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Presentan número 58 de la revista Honda dedicada a Las Tunas en su aniversario 225

Las Tunas.- Completamente dedicada al aniversario 225 de la ciudad de Las Tunas se presentó el número 58 de la revista Honda, publicación de la Sociedad Cultural José Martí que condensa artículos relacionados con la historia e identidad del territorio.

Víctor Hernández Torres, subdirector de la Oficina del Programa Martiano en Cuba, fue el encargado de compartir desde el Museo Provincial Vicente García la edición digital conformada gracias a la colaboración de reconocidos intelectuales, escritores e investigadores de instituciones culturales y educativas.

En sus páginas figura un recorrido por el devenir de la demarcación y su pueblo en estos más de 200 años, con páginas especiales para personalidades insignes como el Mayor General Vicente García, que bien sirven de material de estudio, según refirió el propio Hernández Torres.

Distingue la portada una imagen de la escultura del León de Santa Rita, ubicada en la Plaza de la Revolución, como anuncio de las esencias patentes en las letras de Víctor Marrero, José Guillermo Montero, Maritza Batista, Carlos Tamayo, Bárbara Carmenate, Yelaine Martínez y Joel Lachataigerais Popa, entre otros.

Los autores hilvanan aspectos distintivos del Balcón del Oriente como la décima, Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé) y la finca de El Cornito, además de los puntos de contacto con José Martí y su ideario.

En la contraportada constan los agradecimientos al Comité Provincial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), en especial al ensayista Carlos Tamayo Rodríguez; así como a Reynaldo Emilio López Peña, fotorreportero del Periódico 26.

La revista Honda se puede encontrar digital en el portal del Centro de Estudios Martianos, al tiempo que espera en el poligráfico de Caracas, Venezuela, para su próxima impresión a color.

Tomado de: https://www.tiempo21.cu

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El deber cumplido: Martí en la Guerra Necesaria

Aún hoy se manifiesta en ocasiones la opinión de que Martí no debió acudir a los campos cubanos para participar en la guerra. Su muerte en combate, el 19 de mayo de 1895, fue incomprendida por muchos de sus seguidores en las emigraciones y por muchos de sus amigos y admiradores de la intelectualidad latinoamericana de entonces. Valga de ejemplo entre los segundos la frase de Rubén Darío, quien contó con orgullo cómo abrazó a Martí en Nueva York y le dijo “padre”, mientras que el Apóstol le respondió llamándole “hijo”. Al saber de su caída, el nicaragüense le preguntó con cierto reproche: “¿Qué has hecho, Maestro?” No fue el único.

La contradicción entre el hombre de letras y el militar era, y sigue siendo, convicción de muchos, a pesar de que en las propias luchas cubanas por la independencia no fueron pocos los combatientes con estudios superiores que alcanzaron hasta el generalato; bien ganado por conductas heroicas frente al enemigo y por el aprendizaje del arte militar en su ejercicio práctico. Recordemos solamente a Ignacio Agramonte, el joven y brillante abogado formador de una caballería tan eficiente en sus acciones que Máximo Gómez —maestro durante la Guerra de los Diez Años de jefes de tan reconocidas cualidades de mando como Calixto García y Antonio Maceo— quedó felizmente sorprendido ante las capacidades de los jefes, oficiales y soldados al asumir el mando de aquellos jinetes tras la muerte del Mayor, quien, además, dejó manuscrito un manual de instrucción militar.

Las guerras de masiva participación popular suelen ofrecer numerosos ejemplos en tal sentido. No pretendo, desde luego, ofrecer la imagen de Martí como un hábil jefe de tropas, por más que escritos suyos como su extenso análisis del general Ulysses Grant demuestren que sus valoraciones del jefe de los ejércitos del Norte durante la Guerra Civil de Estados Unidos gozan de acierto y profundidad analítica. Si bien en algunos casos proceden de sus muchas lecturas acerca de las campañas del General, indican que hubo un indudable aprendizaje por parte de Martí de los principios del arte militar. Ello queda demostrado fehacientemente en los varios documentos que escribió durante sus pocas semanas en la guerra de independencia acerca de la política de la guerra, en los que la firma del General en Jefe junto a la suya no puede soslayar del examen el indudable estilo martiano de tales documentos.

No es casual que algunos de los estudiosos de los temas militares en la obra del Maestro, como Francisco Pérez Guzmán y Fernando Rodríguez Portela, hayan observado su interés manifiesto por lecturas de tal naturaleza. A mi ver, la indudable ejecutoria martiana de político y estadista le obligaba a asimilar conceptos propios del arte militar, sin querer afirmar con ello que llegó a saber cómo se despliega una caballería y una infantería, o una combinación de ambas fuerzas, en el ataque y la defensa de una posición. Sin embargo, no olvidemos el viejo axioma de que la guerra es la continuación de la política por medio de las armas. Y si aceptamos que fue el pensamiento del Delegado del Partido Revolucionario Cubano la fuente de la concepción de la Guerra Necesaria para liberar la patria del colonialismo hispano, podremos comprender mejor la evidente armonía estratégica política y militar entre Martí y Máximo Gómez desde que ambos decidieron unir sus esfuerzos a partir de su reencuentro en República Dominicana en 1892.

Baste por ahora apuntar la pertinencia de este examen para señalar otras aristas —las políticas y morales—, inseparables en su caso, y entender por qué Martí tenía que desembarcar en Playita de Cajobabo la noche del 11 de abril de 1895. La difícil discusión del 26 de febrero en Montecristi, luego de conocer de los levantamientos dos días antes en Cuba, en la que Gómez y otros jefes insistieron en que Martí regresara a Nueva York, hace pensar que desde la partida de aquella ciudad norteña el 30 de enero de ese año, ya Martí tenía la intención de marchar a la contienda cuando esta comenzara. Su actitud posterior, ya en la Isla, así lo confirma, a mi juicio.

