El misterio de Martí y de Cuba

Por: Armando Hart Dávalos

Julio Antonio Mella, desde los años 20 del pasado siglo, llamaba a que descubriéramos “el misterio del programa ultra-democrático de José Martí”. Hoy, 80 años después, estamos mejor preparados para promover el estudio, investigar y llegar a conclusiones acerca de ese gran misterio que es, en definitiva, Cuba. El misterio de Martí, es en esencia, el de Cuba. Decía Lezama Lima desde su sensibilidad religiosa que Martí era un misterio que nos acompañaba. Hoy nosotros, marxistas, tenemos que descubrir las razones políticas, sociales y culturales, e incluso las de índole geográfica, es decir, el lugar que Cuba ocupa en la geografía, que ha determinado la existencia de ese misterio que debemos investigar, describir y promover sus enseñanzas.

En nuestros días, desde Cuba puede intentarse en el plano político, en el social y en el académico, a partir de esa riqueza de ideas, investigar la relación entre los más diversos pensadores.

Cuando en 1959 asumí la dirección del Ministerio de Educación acordamos que ningún lema mejor para presidir la labor del Ministerio que el pensamiento del Apóstol: “Ser culto es el único modo de ser libre”. Estábamos fuertemente influidos por las ideas del Maestro, que nos enseñó que “Patria es humanidad” y también postuló: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”. Esas ideas, aprendidas en la escuela cubana, fomentaron en nosotros un arraigado sentimiento y una vocación de universalidad. Nosotros no hemos tenido nunca un sentimiento de fronteras estrechas.

Esos sentimientos estaban en nuestro corazón y en el de muchos jóvenes cubanos. Antes de ser socialistas, antes de ser marxistas, sentíamos el internacionalismo por Martí. Antes de saber que Marx era un gigante, como lo es, o Engels, o Lenin, muchos jóvenes cubanos admirábamos las luchas del pueblo argelino por su liberación, admirábamos las luchas del pueblo de Puerto Rico, admirábamos las luchas contra la dictadura de Somoza, contra la dictadura de Pérez Jiménez, y en general la lucha contra las dictaduras latinoamericanas. Después, nos hicimos comunistas, nos hicimos marxistas y reafirmamos esos principios. No fue el marxismo el que nos llevó al internacionalismo, fueron precisamente aquellos sentimientos solidarios e internacionalistas los que nos llevaron al pensamiento de Marx y Engels.

Por eso hemos afirmado que en la tradición intelectual cubana se articula lo mejor del pensamiento universal de más de dos milenios de historia, y que tiene en su cúspide en Europa a Carlos Marx y Federico Engels, y en el hemisferio occidental, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, a José Martí.

Exaltar esta identidad está en el corazón de la revolución de Fidel, de manera que no se puede ser fidelista en su forma más alta sin entender el significado de esta relación entre el pensamiento de Marx y de Martí. En el orden práctico, ello constituye una necesidad para procurar la relación fluida entre la política y la intelectualidad del país.

Los vínculos de nuestro pueblo con América Latina y el mundo solo se pueden garantizar culturalmente sobre el fundamento de José Martí. Y es precisamente sobre el fundamento de las ideas y de la cultura forjada en dos siglos de historia de la cual Martí es su más alto exponente, que se ha ido estructurando la mejor política cubana durante el siglo XX y también será así en este XXI.

Martí se presenta hoy como una clave esencial del nuevo pensamiento que necesita no solo Cuba, sino América y el mundo. Quienes pretendan hacer política, si no entienden esta relación, harán mala política; a la vez, quienes quieran hacer ciencias sociales y no comprendan los vínculos de la cultura con la política, estarán limitados en sus aspiraciones.

