El 10 de octubre y el crecimiento del joven Martí
Por: Lic. David Leyva González

La lucha libertaria iniciada por Carlos Manuel de Céspedes, un 10 de octubre de 1868, vino a ser un catalizador para la escritura de José Martí. El suceso provocó un asombroso compromiso interno en el adolescente habanero, de apenas 15 años de edad. Y sin medir el tamaño de los molinos, decidió ofrecer su coraje, intelecto y conocimiento literario a la independencia de Cuba. El año 1869 comienza con inusitada intensidad. En víspera de cumplir los 16 años escribe para El Diablo Cojuelo, un periódico costeado por su amigo Fermín Valdés Domínguez. Es éste uno de los 101 periódicos que aparecieron en La Habana del 9 de enero al 11 de febrero, breve período de 34 días en que Domingo Dulce (recién nombrado capitán general de la Isla) decretó una libertad de prensa que se hizo insostenible al gobierno español.

El Diablo Cojuelo fue escrito a cuatro manos por Joaquín Núñez de Castro, Antonio Carrillo, Fermín Valdés y el propio Martí que se encargó de algún suelto de las páginas centrales y el texto íntegro del fondo. A través de esta prosa periodística Martí se muestra conocedor de la sátira de Francisco de Quevedo y la ironía de Mariano José de Larra. Se luce lector de la picaresca española, específicamente de Luis Vélez de Guevara de donde toma el personaje del diablo con muletas que pasea ahora su mirada crítica e irónica por la realidad social de La Habana.

El joven, en voz de su jocoso diablo, nos habla del abuso de poder de Francisco Lersundi que acaba de cederle a Dulce la capitanía general de la isla. Pone bajo sospecha la libertad de prensa decretada y para ello coloca ejemplos de picante humor político, pues se trata, sin lugar a dudas, de una prosa irónico-satírica. Aunque, en el momento más grave del texto, expone una idea capital, atrevida para las circunstancias; idea que inicia el uso de la disyuntiva, tan caro a la historia de la revolución cubana: “O Yara o Madrid”. Es decir, el personaje ha detenido un instante el choteo cubano, y emplaza a sus compatriotas a la toma de partido: o se defiende la revolución o se vive de la dependencia colonial, o nos remangamos la camisa, luchamos, trabajamos y aprendemos a caminar solos o andaremos siempre cojuelos a la espera de vacas gordas o flacas. Pero no contento con este breve periódico de cuatro páginas y de apenas un número de vida, Martí empieza a preparar una publicación mayor con la ayuda de Rafael María de Mendive y el hacendado Cristóbal Madan. Esta publicación titulada La Patria Libre contaba con un sumario más ambicioso y un texto profético en la literatura martiana: Abdala, obra dramática en verso donde ya despunta el gran versificador en endecasílabos que fue Martí y dividida en ocho escenas llenas de simbolismo patriótico.

Abdala es un nombre árabe que significa “santo”, se le dice así a un tipo de religioso persa, el equivalente de derviche para los turcos, monje para los cristianos o “hombre iluminado” para la India mahometana. También existe un combate por honor y gloria al estilo de Aquiles y Héctor, pero entre el Cid y “Abadalla” (castellano antiguo) que cuenta un famoso romance español. Pero si en el romance, Abdala es un héroe engreído derrotado por el brazo español del Cid, en el drama martiano Abdala es el héroe iluminado que defiende a muerte a Nubia, nombre antiguo de una región del noreste de África entre el Mar Rojo y el desierto de Libia y que se desprende del amor filial de su madre y hermana para entregarse a la Patria, rasgo este que marca de alguna forma el destino posterior de la vida martiana.

Abdala circula un día después de los sucesos del teatro Villanueva. Otro de los tantos hechos cobardes de los llamados voluntarios españoles, aquellas tropas irregulares organizadas por el antiguo capitán general Lersundi que se hicieron de la represión en La Habana para que no se propagase el espíritu independentista a Occidente. Entre los actos vandálicos que realizan están el asalto al café El Louvre, el saqueo del palacio de Aldama con el pretexto de que en la casa de Leonardo del Monte había escondido un cargamento de armas y la irrupción en el teatro Villanueva donde se representaba la comedia El perro huevero: Todo comenzó cuando un cómico dice en la obra: ¡Viva la tierra que produce la caña!, y del público gritan ¡Viva Cuba! Los voluntarios contestaron ¡Viva España!, estallaron entonces cristales rotos, rodaron sillas, hubo disparos. El público se dispersó, pero la represión siguió sable en mano a lo largo del Prado. Jorge Mañach nos narra que los voluntarios se detuvieron un momento en casa de Mendive, donde estaba Martí, y como sabían de la conducta sediciosa del maestro hicieron algunos disparos. Leonor Pérez enterada de la revuelta va a buscarlo allí, escena que está recogida en el poema XXVII de los Versos sencillos. Todo lo anterior ocurre en un solo mes, enero de 1869, vaya iniciación literaria e independentista. A la mañana siguiente de aquella represión desmedida, circuló La Patria Libre con Abdala incluido y donde el bisoño escritor expone su primer concepto de Patria, lleno de fuerza romántica, concepto que se aquilatará luego en textos posteriores. En los días subsiguientes vendrá la encarcelación y posterior destierro de Mendive, la escritura de otro atrevido texto martiano, el soneto “10 de Octubre”, que circula entre los estudiantes de segunda enseñanza de La Habana; a través de un periódico manuscrito llamado Siboney. Este soneto devela un arranque, una pasión, una fuerza volcánica comparable solo a Heredia. Los versos trasmiten la alegría y el valor bullente de un sujeto lírico que a pesar de ser hijo de españoles se siente partícipe del despertar de una revolución. El 21 de octubre, apenas un año después de que Perucho Figueredo pusiera letra al que será nuestro Himno Nacional, el joven Martí conoce la cárcel y la condición de preso político, su crecimiento ocurrió en cuestiones de meses, sin que nadie lo notara, como la palma sola del futuro poema de Guillén, quien podía imaginar tanto sacrificio, talento y determinación.

 

 

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