La marcha con el General en Jefe para reunirse con Maceo y con Masó, dos figuras esenciales dados sus respectivos historiales revolucionarios, tanto de aquellos momentos iniciales como del futuro inmediato, cuando se organizara el poder central de los patriotas en armas; el rumbo hacia Camagüey para abrir allí operaciones militares y cumplir la tarea imprescindible de construir mediante un acuerdo con la representación de las zonas en armas el aparato de unidad y dirección; los encuentros sucesivos y las cartas martianas a los líderes de las regiones que recorrían (Guantánamo, Santiago de Cuba, el valle del Cauto, Holguín); la propia decisión de Gómez, en consulta con los jefes que les acompañaban en ese momento, de otorgarle a Martí el grado de mayor general, con lo cual el Delegado asumía, junto a su representatividad política ante las emigraciones, la representatividad militar en medio de la guerra. Todos estos son elementos que señalan la rápida y creciente importancia martiana en el teatro bélico y ante sus protagonistas. Martí ya iba siendo no solo el líder de los patriotas cubanos fuera del país, sino que se iba convirtiendo además en dirigente asumido como tal por los mambises.

Está absolutamente claro que además del enfrentamiento al ejército español, se requería ampliar las operaciones militares por todo el país, como lo estaba haciendo Antonio Maceo en Oriente desde su llegada. A todas luces —disgusto aparte de Maceo en La Mejorana por la subordinación de su expedición a Flor Crombet—, la que era llamada Invasión a Occidente fue asunto tratado en dicha reunión, al igual que la creación de un gobierno  revolucionario en la manigua, que no por gusto Maceo aclaró que los delegados de Oriente no serían enredados por la palabra de Martí. De hecho, si había alguna coincidencia en las posiciones al respecto, era justamente la búsqueda de un acomodo entre lo político y lo militar, para que no marcharan por sendas diferentes; asunto  planteado posteriormente en la Asamblea de Jimaguayú, quizás sin alcanzar la solución más adecuada.

Podemos inferir de la acción martiana en Dos Ríos su afán de cumplir el deber moral de empuñar el arma y participar en el combate, en vista de ser el Delegado la figura máxima del Partido, y de ostentar el grado militar superior.  Era, además, una deuda consigo mismo, pues no pudo pelear en la Guerra Grande —a pesar de inscribirse en una expedición desde México que nunca pudo zarpar— ni en la Guerra Chiquita, de la que fue uno de sus organizadores dentro de la Isla; sin embargo, se vio impedido de tomar las armas por su encarcelamiento y deportación, y luego, ya en Nueva York, por ser designado por Calixto García interinamente al frente del Comité Revolucionario que el General presidía en esa urbe.

Estos razonamientos dan la clave de su denodada argumentación ante Gómez el 9 de marzo, al leer en un periódico dominicano la noticia tomada del Herald de Nueva York  de que el General y él se hallaban en Cuba, y su incorporación plena a los preparativos expedicionarios desde entonces. Pienso que de no haberse publicado semejante noticia falsa, Martí habría buscado la manera de convencer a Gómez de la necesidad de su marcha a la patria, tanto por el imperativo moral, como por la responsabilidad personal de organizar la lucha armada en el sentido más favorable para su ulterior desarrollo hasta la victoria. Martí no podía permitir un nuevo Zanjón, resultado de divisiones internas, ni un fracaso como el de 1880, cuando los autonomistas hicieron prevalecer su criterio de que más valían las reformas alcanzables que la lucha armada, y el espíritu patriótico no tomó cuerpo en las grandes mayorías.

Para Martí, en 1895, la disyuntiva era clara y urgente: o Cuba se separaba a tiempo de España o en un plazo no muy largo caería en manos de Estados Unidos: Como escribiera a Gonzalo de Quesada años atrás: “Y una vez en Cuba los Estados Unidos, ¿quién los saca de ella?”.

La conciencia de su significación personal, su sentido del honor y su eticidad acrisolada quedan demostrados en las palabras que escribe durante el período de los complicados y apremiantes preparativos para dirigirse a la Isla desde el mes de marzo de 1895. Unas pocas frases de su carta de despedida, el 25 de marzo de 1895, al dominicano Federico Henríquez y Carvajal, con quien Martí compartía los ideales de la unidad de las Antillas de habla española, bastan para demostrar este criterio:

La convicción mía de que mi presencia hoy en Cuba es tan útil por lo menos como afuera. (…) Donde esté mi deber mayor, adentro o afuera, allí estaré yo. Acaso me sea dable u obligatorio, según hasta hoy me parece, cumplir ambos. Acaso pueda contribuir a la necesidad primaria de dar a nuestra guerra renaciente formas tales, que lleve en germen visible, sin minuciosidades inútiles, todos los principios indispensables al crédito de la revolución y a la seguridad de la República. (…) Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en  vez de acabar. Para mí la patria no será nunca triunfo, sino agonía y deber. (…) Levante bien la voz: que si caigo, será también por la independencia de su patria.

Por todos estos elementos, ocupó su puesto en el remo de proa de un frágil bote aquella noche lluviosa de mar picada el 11 de abril de 1895. Y ya en tierra, feliz porque andaba el camino del deber, escribió en su diario: “Dicha grande”.

Tomado de: http://www.lajiribilla.cu

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De Partido en Partido, y a las puertas de un Congreso

El 11 de mayo de 1973, en la velada solemne por el centenario de la muerte en combate de Ignacio Agramonte, al valorar la significación del Partido Revolucionario Cubano fundado por José Martí, Fidel Castro sostuvo: “Martí hizo un partido —no dos partidos, ni tres partidos, ni diez partidos—, en lo cual podemos ver el precedente más honroso y más legítimo del glorioso Partido que hoy dirige nuestra Revolución: el Partido Comunista de Cuba, que es la unión de todos los revolucionarios, que es la unión de todos los patriotas para dirigir la Revolución y para hacer la Revolución, para cohesionar estrechamente al pueblo”.

