Patria, poesía y antimperialismo de José Martí

Por Cintio Vitier

Los disparos (uno de ellos, el más imperdonable, en la garganta) que derribaron a Martí de su caballo blanco o moro en Dos Ríos hace ciento once años; su apresurado entierro al día siguiente en la fosa común de Remanganaguas, debajo del cadáver de un sargento español que ciertamente no era el que se abrazó llorando a su pierna llagada en el Presidio Político; las sombrías manipulaciones, la espantosa foto, la autopsia en la manigua, el viaje en un vagón de carga (no en “un carro de hojas verdes”) hasta Santiago, las dudosas palabras, de todos modos agradecibles, de Ximénez de Sandoval, no pudieron evitarlo: dos personas maravillosas lo estaban esperando: la patria y la poesía. “¿O son una las dos?”.

El primero que se dio cuenta de ello, o que lo dijo con justiciera elocuencia, fue aquel poeta errante al que Martí en Nueva York, una noche, después del “exordio lírico” de cuya ausencia no nos consolamos, llamó Hijo. Era Rubén, palabra que en hebreo significa precisamente Ved, un hijo, y que, según lo adivinó José Lezama Lima muchos años después, fue quien en verdad respondió a la pregunta de Ximénez de Sandoval: “¿Alguien quiere despedir el duelo de José Martí?”, con el treno que evoca “su propia lengua, su órgano prodigioso lleno de innumerables registros, sus potentes coros verbales, sus trompas de oro, sus cuerdas quejosas, sus oboes sollozantes, sus flautas, sus tímpanos, sus liras, sus sistros”.

Después de Darío, más secretamente, vino César Vallejo, que en “El romanticismo en la poesía castellana” reproduce estas palabras del Prólogo de Martí al Poema del Niágara de Juan Antonio Pérez Bonalde: “Un inmenso hombre pálido, de rostro enjuto, ojos llorosos y boca seca, vestido de negro, anda con pasos graves, sin reposar ni dormir, por toda la tierra; y se ha sentado en todos los hogares, y ha puesto su mano trémula en todas las cabeceras. ¡Qué golpes en el cerebro! ¡Qué susto en el pecho! ¡Qué demandar lo que no viene! ¡Qué no saber lo que se desea! ¡Qué sentir a la par deleite y náusea en el espíritu, náusea del día que muere, deleite de alba!”. En carta inolvidable me escribió Juan Larrea, el gran vallejiano: “¿No se respira en estos dichos la atmósfera de los Heraldos negros? (…). El inmenso hombre pálido, vestido de negro, bajo cuya influencia se sienten tremendos golpes en el cerebro sin saber lo que se desea, me parece inspirar bajo cuerda el ‘Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé’. Claro que con ello se mezcla posiblemente el concepto de heraldos rojos del ‘Canto de la sangre’, más el anuncio de la muerte de ‘Heraldos’, uno y otro poemas de Prosas profanas. Es un detalle nimio si se quiere, pero que manifiesta el codo con codo existente entre Vallejo, Darío y Martí.”

Que no se trataba de un “detalle nimio” sino de una raíz fraternalmente entrañable se me hizo evidente cuando releí el apunte de Martí para un poema nunca escrito, titulado “Asunto”, a la tremenda luz del poema de Vallejo titulado “Masa”. Aunque el protagonista del primero es lo que pudiéramos llamar un suicida por sobreabundancia de ambición vital, y el del segundo es un combatiente por la libertad y la justicia entre los hombres, contra ambos destinos se vuelve la humanidad, a ambos les ruega que no sigan muriendo, y en el final los dos textos se unen sobrecogedoramente. Vallejo dice: “Entonces todos los hombres de la tierra / le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado, / incorporóse lentamente, / abrazó al primer hombre, echóse a andar”. Y Martí había escrito del combatiente solitario: “Oyó: se levantó dolorosamente, compuso los huesos rotos de su cráneo, y siguió andando!”.

Vino después Gabriela, que confesó a Martí como “el Maestro americano más ostensible en mi obra”, lo que apuntaba a su definición como “el hombre más puro de la raza”, a la tonada popular y personal de los Versos sencillos que ella penetró como nadie, al prodigio general de la lengua martiana y a la creciente gravitación del octosílabo hacia el eneasílabo, o viceversa: en Martí (“Yo tengo un amigo muerto / que suele venirme a ver: / mi amigo se sienta y canta, / canta en voz que ha de doler”; en Darío: “Misterioso y silencioso / iba una y otra vez. / Su mirada era tan profunda / que no se podía ver”; en ella misma: “Todas íbamos a ser reinas, / y de verídico reinar; / pero ninguna ha sido reina ni en Arauco ni en Copán…”. ¡Esas oscilaciones silábicas que en la persona de la poesía significan tanto!

