El beisbol en el misterio de Cuba: otras lecturas de la apreciación martiana.
Por: Norberto Codina

Para Félix Julio, con agradecimientos, coincidencias y alguna discrepancia.

El 23 de mayo de 1895 se da a conocer en Venezuela, de completo uniforme en el campo de juego, el Caracas Base Ball Club, y celebraron un encuentro en el que sus integrantes se organizaron  en dos teams, Azul y Rojo. Este acontecimiento estuvo emotivamente marcado para  todos, y en especial para los representantes de la mayor de las Antillas allí reunidos: «Ese día, los cubanos Manuel y Joaquín, Adolfo y Emilio, saltaron al terreno de juego con una gran tristeza, pues poco antes de comenzar el partido se enteraron del fallecimiento del Apóstol cubano José Martí, quien había caído en combate cuatro días antes»[1]. Este episodio de  solidaridad de los venezolanos con la causa independentista cubana, del que pronto se cumplirán 125 años, no sería aislado sino que se reiteró particularmente en los eventos beisboleros, en consonancia con la presencia significativa de los isleños como atletas y promotores. A las colectas y manifestaciones públicas, se suma un hecho de gran carga simbólica cuando en diciembre de 1895, « […] el cubano Emilio Cramer fundó en Caracas un equipo de pelota, al cual le puso el nombre del Padre de la Patria de su país: Carlos Manuel de Céspedes».[2] Como es sabido a fines del xix y en los años sucesivos, Cuba se convirtió en “el primer epicentro de beisbol en el Caribe”, y sus jugadores en los “apóstoles” del juego. Fueron los exiliados e inmigrantes cubanos quienes despertaron el interés en la pelota en la República Dominicana, Venezuela, Puerto Rico y México.[3]

En la isla este deporte y el movimiento independentista evolucionaron en forma concomitante, dándoles un carácter ideológico más fuerte que en los Estados Unidos. Louis Pérez Jr. afirma que para los cubanos del último cuarto del siglo xix el beisbol no solo era signo de modernidad, sino que se convirtió en un símbolo antiespañol, en un momento crítico de la formación de la identidad nacional cubana. Introducido en la isla por estudiantes, inmigrantes y marinos que habían vivido en los Estados Unidos, este pasatiempo “agudizó las distinciones entre cubanos y españoles cuando estas asumían implicaciones de carácter crecientemente político”. Es de importancia que la cultura del “beisbol ofreciera la posibilidad de una integración nacional” -en formas que no podían hacerlo las corridas de toro, por ejemplo-, aunque esa integración empezará a cristalizar en los comienzos del XX, con la presencia de “cubanos de todas clases, blancos y negros, jóvenes y viejos, hombres y mujeres”, vinculados como protagonistas y/o como público. Los antillanos llevaron a cabo tres guerras anticoloniales y enviaron al extranjero a miles de exiliados políticos, estudiantes, trabajadores, y refugiados de guerra, y para esa masa emigratoria como para los de la isla el beisbol se convirtió “en [su] deporte, [su] estado de conciencia y [su] declaración” de independencia. Entre finales del decenio de 1870 y principios de 1890, surgieron en la Isla más de doscientos equipos de pelota y según se fueron estableciendo clubes revolucionarios nacionalistas en Tampa, Nueva Orleáns, Nueva York y Filadelfia, estos también organizaron equipos de pelota.

Solo esta coyuntura de nacionalismo y beisbol puede explicar la temprana y perdurable posición de este deporte en la cultura cubana y la importancia de los cubanos en el beisbol en general. Nuestra cultura, como es común en todos los pueblos y sobre todo en los que solo suman unos pocos siglos de existencia, es una acumulación que se enriquece con las apropiaciones. Ya sea por la vía de corrientes migratorias, vecindades, comercio, o influjos coloniales o neocoloniales, esas influencias se incorporan y asimilan en el proceso de formación de las culturas emergentes, incluso en las ya establecidas. Dentro de nuestro patrimonio intangible, entre otras, han sido reconocidas con propiedad la décima, proveniente de las Islas Canarias, y la rumba, cuyo sincretismo tiene en tierras africanas sus raíces primigenias. Así el beisbol, cuya génesis se registra en Estados Unidos, fue en unos pocos años asumido y metabolizado por el cuerpo de una tierra que hace siglo y medio se encontraban en la plenitud de su eclosión como nación en desarrollo.