A veces se tiene la impresión de que la importante cita se toma por lo más somero, y se insiste en la creación por Martí de un solo partido. Algunas interpretaciones, explícitas o sugeridas, parecen haberlo asociado con el unipartidismo, a la manera de proyectos socialistas en los cuales “por razones cuya elucidación desborda el propósito de estas notas” se ha excluido la existencia de otras organizaciones políticas.

Es elemental que, cualquiera que sea su orientación, un político no funde más de un partido a la vez. La trascendencia del creado por Martí no la explica precisamente la cifra. Constituido para preparar la guerra de liberación nacional de una colonia que luchaba por la independencia, y en la cual había, ajenos o contrarios a esa causa, otros partidos, el martiano encarnó una lección decisiva: los revolucionarios necesitaban y debían unirse en una organización política que los representase a todos, no disolverse en la dispersión que solo convendría al enemigo.

Pero, por amplia que fuese, la unión necesaria no sería una totalidad amorfa, ideológicamente ameboide: lo debía caracterizar la solidez del abrazo a la causa patriótica, emancipadora, a la que otros daban la espalda, o estaban contra ella. De ahí los fundamentos sobre los cuales el 26 de noviembre de 1891 Martí coronó su discurso ante compatriotas emigrados con el llamamiento a lograr una república “con todos, y para el bien de todos”. Entre el inicio y el cierre del discurso —cardinal en la campaña de pensamiento de la que emergió el Partido Revolucionario Cubano, proclamado el 10 de abril de 1892— enumeró y reprobó, con precisión ampliada en otros textos, a quienes se autoexcluían de la voluntad aglutinadora: del todos deseado.

Al mismo tiempo, Martí era consciente de que el Partido y la causa que este representaba no podrían alcanzar la victoria si no lograban el mayor apoyo posible “heterogéneo, huelga decir, pero determinante” del pueblo del cual formaban parte quienes se alzarían en armas, como sucedió el 24 de febrero de 1895. El reclamo era tanto más vital en la medida en que, por nutrida que ella fuera, a lo más esclarecido de la organización lo definiría su condición de vanguardia, y la vanguardia es minoritaria.

En tales circunstancias desarrolló Martí su labor ideológica por todos los medios a su alcance: la prensa “con Patria en el cenit”, la tribuna, un epistolario colosal por cifra y consistencia, la prédica diaria entre quienes lo rodeaban y, en el centro de todo, el ejemplo de su propia vocación de entrega. En carta del 25 de marzo de 1895 al amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal escribió: “hay que dar respeto y sentido humano y amable, al sacrificio”.

Para él, sacrificarse por la patria era el fruto gustoso de su amor por ella. Y cuando la lucha por su independencia la abandonaban en bloque —con honrosas excepciones, que él supo valorar— los más ricos, y tenía entre los humildes la mayoría de sus más fieles defensores, no se limitó a decir “Con los pobres de la tierra/ Quiero yo mi suerte echar”: lo hizo, y lo demostró con su propia austeridad, con una actitud que permite decir que escogió ser pobre, cuando le sobraba talento para labrarse una fortuna.

No solo expresó esa decisión en sus Versos sencillos y con la transparencia de su ejemplo. En el Patria del 24 de octubre de 1894 publicó el artículo titulado precisamente “Los pobres de la tierra”, homenaje a los trabajadores que, en la emigración, contribuían a los fondos de la guerra emancipadora. Para él, el mérito mayor no se hallaba en quien disponía de dinero holgado que ofrecer, sino en quien “tiene apenas blancas las paredes del destierro y cubiertos los pies de sus hijos” y quita “de su jornal inseguro, que sin anuncio suele fallarle por meses, el pan y la carne que lleva medidos a su casa infeliz”, para apoyar “a una república invisible y tal vez ingrata”.

Honrado y previsor, ajeno a demagogias cómplices, en el mismo texto escribió que aquellos obreros se sacrificaban “para la patria que acaso los más viejos de ellos no lleguen a ver libre; para la revolución cuyas glorias pudieran recaer, por la soberbia e injusticia del mundo, en hombres que olvidasen el derecho y el amor de los que les pusieron en las manos el arma del poder y de la gloria”.

Con su inquebrantable voluntad justiciera, y consciente de la necesidad de fomentar el ánimo combativo, les dijo: “¡Ah, no!, hermanos queridos. Esta vez no es así”. Pero no les ocultaba la magnitud del desafío: “En un día no se hacen repúblicas; ni ha de lograr Cuba, con las simples batallas de la independencia, la victoria a que, en sus continuas renovaciones, y lucha perpetua entre el desinterés y la codicia y entre la libertad y la soberbia, no ha llegado aún, en la faz toda del mundo, el género humano”.

Con su limpieza moral, que procuraba infundir en el plan patriótico, insistió en que aquella no sería “la revolución que se avergüence —como tanto hijo insolente se avergüenza de su padre humilde— de los que en la hora de la soledad fueron sus abnegados mantenedores”. Pero no se andaba con rodeos ni eufemismos ante los peligros ni en momentos en que tan necesarios eran el entusiasmo y la unidad.

En su discurso del 24 de enero de 1880 en el Steck Hall neoyorquino, cuando se desarrollaba en Cuba la llamada Guerra Chiquita y él pensaba, sobre todo, en la que sería necesario librar cuando se hubieran aunado las voluntades necesarias y vencido las circunstancias adversas heredadas del Pacto del Zanjón y su entorno, sostuvo: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones”.

