Antonio Bachiller y Morales, sabio cubano y universal
Por: Marlene Vázquez

El  7 de junio de 2021 se cumplen 211 años del natalicio de uno de los  grandes próceres cubanos: el erudito y bibliógrafo Antonio Bachiller y Morales (1812-1889). Hombre de espíritu enciclopédico, abarcó en sus estudios los temas más diversos y legó a la posteridad una inmensa obra escrita que sorprende a los estudiosos del presente por  la variedad y profundidad en el tratamiento de un amplio espectro temático, que abarca ciencias muy diversas.

Formado en el amor a la sabiduría que inculcó a sus graduados el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, fue una de las mentes más preclaras del pensamiento ilustrado cubano. Se licenció en Derecho Civil y Canónico, y llegó a ser decano de la facultad de Filosofía de la Universidad de La Habana. Fue también miembro del Liceo de esa ciudad y presidente de su sección de Literatura. Como Socio de mérito de la Sociedad Económica de Amigos del País, fueron incontables los trabajos que realizó por mejorar el destino de su patria. Su interés por el periodismo y las bellas letras lo condujo a  fundar varias publicaciones periódicas  y  a colaborar en otras muchas.

Además,  se desempeñó como traductor, divulgando así en Cuba  obras notables de procedencia europea y estadounidense, como El campamento de los cruzados, de Adolphe Dumas; la comedia Los celos deseados, de Luis Stella; Fisiología e higiene de los hombres dedicados a trabajos literarios. Investigaciones sobre lo físico y lo moral, de Reveillé-Parisse; Rudimentos de la lengua latina, de T. Rudiman y Libro de lectura para los niños americanos, de William O. Swan.

Continuó sus tareas pedagógicas cuando en  1863 asumió la dirección del recién creado Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, en donde además enseñó Economía Política y Derecho Mercantil hasta 1869. En ese año sufrió la persecución del gobierno colonial de la Isla por haber firmado un manifiesto autonomista, y tuvo que exiliarse en los Estados Unidos.

Rápidamente ganó prestigio en el país norteño, pues ya era ampliamente conocido fuera de Cuba por su abundante producción intelectual. José Martí, en el retrato biográfico que le dedicara en 1889, con motivo de su muerte, ahonda de una manera muy poética las circunstancias históricas de la época en que nació:

Nació cuando daba flor la horca de Tupac Amaru; cuando la tierra americana, harta de pena, echaba a los que se habían puesto a sus ubres como cómitres hambrientos; cuando Hidalgo, de un vuelo de la sotana, y Bolívar, de un rayo de los ojos, y San Martín, de un puñetazo en los Andes, sacudían, del Bravo al Quinto, el continente que despertó llamando a guerra con el terremoto, y cuajó el aire en lanzas, y a los potros de las llanuras les puso alas en los ijares. Nació cuando la misma España, cansada de servir de encubridora a un gitano, se hallaba en un bolsillo de la chaqueta el alma perdida en Sagunto.[1]

Con la síntesis propia de la prosa poética expone  Martí aquí la relación entre las guerras de independencia de Nuestra América y el levantamiento del pueblo español contra la invasión francesa. Este botón de muestra da idea al lector de la intrincada urdimbre de un texto que siendo raigalmente cubano, no pierde de vista la compleja coyuntura internacional en que nace Bachiller. El mismo, concebido para la prensa periódica, imbrica de manera muy especial diversos géneros, que salen acrecidos del encuentro: así periodismo, historiografía, poesía, se aúnan en el retrato, que es, sin la minuciosidad de datos y fechas de la biografía en el sentido canónico, síntesis de vida, obra y época, y por eso mejor avenida con la literatura. La imagen inicial, digna de un poema épico sobre la gesta emancipadora, le sirve para darnos, además, los antecedentes de las guerras de independencia en el continente, a la vez que su vínculo con la situación política imperante entonces en la Península, y que fuera en buena medida un elemento favorecedor de los movimientos libertarios americanos. En otro momento  definió al sabio de manera entusiasta, destacando sus virtudes, dignas de ser imitadas: “Americano apasionado, cronista ejemplar, filólogo experto, arqueólogo famoso, filósofo asiduo, abogado justo, maestro amable, literato diligente, era orgullo de Cuba Bachiller y Morales, y ornato de su raza.” [2]

Martí ejercía con este retrato, al igual que con sus otras semblanzas biográficas, las enseñanzas del propio Bachiller, que con su Galería de hombres útiles legó a los cubanos un prontuario de vidas ejemplares.