En “Oficio de Isla”, puesta en escena de Osvaldo Doimeadios basada en la obra de teatro “Tengo una hija en Harvard” del cineasta y escritor Arturo Sotto, pieza estrenada en el otoño de 2019 y que recrea el tejido del parteaguas de los siglos XIX y XX (1898-1902), aparecen varias referencias a lo que llamamos en buen cubano “la pelota”, como se ejemplifica en varios parlamentos, ya sea a tenor de convertirse en moda («¿te acuerdas de Pedrito Carvajal, el más chiquito de los Urquijo? Se fue a Virginia a hacer unos cursos de gestión de empresas, y a su regreso no sólo deja la novia en el altar, tampoco quiere acompañarme al club de esgrimas, a cruzar espadas. Ahora dice que prefiere practicar beisbol, cosa que me parece el juego más aburrido del mundo»); la creciente influencia norteamericana («hay que ver que los americanos tienen su arte para conseguir lo que quieren. Ya se chuparon los recuerdos de la guerra, ahora se llevan a los maestros, cualquier día querrán llevarse hasta los peloteros (…) ¡Ah, no, si se llevan al primera base del Almendares me levanto en armas! »), o la noticia de una situación indefendible, y que como otros términos del juego se van incorporando desde entonces hasta el presente a nuestro vocabulario («Mamá no tiene la culpa, esto es como out mal cantado en segunda»). Así tanto autor como director intercalan determinados pasajes beisboleros, como cuando Mr. Power le regala a unos de los protagonistas un guante de beisbol en gesto de congraciarse, referentes para ilustrar una época paradójica donde el país se rencuentra.

Los peloteros mambises dieron otra carga al machete que integró a la formación de la cubanía y a la cultura insular lo que ha sido, en justicia, el deporte nacional. Por ejemplo, los encuentros beisboleros del exilio criollo en Tampa o Cayo Hueso fueron otro ámbito proselitista para el separatismo, y algo se ha especulado sobre el contacto aislado que pudo tener nuestro Héroe Nacional con estos eventos[4]: «Fue también en Cayo Hueso donde, según el testimonio del patriota y empresario del beisbol, Agustín Tinti Molina, José Martí acudió a presenciar un desafío de pelota y al concluir este felicitó a sus practicantes con efusivas palabras. El relato de Tinti y su encuentro con Martí narra cómo en 1889, durante una visita del Apóstol a Cayo Hueso, este presenció junto a José Dolores Poyo un juego de beisbol en el que el joven Molina, de apenas 16 años conectó un formidable batazo que fue a parar a las aguas del océano. En palabras de Molina―reveladas al periodista deportivo Fausto Miranda mucho tiempo después― Martí pidió conocer al autor del jonrón,  y una vez ante el líder revolucionario, este le estrechó la mano, y pudo observar  como “la mirada firme, pero agradable, el entusiasmo enorme demostraba que él, grande como nadie, consideró aquel triunfo de los cubanos en la pelota como un buen presagio para la lucha que se iba a iniciar”[5]». De este último suceso solo existe el testimonio de Molina, el cual lo ofreció varias décadas después de ocurrido, y hasta donde se conoce no hay otras fuentes que lo corroboren, ni coincidencias en las fechas de la cronología martiana sobre sus visitas al Cayo[6], pero igual no podemos descartar que este hecho sucediera.