En “El Partido Revolucionario Cubano”, publicado —junto a otros artículos, entre ellos “Pobres y ricos”— en el Patria del 3 de abril de 1892, ya entonces inminente la proclamación de ese cuerpo político, lo definió en los siguientes términos: “Nació uno, de todas partes a la vez. Y erraría, de afuera o de adentro, quien lo creyese extinguible o deleznable”. A eso añadió lo que la organización debía cumplir para ser firme y duradera: “Perdura, lo que un pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cubano, es el pueblo cubano”.

En la generalización se aprecia que no atribuye la perdurabilidad a lo bueno que el pueblo quiera, sino, sencillamente, a lo que quiere. Y eso apunta a uno de los deberes principales de la naciente organización: encarnar los ideales del pueblo, fortalecer en él la conciencia independentista, y defenderla de modo que “el verdadero jefe de las revoluciones”, más que sentirse representado en ella, la hiciera suya. Era el único modo de asegurar la calidad de lo que el pueblo podía y necesitaba desear y defender.

Su lúcido afán persuasivo, que llevó al modo como intentaría que se hiciera, en campaña, la asamblea necesaria para constituir la República en armas, perseguía un propósito plasmado en las Bases, que él mismo redactó, del Partido: fundar “un pueblo nuevo y de sincera democracia”. Tal aspiración remite a su inconformidad con los sistemas políticos de su tiempo, los que conoció en Cuba y en su periplo desde España hasta los Estados Unidos, pasando por países de nuestra América ya independientes.

Lo expresado por Fidel Castro en 1973 acerca de la organización martiana, eludía un posible debate cuyas derivaciones podían dañar la unidad nacional necesaria frente a los retos internos y externos que el país debía vencer. El hecho de que el Partido Comunista que dirigía la Revolución —la misma que tempranamente reconoció en Martí el autor intelectual de sus hechos fundacionales— ubicara su “precedente más honroso y más legítimo” en el Partido Revolucionario fundado por Martí, lo eximía de buscar sus raíces en el primer partido marxista creado en Cuba.

No era necesario ni justo desconocer la historia de heroicidad y sacrificios de ese partido, que fundaron, junto a otros luchadores, el luminoso Julio Antonio Mella y Carlos Baliño, uno de los patriotas que participaron en la creación del Partido logrado por Martí. No cabía menospreciar la valía que militantes y dirigentes de la organización marxista demostraron entre su nacimiento, en 1925, y 1958, ni la complejidad vivida por la organización en esa trayectoria. La historia es la historia, no un relato a la carta.

Si el Movimiento 26 de Julio, que actuó en las montañas y en lo que se ha llamado el Llano, alcanzó la preponderancia que tuvo, apoyado por una fuerza como el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, se debió en gran parte a que, con Fidel Castro al frente, supo interpretar las urgencias de Cuba. Para eso estaba libre, al igual que el Directorio, de desenfoques alentados por calcos como los que, vinculados con la influencia soviético-estalinista, andando el tiempo propiciaron que la organización creada en 1925 —sobre todo su dirección en etapas sucesivas— no reconociera el lugar que le correspondía a la lucha armada, y la enjuiciara con dogmas afianzados en otras latitudes.

En acatamiento de esas normas —promovidas desde un Kremlin que hacía tiempo no era ya aquel donde simbólicamente, leyenda o realidad, Vladimir Ilich Lenin lograría que el Carillón marcara la hora—, la organización política caribeña se embarcó en una relación harto costosa para ella. Aunque inconfundible con él, aceptó vincularse tácticamente con el militar y político que, dócil a los designios estadounidenses, terminó confirmándose como el sátrapa golpista, corrupto y sanguinario contra cuyo gobierno de facto encabezó el Movimiento 26 de Julio la lucha que triunfó al rayar 1959.

Semejante vínculo le pasó factura a una organización que no debió haber desconocido la índole de ese personaje, menos aún después de su criminal actitud contra el líder revolucionario Antonio Guiteras. Pero también al valorar a esta heroica figura aquel partido se vio atrapado en el dogmatismo doctrinario que tan caro le costó.

Dirigentes comunistas cubanos supieron aquilatar el empeño del Ejército Rebelde, y aun sumarse a él, como por propia iniciativa hicieron militantes de base. Y luego del triunfo su organización estuvo entre las que se incorporaron a las Organizaciones Revolucionarias Integradas, antesala del Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba, base finalmente para la proclamación, en 1965, del Partido Comunista de Cuba. Sí, de ese que —como puntualizó en 1973 su máximo dirigente— dirige nuestra Revolución.

Y para ese Partido, ningún precedente sería más sano, ni más orgánica y lúcidamente patriótico, nacional, que el fundado por Martí en 1892. Desde posiciones revolucionarias nadie tendría razones para objetar la proclamación de esa continuidad. Además de que, desde el punto de vista ideológico, pese al tiempo transcurrido y al cambio de realidades, en Martí y en el Partido que él creó se hallaban fundamentos raigales para la transformación socialista del país.

No era ni tenía por qué ser ese el programa de un frente pluriclasista y de liberación nacional como el organizado por Martí. Pero ya se ha visto que, en textos como “Los pobres de la tierra”, él previó la posibilidad de que la revolución independentista no bastara para que Cuba se convirtiera en una república plenamente justiciera.

En sus “Glosas al pensamiento de José Martí” (escritas en 1926 y publicadas en 1927) Mella escribió: “Martí comprendió bien el papel de la república cuando dijo a uno de sus camaradas de lucha —Baliño—, que era entonces socialista y que murió militando magníficamente en el Partido Comunista: `¿La revolución? La revolución no es la que vamos a iniciar en las maniguas, sino la que vamos a desarrollar en la república´”. Si alguien pensara que ese era un recuerdo tendencioso por parte de marxistas, cabría citarle palabras escritas y publicadas por el propio Martí, no solamente en “Los pobres de la tierra”, sino también en otras páginas, como “`¡Vengo a darte patria!´ Puerto Rico y Cuba”.

