellas, como andamos todos ahora, sin ser indios, o se recorren las páginas de una Geografía excelente del Ecuador, de Villavicencio, que cuenta en sumario fidedigno las guerras interiores de la casa de los Incas. Lo que pasma al leer esas narraciones, no es tanto la intrepidez de los invasores, como el poder del odio de los invadidos, que no veían que apoyando a los extranjeros contra sus enemigos locales, se creaban un dueño poderoso para sí mismos […] Vivimos, por incuria, por no registrar nuestros archivos, por no publicar las joyas que guardamos en ellos, en una lamentable ignorancia de los acontecimientos de nuestra vieja historia, que, una vez estudiada y descubierta, será una fuente de provechosísimas lecciones para pueblos que, como casi todos los de Sudamérica, son mirados como una presa natural por otras codiciosas naciones de la Tierra. Esa historia vieja enseña una verdad: la conquista se realizó, merced a las divisiones intestinas y rencores y celos de los pueblos americanos. Por satisfacer odio momentáneo y abatir a sus enemigos, y complacer su orgullo, aquellos pueblos cayeron en esclavitud constante. Los pueblos de una raza deben ser como los hermanos de una familia. En cónclave privado deben computar sus mutuos derechos, y decirse sus quejas y sus deseos, pero cuando el extranjero llama a las puertas, todos los hermanos deben mover a una misma hacha de armas, si el extranjero viene de guerra. Si viene de paz, con el arado en una mano y el libro en la otra, se le sienta a la mesa, […]”

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