Como he reiterado en otras ocasiones y a lo largo de este texto, nadie en nuestro país como Félix Julio Alfonso López ha estudiado el vínculo beisbol y nación, y en particular en los contextos del siglo XIX, y a tenor de algunas ideas que han sido aquí expuestas me fue imprescindible, entre otros trabajo suyos, “José Martí y el juego de pelota en los Estados Unidos”[7]: «…un aspecto de notable interés consiste en verificar si efectivamente José Martí, al margen de su escritura, participó como espectador en algunos juegos de beisbol durante su estancia en suelo norteño. Todo parece indicar que tal interrogante conlleva una respuesta afirmativa, pero hasta el presente solo contamos con dos testimonios que lo pueden corroborar. La primera evidencia es una fotografía de Martí con María Mantilla sentados en las gradas de un juego de pelota en Long Island, acompañados por José María Sorzano, Praxedes Sorzano, Pilar Correa e Isabel Mena, todos santiagueros y amigos de Martí».[8] El otro testimonio es el ya mencionado de Tinti Molina, pero no es tan fidedigno como este que reproduce Bohemia, tomando en cuenta a la entrevistada, al entrevistador y la gráfica que lo acompaña. En la publicación en cuestión se reproduce, entre otras, la mencionada foto, de la que comentaría el estudioso martiano que fue Lizaso, «de otra fotografía hablamos después, de aquella en que ambos están sentados en las gradas en un juego de pelota en Long Island…»[9]. No deja de emocionarnos esa foto del Maestro con su amada niña y otros compatriotas, sentados en las rústicas gradas, y que gracias a la luz impresa el tiempo parece detenerse, como si estuviéramos compartiendo allí con ellos, a un siglo y años de tomarse esa imagen.

Aquí me detengo para abordar la relación singular y polémica de nuestro Apóstol, en esas claves del «misterio que nos acompaña» lezamiano, con el que sería nuestro pasatiempo nacional, sin dejar las lecciones martianas de reconocer su impronta en la sociedad y los jóvenes. Tal vez por desconfiar de la influencia  de un deporte «tan americanizado» en la Isla, se entiende en parte y nos resulta muy llamativo que la sabiduría política y de adelantado de José Martí, y su espíritu marcadamente ecuménico, no tuvieran conciencia de  esa manifestación emergente de rebeldía anticolonial asociada al juego de pelota. José Antonio Bedia, en su compilación José Martí. Sobre deporte  (Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2016), en la presentación así lo interpreta, lectura con la que coincido: «Los cubanos entonces comienzan a identificarse con el beisbol, a tomar distancia de las corridas de toros, pues ellas representaban el estatus colonial. Han comenzado a gestar un sello de identidad, Martí, en Nueva York, no percibe este fenómeno. Si bien al escribir sobre deportes se permite exponer juicios patrios, la actividad para él siempre representa la modernidad asociada a valores de mejor salud, medio para adaptarse al dinamismo de la vida industrial, símbolo de festejo social y aspecto educativo»[10].

Solo en unas cuantas ocasiones, en relación a su vasta obra y a sus quince intensos años de estancia en Estados Unidos, Martí menciona el beisbol -aunque cuáles fueron sus aficiones y/o reservas al respecto es un tema en que discrepo en parte con mí siempre admirado Félix Julio Alfonso.[11]  Hay que destacar que cuando comenta al respecto —«se tira a la pelota, como todos los junios»—, aunque no haga evidente  sus simpatías,  utiliza la prosa deslumbrante y la capacidad de eternizar un instante que singulariza su escritura, y devela tener conciencia de la dinámica de su juego. Un ejemplo es este apunte que aparece en «Correspondencia particular para El Partido Liberal»: « […] ¡Ved cómo miman los estudiantes durante todo el año, no al poeta de frente grave que les leerá la oda de fin de curso, no al mozo pensador que ya desde las aulas medita la manera de que los problemas sociales se vayan resolviendo sin sangre y en justicia, sino a “los nueve” ágiles que deben vencer a Yale en el juego de pelota […] no por aquel amor sano a los ejercicios viriles que hizo hermosos y fuertes a los primeros griegos […] ¡ved cómo muchos de ellos, deslumbrados por la paga que aquí se da a los buenos jugadores de pelota, abandonan su carrera casi terminada, y truecan su libro augusto por la camisa azul y el pantalón corto de los histriones, en que los aplaude y venera el populacho! Pudren acá esos vicios de pueblo rudo y ambicioso el aire de los colegios. […]».[12]