En ese artículo —aparecido en Patria el 14 de marzo de 1893— se lee: “Desde los mismos umbrales de la guerra de independencia, que ha de ser breve y directa como el rayo, habrá quien muera —¡dígase desde hoy!— por conciliar la energía de la acción con la pureza de la república. Volverá a haber, en Cuba y en Puerto Rico, hombres que mueran puramente, sin mancha de interés, en la defensa del derecho de los demás hombres”.

Así se expresaba Martí cuando aún estaba por ganarse la lucha por la independencia, y no era la justicia social en sí el propósito inmediato, pero formaba parte de los ideales de quien echaba su suerte con los pobres de la tierra y era, él mismo, uno de ellos. La necesidad de contar con el apoyo económico de quienes podrían aportarlo con holgura, no lo llevó a ocultar su identificación con los más humildes, ni su rechazo a las injusticias. Era el dirigente patriótico que, en carta del 16 de noviembre de 1889 a Serafín Bello, activista obrero que sería un valioso apoyo para el Partido Revolucionario Cubano, afirmó: “El corazón se me va a un trabajador como a un hermano”.

No era esa una expresión entusiasta aislada. Así como quiso dar entre las comunidades de compatriotas obreros, y emigrados como él, los pasos decisivos para la gestación del Partido, en el mismo discurso conocido como “Con todos, y para el bien de todos”, contestó en términos rotundos a quienes —entre otros que sembraban discordia contra la revolución que se preparaba— difundían recelos ante la presencia obrera en los preparativos de la gesta. A esos les dijo: “¡Esta es la turba obrera, el arca de nuestra alianza, el tahalí, bordado de mano de mujer, donde se ha guardado la espada de Cuba, el arenal redentor donde se edifica, y se perdona, y se prevé y se ama!”

En carta de mayo de 1894 a Fermín Valdés Domínguez mencionaría peligros de que —“como tantas otras”— tenía “la idea socialista”, y señaló concretamente dos, de los que no parece haberse librado en el mundo ningún afán de construir el socialismo: “el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas”, “y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados”.

Pero antes, en el mismo párrafo, le ha dicho al amigo: “Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas, y tu respeto de hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente, con este nombre o aquel, un poco más de orden cordial, y de equilibrio indispensable, en la administración de las cosas de este mundo. Por lo noble se ha de juzgar una aspiración: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana”. Luego añade: “Y siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa”.

Al proclamar que el Partido Revolucionario Cubano era “el pueblo de Cuba”, y que “perdura lo que un pueblo quiere”, no ignoraba los intereses opuestos a la justicia social. Hoy la necesidad de justicia, a nivel planetario, padece el impacto del poderío de los más opulentos, quienes, entre otros recursos para mantener sus privilegios, disponen de un poderío mediático que les permite fabricar y azuzar confusiones. Con ellas buscan acallar la lucha de clases, o que ni se piense en ella, como si las clases sociales y las desigualdades no fueran ya la realidad que siguen siendo y que no deja de crecer.

En el mundo de hoy ni siquiera es un peligro relevante para los proyectos de izquierda el confundir lecturas de esa orientación: se ha impuesto la moda de las lecturas e interpretaciones convenientes al capitalismo, como si fueran expresión natural y ajena a lo ideológico, no el engendro con que los poderosos procuran y a menudo consiguen suplantar cuanto huela a izquierda emancipadora. Falacias tales abonan el mercantilismo, el egoísmo y el pragmatismo, presentado este como sentido práctico ineludible, y hasta supuestamente al servicio de afanes revolucionarios.

El pragmatismo —más claramente dicho: la oposición a los ideales revolucionarios— anima la renuncia a todo lo que huela a comunismo, y entre las primeras expresiones de tal hecho ha estado quitar de los nombres de partidos y de proyecciones políticas el rótulo Comunista y todos los afines a él. Cuba lo ha mantenido, incluso por reclamo del pueblo, como ratificación del rumbo tomado, aunque en medio del asedio imperialista la cuestión nacional recobra una importancia básica, heredera de la lucha anticolonial. En eso confluye “la unión de todos los patriotas para dirigir la Revolución y para hacer la Revolución, para cohesionar estrechamente al pueblo” con la guía de su Partido Comunista, como puntualizó el Comandante en su discurso de 1973 citado.

En ese contexto le corresponden a la Revolución Cubana —que no puede vivir ajena a la realidad, ni someterse pragmáticamente a ella— tareas y empeños de suma complejidad. Para ello ha heredado de Martí normas de conducta y de acción que no puede permitirse descuidar, como el ejemplo que deben personificar quienes dirigen el país en las distintas esferas y tareas a todos los niveles.

Sería, tanto un acto de corrupción como de traición, olvidar que la austeridad no debe ser mera consigna, sino una virtud fundamental que ha de cumplirse, máxime cuando se encabeza a un pueblo que afronta penurias, y ha de seguirse siempre el ejemplo personal de Martí y su correlato orgánico en el escrupuloso control con que se cuidaban los fondos de la revolución. De lo contrario se faltaría al denuedo y a la vocación de acierto con que se ha de trabajar para que el pueblo quiera de veras lo que debe querer, y perdure la plena defensa del decoro y la equidad.

Si en todo el mundo el contexto se ha agravado hasta la pesadilla con una pandemia asoladora, para Cuba el entorno tiene un componente criminal, genocida, que lo tensa todavía más y no ha dejado de reforzarse con sucesivas vueltas de tuerca. Eso es el bloqueo con que desde hace seis décadas la potencia imperialista estadounidense ha castigado la decisión de independencia, soberanía y justicia social de la Revolución que triunfó en 1959 y preparó el terreno para otras derrotas del imperialismo en América, como en Girón, hace sesenta años.

