Aniversario de la caída en combate de José Martí
Por: MARÍA ESTHER PUPO HECHAVARRÍA

Después de un largo exilio, José Martí estaba en su tierra amada desde abril de 1895.

Desembarcó por Cajobabo, en una playa de piedras, llevando el remo de proa bajo el temporal, halando hasta su Cuba querida aquel bote en medio de la noche, junto al General Máximo Gómez y cuatro patriotas más.

Durante 14 días, cargó su morral y su rifle, a pie, por llanos y alturas, al tiempo que secaban las ampollas de sus manos.

A la sombra de un rancho de yaguas, recogiendo helechos y flores, saboreando la miel de abejas, o compartiendo los triunfos y las dificultades de los mambises frente a las tropas españolas, Martí sentía gran felicidad. Entre palmas y plátanos, por cuevas y lomas, encontraba al fin, su plena naturaleza, y se embriagaba de dicha, con dulce embriaguez.

Según él, había vivido avergonzado y arrastrando la cadena de su Patria toda la vida… Y al estar en Cuba, sentirse libre, en una vega  de los montes de Baracoa, y ver el júbilo con que los cubanos dignos se ofrecían al sacrificio; al compartir –luego- en tierra holguinera con el fervoroso José Miró Argenter y el abnegado Rafael Manduley, y en potreros orientales con Antonio Maceo, Masó y Quintín Banderas, sólo la luz era comprable con su felicidad.
Sabía los riesgos, y así lo escribe a su amigo Manuel Mercado un día antes de morir: “Ya estoy todos los días en peligro de dar la vida por mi país y mi deber…”

La divina claridad del alma le aligeraba el cuerpo a Martí, lleno de bienestar y tranquilo consigo mismo, pues era para él un deber inaplazable pelear en la manigua redentora. Su emoción lo alejaba de la muerte apetecida otras veces en el sufrimiento por los males de su patria; pero a la vez, el destino de un hombre dispuesto a morir por la libertad de la Isla, lo acercaba a ella.

Por liberarla de la injusticia y la dominación, cabalgó al lado de Bartolomé Masó por los campos del Oriente, sin quedarse a la zaga como había ordenado Máximo Gómez para cuidarlo. Aquel 19 de mayo de 1895 se aproximó a una escuadra española que puso fin a su vida con tres disparos mortales.

Sin embargo, sus ideales se esparcieron y aquel hombre se hizo universal. Por eso, este 19 de mayo en toda Cuba, se multiplican en su nombre las flores y la gloria, los cubanos con sus valores, la independencia, la dignidad y el decoro, como anheló él para su pueblo.

 

Tomado de: http://www.aldia.cu/

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