Conocer, trenzar lo que existe, “en toda forma,—espíritus y cuerpos”
Por: Lic. Mayra Beatriz Martínez

Mayra_BeatrizCuando José Martí, el 10 de abril de 1895 y en carta a Carmen Millares de Mantilla, afirma que su diario de Montecristi a Cabo Haitiano en “tiempos más serenos” podría servir “a la explicación de los hechos públicos”, denuncia su conciencia absoluta de los cometidos fundamentales cumplidos por la generalidad de los textos de viaje: la legitimación —la urgencia por inscribir, documentar, testificar y reputar.

En el caso martiano, el corpus formado por tales documentos —que pueden ser fragmentarios o hasta inacabados— contribuye a brindar prueba o comprobación de “verdades” muy precisas, en torno a hechos sociales sobre los cuales al testimoniante le interesa conocer explicación. Tienen carácter prácticamente paratextual: componen un discurso narrativo paralelo al central de la obra martiana —integrado por sus textos destinados a la divulgación—, que lo fundamentan: lo rodean, lo justifican y hasta lo prolongan.1 Desde 1881, Martí declaró explícitamente la necesidad americana a la que los dedicaría. La recoge en un cuaderno de apuntes: “Salvemos nuestro tiempo: grabémosle; cantémosle: heroico, miserable, glorioso, rafagoso, confundido…”2

Cintio Vitier, en particular, nos reveló su significativo alcance.

Menos se ha subrayado la profunda significación de sus notas de paso por Livingston o Curazao, buscadoras siempre de lo primigenio americano y caribeño. En cuanto a las centelleantes páginas escritas en su último viaje por Haití, rumbo a Cuba, lo que allí tiene lugar es uno de los sucesos espirituales más conmovedores de nuestra historia. […]

¿Qué estaba sucediendo? Otra mirada lo envuelve, lo transparenta todo. Son ellos, es él, somos nosotros. Aquí hay una hermandad honda y levísima. Se está luchando por algo […]1

Es destacable la concisa agudeza, esclarecida y esclarecedora, de Vitier —propia del poeta— cuando refería los distintos niveles en que Martí proyecta su discurso identitario en construcción: descendiendo desde la supranacionalidad continental,1 pasando por la sub-región, hasta desembocar en la nación; lo americano, lo caribeño, y, al fin, lo cubano. Coronaba el juicio contrastando/identificando —tal como lo diverso en lo uno martiano—2 diferentes mismidades —“Son ellos, es él, somos nosotros”—3 hasta terminar el propio exegeta incluyéndose —e incluyéndonos—, participando del discurso narrativo martiano en un gesto dialógico al que los propios textos del Apóstol —como veremos— convocan. Sutil y sintéticamente Vitier denunció el reconocimiento de pertenencia que marca —y que consideramos uno de sus fundamentales propósitos— y reveló tangencialmente sus posibilidades como instrumento cohesionador para la “hermandad” propuesta.