Sobre este dilema de los jóvenes que abandonan las aulas para ganarse la vida como players vuelve otra vez con esa escritura palpitante a la que tanto debió el modernismo: «Ni los juegos de pelota han interesado tanto este año, aunque hay peloteros que han dejado la Universidad para pelotear como oficio, porque como abogados o médicos los pesos serían pocos y les costaría mucho trabajo, mientras que por su firmeza en recibir la bola de lejos o la habilidad para echarla de un macanazo a tal distancia que pueda, mientras la devuelven, dar la vuelta el macanero a las cuatro esquinas del cuadro en que están los jugadores, no solo ganan en la nación, enamorada de los héroes de la pelota, y aplausos de las mujeres, muy entendidas en el juego, sino sueldos enormes, tanto que muchos peloteadores reciben por sus dos meses de trabajo más paga que un director de banco o regente de universidad o secretario de un departamento en Washigton»[13].

Y en otros pasajes rastreamos que de sus vivencias «neoyorquinas» comenta tal vez a modo de queja  que en la gran ciudad «hay mucho juego de pelota»: «Y este es el mes. En la naturaleza, en los colegios, en los pueblos de baños, en los campamentos de jóvenes ricos, dados a veces con verdadera mengua a vestirse de bailarines y payasos, en los campos de las carreras, donde a suntuosas damas que las ven desde elegantes coches se juntan montón ávido de burdos apostadores, que al caballo juegan, como a la ruleta o al dado; en los amplios circos, donde, acumulando ganancias y vítores, juegan con brazos desnudos y ágiles, los favoritos de la ciudad a la pelota; en los carros urbanos que rebosan gente, en las terrazas cálidas, que esparcen aroma, todo es flor y pompa».[14] O «acá los prohombres de los colegios, los que se llevan las damas y mantiene corte, son el que mejor rema, el que mejor recibe la pelota, el que más sabe hinchar ojos y desgoznar narices, el que más bebe o fuma».[15]«Mes de junio, mes de ceremonia de colegios; de carreras de caballos; de regatas de bote y buquecillos de paseo; de lances de pelotas…».[16]

En otro momento: «Y es septiembre un festival prolongado, sin día que no sea acontecimiento, ya porque Maud S., la yegua más ligera que pisa tierra anda una milla en dos minutos y nueve segundos, cuya hazaña celebran a la vez en Inglaterra y en los Estados Unidos juiciosos editoriales; ya porque los “nueve” de Chicago vencen en el juego de pelota a los “nueve” neoyorquinos, uno de los cuales gana al año 10 000 pesos porque no va una vez la pelota por el aire que él no la pare, y la eche por donde quiera […]».[17] Menciona en otros escritos al fútbol europeo y al fútbol-rugby estadounidense, y para diferenciar un juego con esférica de otros, lo nombra como “pelota de pies”.[18]

Para entender el contexto que le tocó a José Martí vivir con relación al beisbol, este tuvo su eclosión en la sociedad norteamericana como negocio hacia 1869;  las apuestas y los especuladores llegaron en los años 70. De modo que al Maestro le correspondió constatar aquellos groseros inicios del deporte rentado y la venta de juegos, donde los sobornos se mezclaban con los fanáticos, o surgían equipos estrafalarios jugando por pura sobrevivencia económica. «De ahí se desprenden varios comentarios martianos negativos sobre el beisbol, que si no se comprende el contexto de que está hablando, pudieran inducir a creer en una falsa animadversión de Martí hacia este pasatiempo».[19] No me atrevo a catalogar como “animadversión” su relación con la pelota, pero sí creo que por varias razones naturales se cruzaron en él determinados prejuicios. Durante su residencia en la Gran Manzana pudo  presenciar las peleas entre equipos  de los años 90; entonces, la liga nacional era el torneo reconocido, y la emergente se nutría de atletas disidentes, hasta que tiempo después se reconocerían mutuamente, en momentos en que este  deporte ya estaba en problemas por el juego sucio de algunos equipos como el Baltimore. Mark Twain con razón lo identificaba, en parte con su habitual sorna, como el verdadero símbolo del advenimiento del siglo xx, “el símbolo, la expresión exterior y visible del empuje y la lucha del siglo xix en su furia, su desgarramiento y su estampida”.