Por su parte a Larrea no se le escapó el valor simbólico, mitológico diría Ezequiel Martínez Estrada, de la muerte de Martí en Dos Ríos, galopando en su apocalíptico caballo blanco, siempre en el marco de la guerra civil española, que tanto recordamos también los que entramos en la izquierda, no por la ideología sino por la poesía, o por la ideología esencial de la poesía, por lo que Juan Ramón Jiménez llamó en Cuba “la poesía inmanente antimperialista”.

Horas antes de caer en brazos de las dos maravillosas personas que lo esperaban —la patria irredenta y la poesía siempre combatiente aunque no siempre lo parezca—, se sentó Martí a la luz de una vela a redactar su testamento político, que ahora nos proponemos examinar línea por línea como página que, sin despegarse un segundo de las apremiantes circunstancias en que fue escrita, tiene hoy más actualidad y mayor utilidad que nunca.

1. “Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mí país y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. Aunque dice “En silencio ha tenido que ser y como indirectamente”, no fue ésta la primera vez que tocó el tema, pero sí fue la declaración más explícita y definitiva del sentido último y fundamental de su obra revolucionaria, por lo que considero esta carta como testamento y mandato de lo que hemos llamado, contra la opción yanqui desde Jefferson, el “destino manifiesto” de Cuba, que en la actualidad cobra dimensiones mundiales.

2. Cuando dice: “Cuanto hice, y haré, es para eso”, de seguro no se refiere sólo a lo que hará inmediatamente. Hacia el final de la carta lo aclara: “Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento”. Recordemos sus versos a Enrique Estrázulas:

Viva yo en modestia oscura;
Muera en silencio y pobreza;
¡Que ya verán mi cabeza
Por sobre mi sepultura!

3. “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas:—y mi honda es la de David.” El duelo entre el pastorcillo David, salmista por más señas, armado sólo de honda y piedras, con el gigante Goliat, paladín superarmado de los filisteos, se cuenta en Samuel 17, 1-2. (Sobre el minucioso conocimiento de la Biblia de José Martí debe leerse el estudio de Rafael Cepeda). Por cierto que el hermano mayor de David, llamado Eliab, cuando lo ve lo reprende y se burla diciéndole que sólo “para ver la batalla has venido”. ¿Se fijaría Martí en este detalle, además del valor simbólico de aquel duelo? La acusación de “capitán araña” lo persiguió hasta el final, y probablemente tuvo que ver con su desobediencia de la orden que le dio Gómez en Dos Ríos de permanecer en la retaguardia, y con su decisión de lanzarse a la batalla con la única compañía de Angel de la Guardia Bello, de quien dijo Antonio Maceo que nunca conoció combatiente más temerario (su grito de guerra era: ¡Faja o caja!, grado de general o ataúd), y que por cierto murió en la toma de Victoria de las Tunas, combatiendo junto al hijo de Martí, a las órdenes ya de Calixto García, como artillero, igual que su abuelo español.

4. “El corresponsal del Herald, que me sacó de la hamaca en mi rancho, me habla de la actividad de los anexionistas, menos temible por la poca realidad de los aspirantes, de la especie curial [curial, de curia, Senado romano y, por extensión, altos dignatarios de la Iglesia católica o de los gobiernos monárquicos], sin cintura ni creación [muy gráfica invención verbal martiana], que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba, contenta sólo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en prenda de oficios de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante —la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país—, la masa inteligente y creadora de blancos y de negros.

Los criterios de este párrafo deben relacionarse con el pasaje del Manifiesto al New York Herald de 2 de mayo de 1895, en que se refiere a “los cubanos arrogantes o débiles” que quisieran apoyar “el señorío social” con “un poder extraño que se prestase sin cordura a entrar de intento en la natural lucha doméstica de la Isla favoreciendo a su clase oligárquica e inútil contra su población matriz y productora, como el imperio francés favoreció en México a Maximiliano”.