Grandes son, sí, los desafíos que Cuba debe seguir enfrentando, y las expectativas con que su pueblo observa las medidas que la nación toma para paliar los efectos del bloqueo y vencer deficiencias internas reforzadas por él. Los artífices de ese monstruoso engendro lo concibieron para que las penurias propiciaran en Cuba una oposición interna que ni la herencia del pasado ni las maniobras imperialistas han podido generar, pero que puede tener caldo de cultivo en la prolongación de las dificultades y en la inercia que conspire contra el buen funcionamiento que el pueblo merece.

Del abrazo de ese pueblo depende que perdure lo que debe mantenerse en pie. Ese pueblo es la única fuerza con que su Partido Comunista puede contar para seguir dirigiendo la obra revolucionaria y declarar —con la razón y las razones con que lo hizo el guía de la Revolución— que su precedente más honroso y más legítimo es el Partido Revolucionario Cubano fundado por José Martí. Para eso debe mantener con el pueblo una indisoluble relación íntima, expresada en el respeto cotidiano y en la consulta popular sobre las mayores decisiones que deban tomarse.

Eso —vale reiterarlo a las puertas de un Congreso que se celebrará en circunstancias cruciales— implica actuar como reclamó el general de Ejército Raúl Castro: “con el oído pegado a la tierra”, y como exigía Martí desde su propio ejemplo personal y se lee en su artículo “La crisis y el Partido Revolucionario Cubano”, publicado en Patria el 19 de agosto de 1893: “Al sol, y no a la nube. Al remedio único constante y no a los remedios pasajeros”.

Vale volver una vez más, con Martí, al Horacio que él recordó en una de las crónicas en que alertó a los pueblos de nuestra América sobre las pretensiones con que los Estados Unidos —a una de cuyas crisis internas alude el artículo de 1893 citado— urdió la Conferencia Internacional, cuna orgánica del panamericanismo imperialista, que sesionó en Washington entre 1889 y 1890: “A las estrellas, según dice el verso latino, no se sube por caminos llanos”.

Tomado de: http://www.lajiribilla.cu

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Presentan textos dedicados al 8vo. Congreso del Partido en primer Sábado del Libro virtual

Se presentaron los títulos Manifiesto Comunista, de Carlos Marx y Federico Engels; el ensayo Nuestra América, de José Martí, y La Historia me absolverá, de Fidel Castro Ruz

La editorial Nuevo Milenio bajo su sello Ciencias Sociales estrenó el primer Sábado del Libro del mes de abril virtual con los títulos Manifiesto Comunista, de Carlos Marx y Federico Engels; el ensayo Nuestra América, de José Martí; y La Historia me absolverá, de Fidel Castro Ruz. La presentación se dedicó al 8vo. Congreso del Partido y la misma estuvo a cargo de Mario Antonio Padilla Torres, doctor en Ciencias Filosóficas, máster en Ciencias Históricas y profesor e investigador titular.

Los textos vuelven con un diseño uniforme y atractivo y al decir de su presentador son documentos que, aunque tienen algunos años de creados, tiene una enorme vigencia en el siglo XXI.

De cada uno se explicó sus antecedentes y la motivación que llevó a sus autores a realizarlos. El Manifiesto Comunista posee una estructura en cuatro partes, la primera está relacionada con los burgueses, la segunda con los proletarios y los comunistas, la siguiente es la literatura socialista y comunista y la última desarrolla la actitud ante los partidos de oposición.

Por otra parte, Nuestra América es un escrito catalogado por muchos como una combinación entre la prosa y la poesía, por la cantidad de frases e imágenes hermosas que contiene. Es la condensación de experiencias y vivencias del Apóstol, después de haber residido en la Metrópolis y países latinoamericanos, viviendo ya en Estados Unidos.

La Historia me absolverá, según Padilla Torres, es “una especie de unidad dialéctica” entre los dos primeros manuscritos, porque “si el primero hablaba de la necesidad de alcanzar altos resultados en el desarrollo de los pueblos del mundo, el segundo […] pedía a toda nuestra medida la unidad continental”. Por tal motivo, y dado en circunstancia específicas es que La Historia… surgió más que un alegato de autodefensa se vuelve un importante documento que cambiará el panorama político, social y económico de la Cuba de los años 50.

Estas tres breves obras –pero de gran profundidad– invitan a reflexionar y observar el mundo de hoy a partir de cuestiones que sucedieron en los siglos XIX y XX, al sorprender con la vigencia que tienen en la actualidad.

Ensayo Nuestra América:

Tomado de: http://www.tribuna.cu/

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A 129 años de la proclamación del Partido Revolucionario Cubano

Partido Revolucionario Cubano. Organización política fundada por José Martí debido a la necesidad de crear un órgano o agrupación que le proporcionara una línea programática a la nueva guerra en preparación, y a la vez fungiera de dirección partiendo del análisis del proceso emancipador latinoamericano y el propio caso cubano, además de lo útil e impostergable que resultaba dar coherencia y unidad a los esfuerzos independentistas.

El Centro de Estudios Martianos comparte con nuestros lectores trabajjos investigativos referentes a la fecha

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Coloquio Internacional Estados Unidos en la pupila de “José Martí”

Hasta el próximo 15 de abril del presente año se estarán recibiendo ponencias para el Coloquio Internacional “Estados Unidos en la pupila de José Martí”, convocado por el Centro de Estudios Martianos, La Habana, Cuba.