Para Thomas F. Carter, «La dominante historia del beisbol es una historia nacional desde la perspectiva del centro del imperialismo y capitalismo. […] Los discursos deportivos nacionales en las Américas dicen otras historias pero esos discursos son los que usaban el discurso derivativo de las grandes estructuras del poder colonial, de que un aspecto de eso pueda ser la idea de nación».[20]

Por aquello que uno es deudo de su época, José Francisco Martí y Zayas Bazán, el hijo del Maestro, sí se identificó con el deporte nacional, pues «queda constancia de su participación en juegos de beisbol»: « […] aparece el line up del desafío, donde José Francisco jugaría el campo corto del Habana, con el nombre de José Martí. Asimismo, al pie de la alineación […] se expone la siguiente nota: “De este grupo de jóvenes, fueron a la guerra como soldados u oficiales: José Martí Zayas Bazán, Antonio Luaces, Federico Silva y Enrique Recio…”».[21]

El académico Jorge Febles Source, en su   imprescindible estudio «Martí frente a los deportes anglosajones: antagonismo conceptual y traducción hermética en algunas Escenas norteamericanas»,[22] da pormenorizados argumentos coincidentes con mi hipótesis  sobre las incomprensiones y discrepancias en la percepción martiana del que sería ya para fines del XIX  el deporte nacional.  Las razones  de Febles  ofrecen una lectura muy diferente de la que sostienen  Roberto González Echevarría y Alfonso López,  sin dejar de reconocer que  ambos son a mi entender los principales estudiosos fuera y dentro de la Isla de la relación cultura, identidad y beisbol. Me permito citar in extenso fragmentos del ensayo del profesor Febles Source,  una muestra de lo que constituye un estudio más amplio:

Se perciben referencias al boxeo, al fútbol-rugby estadounidense, al beisbol, al andar maratónico, al lawn tennis, al badminton, a las regatas de yates y a otras actividades por el estilo. Esencialmente, cuando Martí se enfrenta con casi todos dichos deportes revela una actitud crítica, que en otra parte he caracterizado de lúdica en un sentido dialéctico.

El escritor cubano suele contemplar tales recreaciones ya bien como incomprensibles desperdicios de tiempo practicados por una clase pudiente cada día más desidiosa, ya bien como emblemas o metáforas de un sistema sociopolítico que, al incrementarse la fiebre imperialista, acentúa el culto al utilitarismo burdo, a la violencia, al poderío aplastante en menosprecio de las virtudes espirituales y artísticas que Martí constantemente ensalza.

[…] En su libro The Pride of Havana: A History of Cuban Baseball, Roberto González Echevarría sostiene que «Marti never mentioned baseball in his writings as far as I know» («Marti nunca mencionó el beisbol en sus escritos, hasta donde yo sé»). Dicha aseveración constituye un lapso efímero dentro de un libro en puridad excepcional, ya que el escritor y patriota sí dialogó al menos pasajeramente con este espectáculo. Cuando lo hizo, se dejó guiar siempre por la intolerancia de quien no entiende ni mucho menos asume el apasionamiento con que comienza a presenciarse y a practicarse este deporte en los Estados Unidos de la década de 1880-1890. El auge económico que definió esta época trajo como consecuencia la expansión de las ligas profesionales de beisbol, el aumento de los sueldos de estrellas como King Kelly y John Clarkson, quienes llegaron a cotizar la cifra exorbitante entonces de cinco mil dólares, y la diseminación en las páginas deportivas de las noticias sobre el deporte.

[…] El observador cubano expone pareceres infaliblemente negativos sobre el beisbol, los cuales reflejan en forma invariable su criterio de que tales empresas constituyen un retroceso en el ascenso civilizador del ser humano.