Martí trató de cerca a Bachiller, quien fue director del Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana en la época en que estudió allí, y luego se reencontró con él en Nueva York. En la urbe norteña fue amigo de Néstor Ponce de León, yerno del sabio, y fue éste quien le prestó las obras del erudito cuando fue a escribir esta semblanza.  En ella describe  la estancia del biografiado en la gran ciudad estadounidense, donde llegó a ser respetado y admirado:

Nueva York mismo, harto ocupada para cortesías, le daba puesto de honor en sus academias; y no había asiento más bruñido que el del «caballero cubano», en la biblioteca de Astor; porque de otra cosa no muestra vanidad, pero sí de que sepan cómo estuvo en la biblioteca «por última vez en tal día».[3]

En el fragmento anterior se alude al hecho de que Bachiller fue miembro de las Sociedades Históricas de Nueva York y Pennsylvania, respectivamente,   así como de  la Sociedad Arqueológica de Madrid, y la  Sociedad Económica de Puerto Rico, que con estos reconocimientos premiaban su mérito científico. Además, entonces colaboró también  en revistas especializadas en inglés, como The Magazine of American History, The Scientific American y redactó el artículo sobre Cuba de la American Cyclopaedia de Appleton. Debe mencionarse asimismo, que en 1845 fue designado socio correspondiente de la Academia de Anticuarios del Norte de Europa y socio de mérito de la Sociedad de Antropología de Cuba.

En aquellos años no fue el erudito cubano un testigo impasible de la vida neoyorquina.  Escribió artículos periodísticos muy interesantes  sobre diversos asuntos estadounidenses, colaboró en varias  publicaciones periódicas tanto en inglés como en español, y fue un acucioso conocedor de la urbe y sus alrededores. Incluso,  llegó a escribir una Guía de la ciudad de Nueva York,  que tuvo dos ediciones, la primera en 1872 y la segunda, corregida y aumentada,  en 1876. En su momento esta obra fue de gran utilidad y sigue resultando atractiva para los investigadores históricos.

Como puede verse, el autor de Cuba primitiva y de Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública en la Isla de Cuba, entre otros muchos textos relevantes,  no fue un hombre de estatura local, sino uno de esos espíritus universales que consagraron su vida al servicio de la humanidad, alentados por su laboriosidad y amor a la sabiduría.

En nuestros días, debemos repensar a Bachiller  como elemento de engarce entre su Isla y el resto del mundo, pues lo mismo atendía a los mitos y leyendas del cercano Caribe como sus similares  de los brumosos y lejanos cielos escandinavos, o las tradiciones de los olmecas y otros pueblos prehispánicos de Sudamérica.

Desde hace varias décadas en Cuba se escogió el 7 de junio, fecha de nacimiento del sabio, considerado como el Padre de la bibliografía cubana, como el Día del Bibliotecario. Sirvan estas notas como justo homenaje al gran hombre de ciencias y a esos profesionales dedicados, humildes, que muchas veces desde el silencio del anonimato, contribuyen a la realización  de investigaciones trascendentales. Todos ellos ayudan,  con  su quehacer diario, a la salvaguarda del patrimonio documental de la nación y a que la sabiduría,   ese bien mayor de la Humanidad, esté protegida.

[1] JM: “ Antonio Bachiller y Morales”. OC, t.5, p. 144-

[2] Ibídem, p. 143.

[3] OC, t. 5, p. 149.

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