Ante el centenario de Cintio Vitier (Homenaje a Cintio)
Por: Dr. Pedro Pablo Rodríguez

El sábado 25 de septiembre conmemoraremos el centenario del nacimiento ocurrido en Cayo Hueso de este destacado escritor y estudioso de la cultura cubana. Abarcar la amplia gama y el alto número de sus publicaciones es tarea que exige el esfuerzo concertado de un grupo de estudiosos de diferentes temas desde diversas disciplinas. La bibliografía activa de Vitier recoge una alta cantidad de títulos, de artículos, de poemas y libros, además de las entrevistas en distintos medios cubanos y extranjeros.

Fue Vitier un hombre que reunió rigor e imaginación, sin contradecirse a sí mismo ni a la expresión de su pensamiento ni de sus sentimientos e ideas.  Ello ocurre no solo por la expresa intención analítica suya (¿aprendizaje o herencia de su padre?), sino, además, porque siempre dejó que su espíritu transitara por todos sus escritos. Desde un poema hasta un artículo; desde el ensayo, el estudio enjundioso hasta el libro de corte académico, Vitier juntó estilo, voluntad y sentimientos. A mi entender, ahí está la clave del gusto y del aprecio con que tantos lo leímos, aunque en ocasiones discrepáramos de algunos de sus juicios, asunto que nunca oscureció sus relaciones personales con los discrepantes, a quienes en más de un caso les agradeció sus criterios diferentes.

Muy pocas veces pude sentirlo molesto: solo si consideraba que alguien atacaba sin razón a Fina, su esposa, o si alguien le desconsideraba a la patria. No dejo de admirarme al venirme ahora a la mente cuando, en texto de fina cortesía, devolvió a las autoridades francesas una condecoración que se le había enviado porque el gobierno galo de aquel momento emitió opiniones y ejecutó acciones anticubanas siguiendo guiones del impero estadounidense.

Fue un trabajador incansable, dedicado, que puso talento, honestidad y eticidad al examinar a Cuba y su cultura, no solo artística y literaria sino, además, su espiritualidad. No se dejó atrapar por el sociologismo vulgar que ha imperado en algunas escuelas de pensamiento, incluido el marxismo; tampoco en las corrientes nihilistas manifestadas durante el siglo xx; mucho menos en las modas seudo-intelectuales que de vez en vez emborrachan a algunos.

Fue un patriota verdadero, sin patrioterías; un intelectual de hondura sin intelectualismos baratos; un poeta recatado; un ensayista de peso analítico y sensibilidad a flor de piel y en el medio del pecho. Su verdadera religión se la enseñó José Martí: trabajó para ayudar a crear el homagno por el que luchó el maestro; fue uno de los más aventajados entre sus tantos discípulos: dedicó su paso por la vida a servir siguiendo su ejemplo y mandato, y asumió de él su dios como sentido del bien que está en cada persona. Fue un cristiano sincero, tanto que una vez me afirmó: “no te dejes llamar ateo; tu religión es, y debe ser siempre Martí, como la mía. Las iglesias responden a las épocas y a hábitos. La fe en el ser humano, el laborar para ello, como nos enseña Martí, reúne lo importante de todas y cada una de las iglesias y religiones.

Cinto Vitier fue, es y será una fuerza moral de Cuba y su cultura, de lo mejor del alma cubana. Por eso no abandonó ni traicionó su religiosidad, sus ideas, sus sueños, su culto a Martí, cuando algunos –sinceramente equivocados, mas también extremistas y oportunistas– quisieron cerrarles los caminos a él y a Fina. Él y ella –sin amilanarse, sin odios, sin dejarse atrapar por el rencor, “porque el rencor te destruye”, me decía él–  continuaron entregando su obra de amor que ahora, en días difíciles para la patria martiana, debemos agradecerles a ambos y continuar con igual sentido del deber y afán creador.