[…] Aunque Martí jamás parangona la competencia inherente en el beisbol con la brutalidad del boxeo, sí reitera su índole regresiva, en el sentido de que entorpece la evolución positiva de la sociedad y del individuo.

En cierta ocasión, castiga de esta suerte a un joven atleta que decide desempeñarse como beisbolista profesional y a las instituciones académicas que producen esta clase de criaturas:

«En muchas universidades es más la pompa que la ciencia, y el pelotear que el leer, tanto que se ha dado el deshonor de que un mozo de prendas abandonase ya al acabar la abogacía, porque “como abogado, habiendo tantos, me espera mucha fatiga y poca paga; y de pelotero, como que nadie coge la pelota del aire mejor que yo, me dan diez mil pesos al año”» (8: 38).[23]

Como se puede ver, es reiterativa su preocupación por la mercantilización del deporte, como lo fue contra la especulación bursátil en  el arte, y el abandono de estudios y profesiones en busca de mayor y más fácil solvencia económica. No obstante,  debemos reconocer que la vocación humanista que acompañó al Maestro en toda su vida y su obra, y esa mezcla de recelo y admiración que leemos en sus vivencias del Norte, sumados a las interrogantes y el deslumbramiento ante  lo que no le era familiar, signan sus escasas alusiones al  deporte de la bola y los strikes. Por grande que fuera su genio, el hecho de haber vivido tantos años alejado de la Isla le impedía estar al tanto de  algunas prácticas muy puntuales de sus  más jóvenes compatriotas.

Estudios contemporáneos, incluidas lecturas sociológicas de carácter crítico,   arrojan otra luz sobre algunas de las legítimas previsiones  martianas, referidas a la relación del beisbol con la disposición imperialista del vecino del norte:

La historia de beisbol en «inglés» [comillas mías] es una que tiene elementos de imperialismo, colonialismo, y la borradura del deporte en casi todos los otros países de las Américas. Las narrativas sobre beisbol hablan del desarrollo del beisbol en los Estados Unidos como parte de la idea del «manifest destiny» [destino manifiesto]. En los Estados Unidos, el desarrollo de la pelota es  igual al  desarrollo de la nación moderna después de la guerra civil que casi destruyó al  país […] estas historias, sin excepción, hablan de la evolución de beisbol y la estructuración  de él […] como «beisbol organizado». La formación y el uso continuado de ese término reflejan la perspectiva de la historia del beisbol […], las aspiraciones y narrativas nacionales del país.[24]

 Para los cubanos, el beisbol ha sido siempre patrimonio y memoria, metáfora de nuestra historia y nuestra cultura, desde que los primeros implementos para jugar fueron traídos por los hermanos Nemesio y Ernesto Guilló a su regreso de Mobile, Alabama en 1864, acontecimiento que ya cumplió 155 años; aniversario a los que se suman sucesivamente rebasados los más de 145 años del legendario juego del 27 de diciembre de 1874 en el Palmar de Junco; los 130 años de la publicación de la primera historia del beisbol cubano, obra del escritor y pelotero Wenceslao Gálvez y Delmonte; los más de 100 del inicio del primer campeonato amateur del siglo xx, y los 80 de la creación del Salón de la Fama del Beisbol Cubano, todos eventos asociados a nuestro devenir como sociedad.

La historia de Cuba y su cultura pueden escribirse a partir de procesos supuestamente en los márgenes como el deporte, desde esos costados donde también se evidencian sus iluminaciones, sus límites, sus angustias y tensiones como nación. Porque nuestros peloteros, sus jugadas y su historia, forman parte de lo universal cubano que reivindica nuestra identidad, como razón orgánica desde la razón cultural e integradora de su historia, campeonatos, protagonistas, récords, curiosidades y sus estudiosos. En la tradición cubana, está por saldar parte de la gran deuda que existe en reflejar el rico tejido que imbrican el beisbol y la cultura de la Isla, que desde sus orígenes se ha expresado como rasgo del “ser cubano”, o atributo de la condición nacional que es para muchos la pasión beisbolera, y que fue expresado certeramente por el veterano y reconocido periodista deportivo Elio Menéndez: «La pelota en Cuba es una síntesis de talento natural y ganas de brindar un espectáculo. No puede decirse que es solo un deporte, es la prolongación cultural de un país, es lo que no perdonaría la gente que no tuviéramos».