A lo que añade, como supuesto caso imaginario: “Los Estados Unidos, por ejemplo, preferirán contribuir a la solidez de la libertad de Cuba, con la amistad sincera a su pueblo independiente que los ama, y les abrirá sus licencias todas, a ser cómplice de una oligarquía pretenciosa y nula que sólo buscase en ellos el modo de afincar el poder local de la clase, en verdad ínfima de la Isla, sobre la clase superior, la de sus conciudadanos productores”. Como si tanta benévola suposición fuera poco, concluye convirtiendo en irónico elogio (rara avis en Martí) lo que era su más profunda convicción: “No es en los Estados Unidos ciertamente donde los hombres osarán buscar sementales para la tiranía”. Por todo ello también en la carta a Mercado habla de “impedir a tiempo” la intervención de los Estados Unidos, que fue lo que intentó Martí con el Plan de Fernandina, cuyo fracaso, debido a la primera intervención de Estados Unidos en el destino de Cuba, frustró las posibilidades de una guerra rápida, sin contar otras malas consecuencias, como el peligroso desembarco en Playitas y el desacuerdo de Maceo con Martí en La Mejorana.

A mi juicio, y es algo que vengo sosteniendo desde 1962, estos dos fragmentos enlazados implican un cambio de actitud respecto al indudable y varias veces expresado rechazo de Martí a la lucha de clases. Cuando habla en el artículo sobre Marx de buscar “remedio blando al daño”, no hay contradicción: se refiere al daño interno de la desigualdad social, no de la guerra “inevitable” y “necesaria”. Pero si la “lucha doméstica”, a la que por primera vez llama “natural”, debido a la injerencia norteamericana se torna inevitable, su partido estaba tomado, como lo dijo en los Versos sencillos, “con los pobres de la tierra” (y por cierto, no sólo de Cuba). De una toma de partido personal se convertiría, también inevitablemente, como empezó a ocurrir ya desde principios de la República mediatizada, en una toma de partido nacional de obreros y campesinos.

5. “Bryson me contó su conversación con Martínez Campos, al fin de la cual le dio a entender este que sin duda, llegada la hora, España preferiría entenderse con los Estados Unidos a rendir la Isla a los cubanos”. La noticia de esa posible infamia, que en efecto se confirmó con el Tratado de París, sólo suscita en Martí un absoluto silencio. Creo que, no obstante la ausencia total de comentario, o por eso mismo, este es el momento más dramático, por no decir trágico, de la carta-testamento.

6. Algo de lo que habitualmente no se habla mucho, y que hay que relacionar con la mayor infamia política del gobierno español, aparece en la carta tres veces aludido: la existencia de los que llama “españoles anexionistas”.

7. El equilibrio entre lo militar y lo civil, cuya disfunción hirió de muerte a la guerra iniciada por Céspedes —inicio también de la fragua de la nación cubana, no del estado cubano, que, según José Lezama Lima, sólo se conformó a partir de enero de 1959—; ese equilibrio es el que Martí, partidario además de la presencia de las virtudes republicanas en plena guerra, propone cuando escribe a Mercado: “La revolución desea plena libertad en el ejército, sin las trabas que antes le opuso una Cámara sin sanción real, o la suspicacia de una juventud celosa de su republicanismo, o los celos, y temores de excesiva prominencia futura, de un caudillo puntilloso o previsor; pero quiere la revolución a la vez sucinta y respetable representación republicana—la misma alma de humanidad y decoro, llena de anhelo de la dignidad individual, en la representación de la república, que la que empuja y mantiene en la guerra a los revolucionarios”.

8. “Y ahora, puesto delante lo de interés público, le hablaré de mí, ya que sólo este deber pudo sacar de la muerte apetecida al hombre que, ahora que Nájera no vive donde se le vea, mejor lo conoce y acaricia como un tesoro en su corazón la amistad con que Vd. lo enorgullece”.

En su magnífica Introducción al libro de Marco Pitchon José Martí y la comprensión humana, Fernando Ortiz cita entre las pruebas de su religiosidad sin Iglesia ni dogmas, la sentencia sobre Nájera que acabamos de reproducir. Si ya no vive en lo visible el poeta Manuel Gutiérrez Nájera, también amigo entrañable, es porque vive en lo invisible, así piensa Martí. No en vano consideró a la Naturaleza Universal, maestra de todas sus razones, reino a la vez de lo visible y lo invisible, raíz de la, a su juicio, necesaria conciliación de materialismo y espiritualismo, tan comprobable por nosotros reunidos aquí, ahora mismo. Pues qué cosa es la Revolución cubana hoy y siempre, sino la resurrección histórica de Martí en nuestras almas y en nuestros actos.

(Mayo de 2006)

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