El evento –a realizarse en la modalidad virtual, del 12 al 14 de mayo de 2021– se ha concebido en siete ejes temáticos: “La historia de los Estados Unidos como sostén del antimperialismo martiano”;A 130 años del ensayo ‘Nuestra América’. José Martí frente al expansionismo estadounidense”; “Miradas martianas a la sociedad y la cultura de los Estados Unidos”; “La producción literaria martiana relativa a los Estados Unidos”; “Estrategias del mediador cultural entre las dos Américas”; “A 126 años de la caída en combate: coherencia martiana entre pensamiento y acción”, y “Martí en dos maestros” (Rafael María de Mendive y Cintio Vitier).

El Comité Organizador del Coloquio está presidido por la Dra. Marlene Vázquez Pérez e integrado por los vicepresidentes Dr. Pedro Pablo Rodríguez, Dr. Ibrahím Hidalgo Paz y Dra. María Caridad Pacheco González y los secretarios Científicos: Dra. Gladys González Martínez y Lic. Mariana Pérez Ruiz.

Más detalles de las bases pueden ser consultadas en: Portal José Martí (http://www.josemarti.cu) / y en los canales de Telegram y You Tube del Centro de Estudios Martianos.

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Apuntes a una preocupación martiana

El problema de la identidad latinoamericana, tanto de su defensa como de su completa realización, fue una preocupación recurrente de José Martí, y forma parte de los asuntos que trata en los dos textos en cuestión[1]. Martí parte de la tesis de la incompletitud de la independencia latinoamericana debido a la persistencia de relaciones de dependencia estructural con la América del Norte y Europa, pero también por la colonialidad de la cultura. Sobre esta última condición hablemos un poco.

Colonialidad y eurocentrismo —que bien podría llamarse “noroccidente-centrismo”— son, para el caso americano, dos rostros de un mismo problema. No en balde cierto profesor cubano ironizaba diciendo que, entre norteamericanos, franceses y británicos, nos han dicho cómo tenemos que pensar a todos. Si el eurocentrismo se presenta en el europeo en la forma de una miopía que le impide ver con claridad a medida que aumentan las distancias, la colonialidad en nosotros es, en primera instancia, una acentuada incapacidad para reconocernos frente a un espejo. Si el eurocentrismo resulta una suerte de provincianismo hipertrofiado y aplaudido, la colonialidad americana emerge constantemente como un desarraigo, como una sensación de “no estar”. Si el eurocentrismo hace de un territorio el mundo entero y centra este en aquel, la colonialidad se proyecta como una realidad sin suelo alguno, como un desenfoque accidental del centro.

Martí escribió Nuestra América en 1891. Cien años hacía ya que los esclavizados de Haití se habían sacudido el yugo colonial y esclavista, y habían comenzado la larga marcha de la independencia en la América romántica. En cien años el problema de la colonialidad era tan evidente como el primer día. Doscientos años después, tampoco lo hemos resuelto.

La colonialidad se presenta de varias formas, y Martí maneja algunas. Una de ellas es la colonialidad de los paradigmas de la política. De espaldas a la feudalidad latinoamericana, a la rémora de la esclavitud, a la alteridad del indio, se plaga el continente, una vez expulsada España, de instituciones impostadas que fracasarían una a una en el logro de gobiernos estables y prósperos. En la contemporaneidad, la cuestión de los imaginarios políticos colonizados se hace más dramática, sobre todo en el caso de proyectos poscapitalistas como el de Cuba.

El sentido común liberal coloniza de tal modo las mentes políticas que se hace tremendamente difícil imaginar un mundo más allá del capitalismo; capitalismo que es irremediablemente un fenómeno de raíz europea. No existe el capitalismo absolutamente desoccidentalizado: ser capitalista es pertenecer al mundo euro-centrado. Y quien lo dude que mire cómo a pesar de la pujanza de los capitales asiáticos, pervive la tendencia a la occidentalización de sus culturas, porque el proyecto de la modernidad capitalista presenta, y sigue presentando como modernidad, como progreso, a Europa.

De este modo la colonialidad de los paradigmas políticos se hace también una colonialidad civilizatoria. La destrucción de las viejas formas de socialidad premodernas que perviven en nuestro continente —o en cualquier otro del Sur global—, sigue apareciendo como el progreso, y estas formas como “atraso”. Obviamente en la racionalidad moderna/capitalista la propiedad comunal de la tierra indígena, o la no territorialidad de algunas comunidades, no pueden sino ser irracionales., pues pertenecen a otro mundo. El problema es que no es posible continuar con el empeño de europeización del Sur, en tanto el mismo solo implica la destrucción sistemática de toda identidad no europea y la subalternidad de las mismas.

En el marco de la búsqueda de caminos poscapitalistas/transmodernos, la colonialidad de las instituciones, llevada a su máxima expresión con el Pensamiento Único —“there is not alternative”—, dificulta la imaginación de formas políticas nuevas que no reproduzcan las mismas relaciones de subordinación hasta entonces existentes. El establecimiento de la democracia liberal como LA democracia, de las libertades burguesas como LA libertad, etc., son un silencioso gas inmovilizador. La construcción de procesos democráticos que abolan toda dominación y toda injusticia implica —para los pueblos del Sur como Latinoamérica— la descolonización de los imaginarios, en aras de producir otros referentes.

La persistencia de cuerpos ideológicos como el racismo son también expresiones de colonialidad —desde el momento en punto que sabemos que el racismo es un fenómeno producido, “inventado”, por el colonialismo—. Cuando el racismo pervive en una nación, eso implica que hay una parte de ella que se construye como alteridad, como “un otro”, como algo fuera de la nación o al menos de lo “normal” de la nación. La negritud y lo indígena no han dejado de ser percibidas como accidentales molestias por grandes capas de población blanca en América Latina. “No hay odio de razas, porque no hay razas” —más un deseo que una sentencia de Martí—. Esa otredad del no blanco implica que aún el blanco racista cree que pertenece al mundo de Europa, que aún es español, por ser tataranieto de españoles.