Aquí están las decenas de miles de jugadores, los millones de seguidores de las novenas criollas, que desataron siglo y medio de fervor beisbolero, donde se enlazan nombres que fueron sinónimo de espectáculo para la afición, y ese mismo pueblo entusiasta que lo identifica como una alegoría nacional. Esos peloteros, sus jugadas, los episodios que protagonizaron, su historia, forman parte de la cultura cubana, parte imprescindible de nuestra forma de ser.

La leyenda deportiva que es Hank Aaron, al prologar el excelente libro que es Smoke. The romance and lore of cuban baseball, de Mark Rucker y Peter C. Bjarkman, con mucho uno de los estudios más serios y desprejuiciados sobre nuestra pelota, destacó:

Los héroes del beisbol cubano casi se salen de las páginas. El libro no solo dice lo que Esteban Bellan y Dolf Luque y Martín Dihigo cumplieron durante sus carreras, tú puedes encontrar eso en la enciclopedia. Smoke nos manda atrás en el tiempo para pararnos junto a ellos en el terreno, para ver cómo ellos eran en sus habilidades, para oír cómo eran reverenciados en sus países. Fuera en los tempranos años del juego o en la era de la guerra fría o en el baseball de Cuba hoy, Smoke te pone justo ahí. Tú puedes sentir el calor.[25]

En el texto de Lisa Brock y Otis Cunningham, Los afroamericanos, los cubanos y el beisbol,[26] al referirse a la fuerza revolucionaria que fue la pelota en la segunda mitad del siglo xix, analizan su proyección en los sectores marginados, suceso visceral y cultural, con una pujante tradición:

Para los cubanos y los afroamericanos, el beisbol nunca fue exclusivamente deporte y entretenimiento. Surgió, durante medio siglo de esperanzas y sueños de los esclavos emancipados y los nacionalistas cubanos, solo para ser aplastados por un racismo malévolo y el escurridizo aunque depravado, imperialismo norteamericano. Para 1910, las prácticas de segregación racial habían trazado una línea de color en la mayoría de las esferas de la vida estadounidense y las élites del país habían robado la independencia a Cuba. De modo que al convertirse el beisbol en el pasatiempo nacional estadounidense, cobró garra en las comunidades afroamericana y cubana, como sitio natural en que podían mediarse el racismo y el imperialismo. [… ] Para 1947, momento en que se produjo la “integración” en el beisbol con Jackie Robinson, cientos de jugadores de origen rural y obrero, y decenas de miles de fanáticos afroamericanos y cubanos se habían conocido por medio del béisbol. Un estudio del papel del beisbol y de sus interacciones revela mucho sobre la identidad de cada grupo y las paradojas que se encuentran cuando dos grupos de color viven en el borde del racismo y el imperialismo.

Desde los primeros años del hoy nuestro pasatiempo nacional, de su difusión y sedimentación en la Isla, los cubanos de la segunda mitad del siglo XIX reflejan esa pasión por el deporte emergente asociada a su agitación independentista. Su trasfondo cultural, espiritual, como cartografía y tradición del país ha llegado hasta nuestros días, y revitalizarlo y preservarlo, reconociéndolo como patrimonio inmaterial de la nacionalidad es un cometido que nos recuerda de forma tajante la deuda contraída a más de ciento cincuenta años con los precursores de esta tradición, y las generaciones que les sucedieron.

[1] Javier González. El beisbol en Venezuela. Fundacion Bigott, Venezuela, 2003, p. 21

[2]Javier González y Carlos Figueroa Ruíz. Venezuela-Cuba. 80 años de rivalidad beisbolera 1934-2014 (PDVSA, 2015), p. 27.