El compañero Fidel, en el aniversario 50 del 26 de Julio, en el monumento a Antonio Maceo en Santiago de Cuba, se preguntaba: “¿Cómo será Cuba dentro de 50 años, es decir, en el centenario del Moncada?” Y hacía unas reflexiones a propósito de esto. Nuestra generación siempre había trabajado por ver realizada la obra de la Revolución o ver sus frutos a largo plazo, a veinte, treinta años. Hoy muchos de nosotros hemos tenido el privilegio de ver sus realizaciones en más de cuatro décadas aunque está claro que por ley de la biología no podamos decir lo mismo para dentro de veinte, treinta años. Sin embargo, queremos influir en su curso futuro y trabajar para que nuestros niños, nuestros hijos, los jóvenes, los hijos de nuestros hijos, y nuestros nietos y biznietos le den continuidad y hagan irreversibles los enormes avances alcanzados por nuestro pueblo para que Cuba continúe desempeñando ese papel singular en América Latina y el mundo.

Estamos en presencia de una crisis que hombres de gran saber consideran la más profunda desde la caída del Imperio romano. Esa crisis abarca los tres pilares de la llamada cultura occidental:

–El cristianismo que, independiente de toda concepción teológica, representa las raíces éticas de nuestra cultura, simbolizadas en “Amaos los unos a los otros”, en el trabajo en colectividad y que han quebrado por la acción de los hombres.

–El pensamiento filosófico del siglo XVIII, sobre todo europeo, al que Fidel se está refiriendo con insistencia, que identificamos con figuras como Rousseau, Diderot, D’Alambert, Montesquieu, con todos los grandes pensadores del siglo XVIII, del que se nutrió la Revolución Francesa de 1789. Ese pensamiento representa lo que se ha llamado “modernidad”, exaltando el pensamiento racional y la capacidad del hombre de conocer y transformar la realidad y se simboliza en aquella consigna de “Libertad, igualdad, fraternidad”. Nosotros, en esta parte del mundo, la asumimos con carácter universal, es decir para todos los hombres sin excepción. Eso también se ha quebrado.

–Y el socialismo, que representa el pensamiento de Marx, Engels y Lenin, y de sus continuadores, como la expresión más alta alcanzada hasta hoy por el pensamiento europeo. También el socialismo se quebró en Europa con la desaparición de la URSS y los llamados países del ‘’socialismo real’’ del este europeo.

La quiebra de estos tres pilares, como hemos señalado, representa la crisis más profunda en la historia de Occidente.

Está realidad nos revela en toda su gravedad la tragedia del mundo actual. Como ha señalado y subrayado Fidel, solo se puede superar el drama con cultura y por tanto con educación.

El pensamiento filosófico y político, social y cultural en general de nuestro país forjó la síntesis mejor lograda de las ideas del llamado Occidente que nos recuerda la célebre imagen de uno de los más grandes sabios de América, Don Fernando Ortiz, cuando caracterizó la cultura cubana como un ajiaco, un plato de la cocina cubana en el que mezclan y entremezclan diversos componentes para dar lugar a un sabor propio y diferente. Es un ajiaco con sabor a justicia en su alcance más universal. Y lo sustantivo de ese ajiaco está en José Martí.

Partiendo de nuestra tradición filosófica y política he propuesto, dejando a un lado ismos excluyentes y esquemas traídos de Europa, seleccionar lo mejor de esas tres corrientes: el cristianismo, la modernidad europea y la filosofía que la promovió, y el ideal socialista, para llegar a una concepción adecuada para enfrentar la crisis de la civilización occidental. Para aquellos que aún mantienen ciertos prejuicios contra el socialismo recomiendo hacer la selección con espíritu de justicia.

De esta manera podemos relacionar el pensamiento que representa José Martí y el socialismo de Marx, Engels, Lenin y sus continuadores. Así, podemos relacionarlo y podemos encontrar el camino que necesita el siglo XXI. Aquí existe potencialidad para eso porque precisamente ella se relaciona con el misterio al que nos hemos referido. Y ello no es obra de la casualidad, sino producto de leyes económicas y sociales y de circunstancias históricas y hasta geográficas que han dado lugar a la originalidad del caso cubano.

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