Sin embargo, la identidad con Europa choca con un muro tan ancho como el Atlántico: el racismo europeo. Como dijo sabiamente Fernando Martínez Heredia: “para ellos, todos somos negros”. Solo en la aceptación de la mixtura, en el resarcimiento de los daños y en el levantamiento igual de todos los elementos que conforman la especificidad latinoamericana puede salvarse esta identidad frente a los embates cada vez más potentes que amenazan con destruirla, o convertirla en un objeto de feria.

El escudo de la identidad de los pueblos es la cultura. Es su escudo y es su carne. No en balde en una fecha tan tardía como 1970 todavía alguien podía atreverse a preguntar si la cultura latinoamericana existía. Esa misma pregunta es subtexto permanente de la maquinaria cultural occidental que actúa como si no existiera. Parafraseando a Retamar: ¿existimos nosotros? No hay duda de que existimos: ¿Quiénes, si no, ampliaron el canal de Panamá? ¿Quién, si no, sembraba para la United Fruit Company? ¿Quién abastece de droga California? Existimos. Pero al parecer no somos, ni creamos, ni pensamos. O eso parece en el cuadro de la “cultura universal”, en la que solo existen los países centrales. La colonialidad de la cultura, que es la colonialidad del espíritu, es el instrumento por excelencia del sometimiento.

En ocasiones cuando se plantea el problema de la segunda independencia latinoamericana, se cree que Martí habla en términos puramente geopolíticos, como si la independencia fuera únicamente un asunto de fronteras. Esto es simple vulgarización. Cuando Martí se refiere a la segunda independencia, no solo habla de/en términos geopolíticos —ni principalmente en esos términos—. Martí está manejando una cuestión civilizatoria: el proyecto, la creación, la invención de Latinoamérica, del mundo latinoamericano.

[1] Nos referimos a “Nuestra América” y “Madre América”.

Tomado de: Cubadebate

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Cuba celebrará centenario de Cintio Vitier

Con la constitución de la comisión por el centenario del intelectual cubano Cintio Vitier, que estaremos celebrando el próximo 25 de septiembre, en la sede de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, se iniciaron en nuestro país las actividades de homenaje al destacado intelectual cubano.

Nacido en Cayo Hueso, Estados Unidos, el 25 de septiembre de 1921, Cintio Vitier produjo una relevante obra literaria como poeta y ensayista. Integrante fundamental del grupo Orígenes, su visión sobre Cuba y sus procesos culturales es insoslayable para entender el devenir de la nación. Esenciales son sus estudios sobre José Martí, cuya obra, vida e ideas contribuyó a irradiar gracias a sus textos e iniciativas sociales.

undador, junto a Fina García Marruz, de la Sala Martí y el anuario martiano en la Biblioteca Nacional José Martí, colocó una piedra esencial sobre la que se levanta el actual conjunto de instituciones martianas. Como de la Biblioteca Nacional, fue un trabajador clave del Centro de Estudios Martianos.

En 1988 mereció el Premio Nacional de Literatura. Ese mismo año lo condecoraron con la Orden Félix Varela por su enorme contribución a la cultura nacional. Por sus méritos patrióticos, el Consejo de Estado le confirió en 1996 la Orden José Martí, máxima condecoración de la nación cubana. De su ejemplar participación ciudadana hablan los años en que se desempeñó como Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, destaca Pedro de la Hoz en un artículo publicado en las páginas de nuestro diario.

A escala internacional su obra fue reconocida en el 2002 con el Premio Latinoamericano Juan Rulfo, acontecimiento para él conmovedor puesto que su fraterno Eliseo Diego había recibido antes tan significativo lauro.

Según el Portal de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, la comisión que organizará los honores está presidida por el ministro de Cultura Alpidio Alonso Grau. El secretario ejecutivo de la misma es Omar Valiño Cedré, director de la Biblioteca Nacional y quien presentó el plan de actividades a desarrollar durante todo el año 2021 y los primeros meses de 2022 como homenaje a esta importante figura de la cultura nacional.

Tomado de: http://www.granma.cu

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Recibe Graziella Pogolotti la Orden Nacional “José Martí”

El presidente de la República Miguel Díaz Canel-Bermúdez impuso este miércoles en el Palacio de la Revolución, la Orden Nacional “José Martí” a la destacada intelectual cubana Graziella Pogolotti.

“Este es un honor que me sobrepasa y compromete”, dijo la actual presidenta de la Fundación Alejo Carpentier.

En las palabras de elogio a la condecorada, el presidente de Casa de las Américas, Abel Prieto, consideró que “la Patria premia a una cubana muy especial. Figura esencial para la cultura de Cuba”.

Tomado de: http://www.cubadebate.cu

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Publican en lengua francesa diarios de Apóstol de Cuba

El Centro de Estudios Martianos destacó hoy aquí la publicación, por primera vez en lengua francesa, de los diarios de campaña del Apóstol cubano, José Martí, a cargo del sello Ediciones CIDIHCA.

El volumen titulado Solo la luz es comparable a mi felicidad, cuenta con el trabajo del traductor francés Jacques-François Bonaldi, y prólogo del investigador y miembro de la Academia de Historia en Cuba, el doctor Pedro Pablo Rodríguez.

Bonaldi, quien asesoró la obra impresa en Montreal, ha regalado anteriores traducciones de obras martianas y, en esta ocasión, conservó aspectos tan difíciles y peculiares como los rasgos estilísticos y la riqueza idiomática de Martí.

En un comunicado de prensa, la institución cubana subrayó que el texto ofrece gran cantidad de informaciones y análisis que contribuyen de modo notable a la comprensión del contexto histórico y conocimiento del prócer independentista.

La publicación, que incluye los diarios de campaña escritos durante las últimas semanas de vida del Héroe Nacional, aproxima a los lectores francoparlantes al vasto ideario martiano.

msm/chm

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