[3] Lisa Brock y Otis Cunningham, “Los afroamericanos, los cubanos y el beisbol” en Culturas encontradas: Cuba y Estados Unidos. Coordinadores Rafael Hernández y John H. Coatsworth. (Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana “Juan Marinello” y Centro de Estudios Latinoamericanos “David Rockefeller”, Universidad de Harvard, 2001), pp. 203-228.

[4] Félix Julio Alfonso López. “Cayo Hueso-Guantánamo-La Habana: historia, literatura y beisbol” (Senderos que se bifurcan en la historia del beisbol cubano, Pinar del Río, Ediciones Loynaz, 2018), pp. 32-42.

[5] Fausto Miranda, “Su encuentro con Martí”, Revolución, La Habana, sábado 11 de febrero de 1961, 2da edición, p. 9.

[6] Félix Julio Alfonso López. “José Martí y el juego de pelota en los Estados Unidos” (en Beisbol y nación en Cuba, La Habana, Editorial Científico-Técnica, 2015), pp. 102-112.

[7] Félix Julio Alfonso López. “José Martí y el juego de pelota en los Estados Unidos”. Ob. cit.

[8] Felix Lizaso, “Maria Mantilla en el Centenario de Martí” (Bohemia, La Habana, 1 de febrero de 1953), pp. 68-70.

[9] Félix Lizaso. “María Mantilla en el centenario de Martí”. Ob. cit., p. 69.

[10] José A. Bedia. José Martí. Sobre deporte. Ob. cit., p. XII.

[11] Félix Julio Alfonso. Beisbol y estilo. Las narrativas del beisbol en la cultura cubana (Editorial Letras Cubanas, 2004), pp. 109-20. Donde Félix, con razón el más acucioso de nuestros estudiosos del beisbol, puede leer «cierto toque de humor», yo leo una crítica moralizadora, p. 114.

[12]Otras crónicas de Nueva York, La Habana, Centro de Estudios Martianos, Editorial de Ciencias Sociales, 1983, pp. 40, 43-44.

[13] José Martí. Obras Completas. (Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1975), tomo trece, p. 337.

[14]José Martí. Obras Completas. Edición Crítica. T. 23. pp.13-14

[15] José A. Bedia. José Martí. Sobre deporte. Ob. cit., p. 28.

[16] José A. Bedia. José Martí. Sobre deporte. Ob. cit., p. 75.

[17] José Martí. Obras Completas. Ídem.

[18] José A. Bedia. José Martí. Sobre deporte. Ob. cit., p. 44.

[19] Félix Julio Alfonso López. “José Martí y el juego de pelota en los Estados Unidos”. Ob. cit.

[20]Thomas F. Carter. «¿Puede hablar sobre deporte latinoamericano? Una cuestión de integración, migración, e historiografía deportiva». (t.f.carter@brighton.ac.uk.  Universidad de Brighton, Reino Unido, s/f).

[21] Juan A. Martínez de Osaba, Félix Julio Alfonso y Yasel Porto. Enciclopedia biográfica del beisbol cubano. Tomo I, siglo XIX. (Editorial José Martí, 2015), pp. 236-37.

[22] Jorge Febles Source. «Martí frente a dos deportes anglosajones: antagonismo conceptual y traducción hermética en algunas Escenas norteamericanas». Hispania, Vol. 83, núm. 1 mar., 2000.

[23]Jorge Febles Source. «Martí frente a dos deportes anglosajones: antagonismo conceptual y traducción hermética en algunas Escenas norteamericanas». Hispania, Vol. 83, núm. 1 mar., 2000, pp. 19-30.

[24]Thomas F. Carter. «¿Puede hablar sobre deporte latinoamericano? Una cuestión de integración, migración, e historiografía deportiva» (t.f.carter@brighton.ac.uk. Universidad de Brighton, Reino Unido, s/f).

[25] Mark Rucker y Peter C. Bjarkman: Smoke. The romance and lore of cuban baseball, Sports Illustrated, New York, 1999, p. XI. Traducción para este libro de Jimena Codina.

[26] Lisa Brock y Otis Cunningham, “Los afroamericanos, los cubanos y el beisbol”. Ob.cit. pp. 203-228.